El Ángel Supremo estaba encadenado con los brazos arriba, dentro de un calabozo ubicado en un lugar que no conocía. Sus piernas se hallaban laceradas casi en su totalidad, con la carne abierta en múltiples partes. Su rostro, demacrado y sanguinolento, mostraba señales de una persona que había sido torturada sin parar durante un tiempo considerable. Las puertas del calabozo fueron abiertas desde afuera. El Grande entró, a paso elegante y moviendo de forma ostentosa su túnica. Tiró un balde con agua helada encima del encadenado, haciéndolo gritar con desesperación. —¿Dormiste bien? —le preguntó con su tono de extrema crueldad, mientras sonreía. El Ángel Supremo se sacudió como pudo: el dolor en sus piernas con la carne abierta de modo bestial comenzó y ya no se detuvo. —Yo no me movería

