Aunque Nagisa había aceptado ir a su casa, de alguna forma sentía que la estaba secuestrando. Pero, y lo sostendría en su mente, era debido a las miradas de las personas a su alrededor.
Nagisa caminaba suavemente, como la heredera de una casa té, con pasos finos que no producían ningún ruido, la hacían flotar.
Karma tenía una forma peculiar de caminar, los hombros detrás de su cabeza, su espalda erguida hacía atrás por el peso de la mochila y sus pies moviéndose como los de cualquier chico.
Suponía que, aparte de eso, la veían de más por su cabello.
Podrían pensar en el de Nagisa como teñido, pero el suyo era de un color rojizo natural (y se notaba), con el brillo del sol sobre sus cabezas las hebras se le teñían de naranja. A Karma no le gustaba mucho eso de su cabello, parecía un tomate maduro listo para ser cortado.
Nagisa, al verla de soslayo, pensó que su cabello más bien era parecida a una danza de fuego, con todo lo que aquello representa, el azul del cielo como el núcleo, y el brillo de sus hebras entre rojizas y doradas, le hacían ver como un tesoro. Un ave fénix alzando el vuelo.
Y las señoras cuchicheaban acerca de lo masculina que era Karma, y de la linda chica a su lado.
Nagisa, a su lado, se sentía pequeña.
No como una niña, sino, pequeña, diminuta, Karma llamaba la atención, era guapísima (y tenía una completa copa B), y tenía un porte orgulloso, se daba su lugar. Ella era más bien, servicial, era linda (no tenía dudas del aura tierna que emanaba), pero no era guapa. Era ese tipo de chica que necesita protección, Karma no necesita a alguien que la proteja, pensaba, ella puede hacerlo por sí misma. Ella me protegería.
- ¿En qué piensas? – preguntó Karma, admirando el largo cabello de Nagisa.
Aunque la había conocido cuando Nagisa tenía el mismo largo de cabello que cuando lo conoció a él, parecía que ella no se lo cortaba, ahora llegaba a poco más debajo de su cuello, suponía que a la altura de las clavículas.
Y se veía hermosa.
- En lo cerca que está tu casa de la escuela – respondió tras un breve silencio.
- Bueno, es que en realidad mi madre compró un departamento cuando tuvo la oportunidad – respondió Karma, mirando a otro lado, temiendo que sus miradas se encontrasen. Escondiendo las manos como un niño después de hacer una travesura.
- Bueno, es mejor un departamento, es pequeño y acogedor – Nagisa sostuvo un poco más fuerte su bolso – mi casa está a las afueras de Tokio – dijo tras algunos segundos.
- ¿Por qué? –
- Porque… mis padres querían que tuviera una habitación con dosel –
Aunque Karma sabía lo que era un dosel, se mantuvo confundido por varios segundos, ¿Nagisa?, ¿durmiendo en una cama con dosel?
- ¿Duermes como una princesa? – preguntó de bocajarro. Aunque no era su intención, se le había escapado. Nagisa se rió bajo.
- Podría decirse – respondió – hasta mis almohadas tienen holanes, y casi todo es rosado –
- ¿Casi? – aunque quiso preguntarlo en tono neutral, se le escapo el matiz de desagrado, casi paniqueado. ¿Rosado?, es que, lo entendía, la mayoría de sus cosas también eran rosas, pero apenas tuvo cierta consciencia (como un chico) cambió muchas de lo que en un principio compuso su habitación.
Nagisa se rió aún más fuerte.
- Sip, ya sabes, ni siquiera fue mi decisión, supongo que para cuando nací ya tenían la habitación lista. La tengo de esa forma desde que tengo memoria, me tenían que poner un banquito porque no la alcanzaba –
- Vaya mierda –
- ¿Eh? –
- Bueno, es que ni siquiera te preguntaron nada acerca de lo que querías con tu habitación, ¿no puedes cambiarle algo? –
Nagisa, muda, se le quedo viendo por largos segundos, ninguna se atrevió a avanzar, se quedaron ahí, de pie, mirándose la una a la otra.
- Es que… no lo había pensado – se excusó – no creí que fuese tan malo –
- ¿Te gusta? –
- No – respondió de inmediato – pero a mi madre (a Hiromi) le gusta –
- Pero es tu habitación –
Nagisa, comenzó a caminar, con Karma detrás de ella, pasos cortos, lentos, ahora ella parecía flotar entre un trance, una nube de inconsciencia e inseguridad.
Verla le resulto sumamente molesto (desagradable por razones incorrectas) a Karma, se veía vulnerable.
