Julieta.
Mi padre y Magnus comían y se podía sentir la tensión. Tengo terror del momento en que me recuerde, pues en ese instante se desatará el apocalipsis. Hay muchas cosas de mi padre que van a volver, y eso será su sobreprotección. Desde pequeña me dijo que no me dejaría tener novio hasta los treinta y que en mi vida soñara con vivir en unión libre con un hombre.
—Papi, ¿me pasas la mermelada? —dije sin pensarlo. En cuanto vi la mirada de Magnus supe lo que había hecho.
—Claro que sí, mamí —respondió él, pasándome el frasco.
Fue cliché, pero vergonzoso.
Pensamos que las cosas se pondrían mejor, pero entró Seira al departamento con la fuerza de un huracán. Sin preguntar ni fijarse que estaba mi padre, arrojó sobre la mesa una bolsa negra con un logo provocador.
—Vengo a darles una ayudadita para que engendren a mi sobrino —dijo entusiasmada, esparciendo conjuntos de lencería demasiado explícitos—. También te traje un regalito para cuando Magnus ande de amargado.
Vi de reojo lo que estaba a punto de sacar;Un consolador enorme con textura y de inmediato metí todo a la bolsa y la escondí en el primer lugar que se me ocurrió: el refrigerador.
—¡Seira, saluda a mi suegro! —reclamó Magnus, golpeando la mesa—. No seas maleducada.
Fue entonces cuando Seira miró a mi padre y se puso completamente roja. Es extraño; ella es la que hace sonrojar a todos.
—Lo siento, perdón —dijo inclinando la cabeza—. No estoy acostumbrada a que haya más personas que ellos dos.
—No se preocupe, señorita —respondió mi padre—. Una pregunta: ¿qué fue eso de “engendrar a un sobrino”?
Podría jurar que lo hacía a propósito. Yo solo me reí a escondidas.
—Es un juego, señor —respondió Seira—. Es que un bebé de ellos dos sería hermoso. Ya sabe… su hija parece una Barbie y mi hermano es considerado el hombre más guapo de la ciudad. Quiero ver qué pasa si sus genéticas se unen.
Mi padre esbozó una sonrisa pequeña. No fue por disgusto.
—Yo también quiero ver eso, pero primero la quiero vestida de blanco —nos miró molesto—. O las cosas se van a poner feas para ellos dos.
La tarde siguió tensa hasta que llegó la noche y mi padre debía irse… pero no se iba. Magnus, con toda la indiscreción y desesperación posibles, dijo de repente:
—Señor, ya es tarde —dijo con una voz tan dulce que parecía imposible que no me estuviera hablando a mí—. ¿Quiere que lo lleve a su casa?
Mi padre le lanzó la mirada más asesina que pudo y negó con la cabeza.
—Quiero dormir aquí —afirmó—. Deméter salió y se llevó a Desirée, así que dormiré en el sofá.
Magnus casi se infarta, porque sabía que por esa noche solo podríamos dormir. Preparé mantas, almohadas e incluso acerqué una jarra con agua; aunque hubiera olvidado todo, su costumbre de levantarse a beber agua por las noches no creo que desapareciera.
Ya estábamos por irnos a la habitación cuando mi padre golpeteó la mesa con los dedos.
—Ustedes dos van a dormir en cuartos separados —ordenó.
Magnus y yo rodamos los ojos y seguimos caminando.
—¡¿Qué no oíste a nuestro suegro, Magnus?! —gritó Seira, con esa voz tan molesta que a veces amerita ponerle cinta en la boca—. Hoy se cancela el plan de procrear al bebé Ravenshade Sanz.
Magnus gruñó molesto y casi golpea la pared.
—Su lugar está conmigo —aclaró.
—Respétame, muchachito. Julieta es mi hija —espetó mi padre— Se lo que quieres hacer una vez que ya no esté nadie presente y no son cosas muy castas.
—Papá, llevamos seis meses durmiendo juntos —intenté sonar lastimosa—. Ya no estoy acostumbrada a dormir sola. Además está calientito.
Seira intercedió.
—Pues te duermes conmigo —dijo jalándome del brazo— yo también estoy calientita.
— Buena idea— dijo mi padre con una sonrisa torcida.
Magnus tenía la cara tan enojada que por poco tiraba todo. Pero de repente, con un instinto primitivo, me guiñó un ojo, como diciendo: “Iré por ti a medianoche. Espérame”.
Tratando de ocultar la sonrisa, puse cara de angustia. Seira mintió y no durmió conmigo; se fue con Magnus bajo la excusa de “controlar al demonio”.
Magnus tardaba en llegar. No me gusta dormir sin él, y sinceramente, no lo he hecho a pesar de fingir castigarlo. De tanto esperar me quedé dormida.
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Magnus.
Seira no se dormía y me tenía abrazado. La hubiera matado de no ser porque es mi hermana. A veces me pregunto por qué a Julieta y a Seira les gusta que las abrace cuando duermen. A lo mejor porque emito demasiado calor.
Estaba luchando por quitarme sus garras de encima cuando escuché un grito fuerte proveniente de la habitación de Julieta.
