Jamás imaginó que Karma aceptaría.
Y mucho menos imaginó sentirse tan poca mujer a su lado.
Karma se estaba quitando el pijama ante su atenta mirada, habían puesto tres o cuatro vestidos en la cama (ya compuesta y arreglada) que Nagisa había elegido para que su amiga se probara.
Y, aunque Karma ya tenía puesto el brasier, sintió muchísima vergüenza de verla casi desnuda.
Aunque lo agradeció.
Averiguó donde estaban las pecas.
Las suaves manchas que recorrían los pechos de Karma, llenos y que rebotaban con el movimiento de la chica al quitarse los pantalones, debería ser una copa C, pensaba interiormente Nagisa.
Manchitas que recorrían parte de sus brazos, que bajaban a su estómago y espalda y que llegaban a sus muslos, incluso al interior de éstos. Pero no bajaban demasiado, se quedaban poco más debajo de la rodilla, y en los brazos debajo del codo.
Y sí llegaba a usar un escote V, apenas se verían en la parte inferior a éste.
Era como si tuviese un traje de baño hecho de puntitos y constelaciones.
- ¿Este? – preguntó la pelirroja.
Nagisa carraspeó, había estado tan ocupada observando las pecas de Karma que se olvidó de los vestidos.
Aquel era n***o con puntos rojos, pero se notaba que le apretaba y apenas llegaba a sus caderas, negó rotundamente.
El siguiente fue blanco de mangas cortas, con líneas verticales negras y un cinturón también n***o, llegaba a poco más debajo de las caderas, pero se notaba cuanto apretaba a Karma en la zona del pecho y en las mismas caderas, Nagisa también negó.
El tercero fue uno rojo que Karma desechó por cuenta propia. Ni siquiera se lo puso.
Y el cuarto era un estilo marinero, de un azul oscuro que llegaba a sus muslos, literalmente, unos seis o siete dedos debajo del inicio de sus muslos.
Suponían que el vestido debía llegar a la rodilla, porque la cinta que iba en la cintura estaba por sus costillas y el moño rojo de marinero estaba sobre sus clavículas (aunque debía ir más abajo, como en el pecho).
Pero aun así Nagisa (y debía admitir con un poco de envidia) había aceptado el vestido, porque le sentaba de maravilla, el vestido se había alzado más por el pecho y las caderas de Karma (no era como si tuviese realmente mucho de ambos, pero delineaba perfectamente su figura).
Nagisa se puso una falda blanca que llevaba en su mochila y una blusa rosa pastel con holanes en la parte de los hombros y el pecho.
Karma se puso, aparte, unas mallas negras que llegaban a sus pantorrillas y sus zapatillas deportivas blancas.
Nagisa no podía evitar dirigir su mirada hacia Karma, se veía preciosa, además se estaba atando el cabello en una coleta alta, lo que le impedía apartar sus ojos de la curvatura que formaba entre sus brazos y su espalda, el vestido se alzaba tan sólo un poco más por el estiramiento de sus brazos y aquello era inusualmente satisfactorio de observar.
Karma se sentía extraña, desde el hecho de usar uno de los regalos de su padre, hasta por el hecho de que era un vestido, y no estaba acostumbrado a tener curvas en su cuerpo que le apretasen cuando se moviese.
Pero Nagisa parecía disfrutarlo y aquella sonrisa emocionada en su rostro era la única razón por la cual no se había negado.
Ahora comprendía, burdamente, cómo se sentía Nagisa al usar vestido (y juraría que no lo dejaría solo en esa estupidez de perder la dignidad, sí llegaba a pedírselo, lo harían juntos).
Caminar hasta el metro fue mucho más incómodo de lo que Karma había imaginado.
Pero la compañía de Nagisa, y la trivial platica que habían sostenido durante todo el rato, fue como un inhibidor de la situación, las miradas y el ardor en sus mejillas que las anteriores provocaban.
Nagisa se veía súper tierna, y también era arrebatadora de suspiros y miradas (principalmente suyas). Por lo cual, y casi inconscientemente, había puesto una de sus manos sobre la cintura de Nagisa, símbolo de protección y pertenencia.
No era muy bien visto por todos, pero tampoco era particularmente extraño que las amigas se tratasen tan cómodamente y a la vez que fuesen tan cercanas.
Nagisa sentía un leve escozor en aquella parte de su anatomía, el roce era suave y casi no lo sentía, pero la sola cercanía de la mano de Karma a su cintura le producía un cosquilleo fogoso.
No se percataron, ninguna de las dos, de la extraña mirada entre triste, melancólica y nostálgica que las acechaba, siguiéndola a cada paso, como un fantasma susurrante que se oculta entre las sombras.
Nagisa sonreía sonrojada.
Y Karma la protegía.
Quizás fue por eso, porque se sintió tan real y tan efímero, quizás fue porque ambas se sentían tan felices estando la una con la otra que la mirada también adquirió un matiz de rencor y, si, odio.
Odio por no poder ser aquella persona en los brazos de la otra.
No poder causar tan lindo sonrojo, o tan hermosa sonrisa, o tan dulce e inocente brillo en aquellos ojos.
Quizás fue por eso, o quizás por lo que significaba no ser ella: significaba que tenían razón.