Los dedos de Steven se deslizaban por la espalda de Sasha con una mezcla de precisión y deseo crudo. El cuarto estaba a oscuras, salvo por la luz tenue de la lámpara sobre la mesita, que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes mientras sus cuerpos se encontraban con una urgencia que no necesitaba palabras sobre la cama. Ella estaba sobre él, moviéndose con un ritmo firme, controlando el movimiento de sus caderas mientras sus pechos rebotaban levemente al compás de sus movimientos circulares. Los muslos de Sasha temblaban levemente por el esfuerzo, pero su rostro no mostraba cansancio sino placer. Steven la sostenía de la cintura, los dedos clavados en su piel como si pudiera fundirla con su tacto. Le encantaba verla así: fuerte, dominante, segura. Jadeaba su nombre entre dientes mi