- No lo había pensado así – susurró Nagisa, cuando estaban a una cuadra de la casa de Karma – en realidad, lo único que he querido realmente en la vida es ir a Kunugigaoka, y un cuaderno con el vinilo de la sinfonía 5, de Gustav Mahler –
- ¿Te gusta la música clásica? –
- Si, a veces, en lo particular cuando estoy deprimida, me ayuda a sumergirme más en la belleza que hay cuando estas en el fondo del abismo –
Karma sonrió tras de ella. Poniéndose al frente para dirigirla al edificio donde vivía.
- ¿Y lo tienes? – le preguntó, subiendo ya las escaleras para con su piso (el quinto, la séptima puerta).
- No, jamás me atreví a pedírselo a mis padres – negó, el cabello nuevamente ondeando en su espalda.
- ¿Y en tus cumpleaños?, se supone que te regalan algo, ¿qué has pedido en ellos? –
- En realidad, mi madre hace fiestas – se encogió de hombros – así que, en lo particular, no le pido nada. Y sus compañeros de trabajo me regalan ropa, libros, o muñecas –
- Nagisa – Karma, a punto de abrir la puerta se giró a verla con un “¿eres feliz?” en la punta de su lengua.
Su madre abrió la puerta.
El cabello rojizo, los ojos marrones, las pecas en su clavícula y el resto siendo ocultado por un sweater n***o de mangas largas, acolchonado y mullidito. Ella les vio, y sonrió (Karma notó que era forzado).
- Tú debes ser Nagisa-san, es un gusto. Muchas gracias por cuidar de mi Karma – su madre le tendió la mano a Nagisa.
- Un gusto, soy Nagisa Shiota, aunque supongo que ya lo sabía. Es un placer conocerla señora Akabane – le sonrió, tomando su mano.
El contacto apenas duró unos segundos, la madre de Karma aparto su mano para carraspear.
- Oh, eres tan dulce y educada. Pero, en realidad, puedes llamarme Himura, mi nombre es Himura Kaede – dijo con una sonrisa aún más tensa – dejé de ser la señora Akabane desde hace unos trece años –
Karma bajó la mirada, estaban cada vez más cerca de diciembre, pronto serían catorce. Aunque ella estaba a punto de cumplir 15. En realidad estaban a poco de muchas cosas (los exámenes finales, el inminente inicio de su segundo año).
- Oh, perdone, no lo sabía – Nagisa, avergonzada, hizo una ligera reverencia.
- No te preocupes, aunque me sorprende que mi Karma no te lo haya contado –
- No es necesario, sigo teniendo el apellido de mi padre – musitó Karma, su madre, por supuesto, se hizo de oídos sordos mientras invitaba a pasar a Nagisa.
Karma entro tras de ella.
Y, mientras Nagisa estaba al teléfono con su madre, Karma observaba atentamente a la suya.
Amaba a su madre, pero no entendía por qué había mentido.
En realidad, ella se negó a abandonar su apellido de casada (así firmaba todo, como una Akabane), suponía que era debido a la riqueza que ambos habían hecho juntos, y que se negaba a soltar, pero, en ese momento, la había dejado pensando.
A Nagisa se presentó como Himura, pese a que nunca había mencionado su apellido, ella ni siquiera conocía a sus abuelos, sabía muchas cosas de ellos, pero no los conocía.
Nagisa fue con ellos tras poco tiempo, entre la cena y Nagisa platicando con la madre de Karma, el tiempo se fue como corriente de agua en un río.
Karma fue a su habitación por toallas y un pijama (rosado) para Nagisa. Cuando ambas se hubiesen preparado completamente (Karma con el cabello en un chongo mojado y la ropa deportiva) se sentaron en una mesa pequeña con cuadernos, libros y hojas desparramados en la habitación.
Ambas respondiendo las preguntas de la otra (la mayoría de Nagisa a Karma), o haciendo pausas con bocadillos, café y manga.
Nagisa se equivocaba mucho (Karma había tenido que comprobar algunos de sus problemas), pero no era porque no supiese lo que conllevaban o las ecuaciones a usarse entre una y otra.
Era por Hiromi, por cómo se había despedido Hiromi.
No podía ignorarlo.
No podía concentrarse en nada más que eso.
Y era un asco porque los exámenes estaban a la vuelta del semestre y ella tenía que prepararse.
Karma la veía rehacer y deshacer cada problema, las manos jugando con los mechones azules, mordiendo el lápiz (no podía morderse las uñas, su madre se lo había prohibido), garabateando en el cuaderno.
Y las palabras de Hiromi en su cabeza, no salían de su maldita cabeza, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?
“¿Por qué no la invitas a pasar la noche en nuestra casa, mañana? Ya quiero conocer a tu amiga, ¿Karma, verdad?”