Una vez llego hasta mi amigo el número equivocado, quien me espera en la entrada de mi edificio, le sonrío y el fresco aire nocturno eriza la piel detrás de mi nuca. El perfume de Ízaro me embriaga por un instante, pero luego me recompongo y alzo una ceja hacia él. —Buenas noches —saludo. —Te ves muy guapa, desconocida. Intento cubrir mi rostro con los mechones sueltos de mi coleta, para evitar que Ízaro note que me he sonrojado ante su cumplido. —Gracias, impostor —murmuro en respuesta. Debo reconocer que hoy me esforcé en mi apariencia, vistiendo un delicado vestido de seda color rosa palo y unos tacones negros de punta fina. Ízaro me abre la puerta del copiloto para que me suba a su automóvil y lo hago en completo silencio, hasta que él rodea el vehículo por delante y se sube a

