Para examinar mejor los talentos parecidos y comparados de estos galanes entre los que se trataba de elegir un coadjutor de monseñor, les había citado para la misma velada, con una hora de diferencia entre ellos. El primero debía venir a las 7, el segundo a las 8, el tercero a las 9, y el último a las 10. El prelado, que habitualmente cenaba en el arzobispado, nunca podía sorprenderme antes de las 11; no sospechaba yo que, al menos por esa vez, no cumpliría con su puntual comparecencia; y estaba totalmente tranquila. En efecto, cuando dan las 7 llega el primero. Era un pelirrubio de cara preciosa, tono meloso y seductora conversación; era muy cariñoso y se entretenía mucho tiempo en los preliminares, que, al no poder repetir el placer, hacía lo mejor posible. Apenas había terminado cuand

