Observo todo a mí alrededor fijándome en cada detalle del pequeño restaurante en que Ízaro y yo decidimos almorzar el día de hoy. Cuando le pedí que fuera algo discreto y sencillo, él me dijo que sabía del lugar indicado, y al parecer, tenía razón, porque este lugar es pequeño y muy acogedor. Me es inevitable no recordar aquella vez que junto a Máximo comimos en un restaurante muy similar a este y él menospreció el lugar, incluso lo trató de poco higiénico. Suspiro ante el recuerdo y luego observo a Ízaro con algo de tristeza, porque sé que luego de que le cuente todo lo que sé de Alodra, él podría mandarme a la mierda o sufrir mucho por abrir los ojos de una vez por todas. —Estás muy callada desde que llegaste —afirma él, mientras hojea la carta de comidas. —Puede ser —me encojo de ho