—¡SUÉLTAME! ¡POR FAVOR, JOSHUA! ¡NO VUELVO A DECIR QUE ME GOLPEAS! —gritó desesperada.
Arrojé a Seira sin cuidado y corrí a la habitación. Me quedé hecho piedra cuando la vi sujetarse el cuello, las uñas rasgando las sábanas, la piel sudada.
—¡CON EL LÁTIGO NO! ¡NO LO MOJES, POR FAVOR! —gritó.
No lo pensé. Cerré la puerta y la abracé con fuerza. Pero cuando sintió mi toque me empujó casi tirándome de la cama.
—¡Suéltame o juro que te mato! —gritó.
—Julieta, soy yo… Magnus —respondí.
—¡Enciende la luz! ¡Y si no eres él, te mato! —gritó.
Encendí la luz y vi lo que tenía en la mano: esa maldita daga que le regalé hace siete años. La empuñaba como si temiera volver a aquella habitación.
Se rompió a llorar en cuanto me vio. Soltó la daga y me abrazó.
—Lo siento… hacía tanto que no tenía pesadillas —susurró escondiendo la cara en mi pecho—. No quería que alguien me escuchara, Magnus. Me siento avergonzada.
—No tienes por qué sentir vergüenza. ELLOS son los que están en nuestro departamento —susurré.
Aunque no quería preguntarle qué había soñado, lo hice. Sentí que era necesario para ayudarla.
—¿Qué soñaste?
Suspiró y se refugió más en mi pecho.
—Lo mismo que antes de conocerte. Que Joshua entraba a la habitación y me castigaba por algo que, según él, era malo.
Seira y mi suegro tocaron la puerta. Julieta me pidió que no abriera y me abrazó fuerte.
—Si no quiere que durmamos juntos, vámonos a un hotel o pidámosle a Julián que nos deje dormir ahí esta noche.
Asentí.
—Deja te pongo ropa seca, estás empapada.
Le puse una playera mía, la cargué en brazos y pasé entre Seira y mi suegro sin dirigirles la palabra. Si hablaba, no sería amable; menos, porque fueron los causantes de que Julieta soñara algo feo.
—¿A dónde van? —preguntó mi suegro.
—No es de su incumbencia —respondí tomando los zapatos de Julieta—. Pero puede estar seguro de que va a estar bien… y conmigo en la misma cama. Lo que haga con su hija en una cama no le debe interesar señor Ovlian.
Tenía ganas de renegar, pero solo lo miré molesto. Fuimos al departamento de Julián, el de al lado.
—¿Qué quieres, cabrón? —dijo molesto.
—Pues resulta que tu padrastro es mi suegro y no quiere irse del departamento —respondí.
Se notaba que no nos dejaría pasar, pero todo cambió cuando vio a Julieta con los ojos hinchados. Se puso en modo hermano sobreprotector.
—¿Pesadillas? —preguntó.
Julieta asintió.
—Voy a regañar a mi padrastro —prometió Julián—. Le voy a explicar que primero va a pasar por mi cadáver antes de que los haga dormir separados.
Acosté a Julieta en mis piernas mientras Julián y yo bebíamos algo. Por suerte ella llevaba tapones para los oídos o estaría escuchando las pendejadas que decíamos.
—Magnus, sinceramente, cuando los vi juntos por primera vez pensé que… —hizo una pausa— sería como las otras chicas con las que te acostabas un par de veces y las desechabas como basura.
—Desde el primer instante que la vi, me la imaginé envejeciendo a mi lado —respondí.
—Ahora lo sé, pero… Julieta, a simple vista, es el tipo de chica que uno se llevaría a la cama para pasarla rico —dijo. Yo tenía ganas de partirle la cara—. Es bonita, es educada y tiene buen cuerpo.
—Si continúas, te quedas sin dientes —advertí.
—Magnus, tú y yo nos conocemos bien —soltó—. A veces nos cogíamos a una mujer al mismo tiempo, y las desechábamos en cuanto pasaba la adrenalina.
—No sé en qué momento me dio por seguir los pasos de mi padre —contesté—. Él conseguía a la mujer que quería, la usaba dos o tres veces y seguía a la siguiente, hasta que terminó acostándose con prostitutas.
Julián sabía parte de mi infancia. Por mí o por Seira se había enterado de lo que hacía mi padre.
—Pensé que sería como él, que nunca podría tener a una mujer sin pensar en cogerme a otra —confesé—. Y creo que soy peor que él. Mi cerebro no es un lugar limpio; si ella no me detiene, hago todo tipo de cosas enfermas.
—Más te vale que no tengas una amante escondida por ahí —amenazó—. Con ella te doy permiso de que le hagas lo que se te antoje.
—¿Permiso? —espeté—. Yo no necesito tu permiso, cabrón. Ya vete a dormir antes de que despiertes a Julieta.
Si Julieta sufre, yo sufro. Por esa razón no seguiré alargando la vida de Joshua. No después de ver que sigue teniendo esas pesadillas si no la abrazo.