El día lunes fue como un extraño golpe, una bomba que había estado en un lugar por mucho tiempo, sin ser tocada, para que después le pateasen con toda intención de hacerla estallar.
Karma fue una bomba a la que nadie había tocado, ni por falta de interés, ni por indiferencia, ni por miedo, sino por qué no se hallaban con las palabras con las que hacerlo, y ella tampoco parecía del tipo de persona a la que se le pueden decir estupideces, simplemente era… inalcanzable.
No veían en ella ninguna entrada a una conversación normal en su ceño aburrido e indiferente, mucho menos creían que le gustaba relacionarse, en general, con la gente.
Además era inteligente, ¿y ellos de qué habrían de hablar con quién era el primer lugar en calificaciones?, ¿sumas?, ¿restas?, ¿la importancia del trinomio cuadrado perfecto en los exámenes de admisión?
Y sin embargo, habían pasado semanas en las que ya se habían acostumbrado a verla saludar y hablar con Nagisa.
Pero con nadie más.
Además de eso, había adoptado una pésima actitud con los superiores. A nadie le sorprendería que para su segundo año acabase en la clase D.
Pero sí que les sorprendía como Nagisa sonreía con complicidad al verla irse a por un jugo sin permiso, así como les sorprendía que ambas caminasen juntas para el metro o simplemente se fueran a por unos helados, el mismo día.
Y aunque todo aquello había sido extraño, nada lo fue más que la pelirroja sacase todos sus exámenes con un 100 en letras rojas, puesta como el primer lugar de los estudiantes de primer año, superando incluso a Asano Gakushuu, hija de la directora de la escuela.
Karma, ante ese hecho, no parecía ni impresionada, ni un poco impresionada, permanecía indiferente ante ser el símbolo que la escuela menos esperaba, una inteligencia innata, pero sin una actitud correcta.
Asano no estaba contenta.
Pero a Karma ni siquiera le preocupaba, Nagisa le hablaba como antes. Hablaban de novelas gráficas, del romanticismo entre una y otra serie o película, le enseñaba de video juegos y ella de puntos interesantes acerca de una u otra cosa.
Nagisa le dijo, incluso, que fue algo extraño el cómo ingresó a Kunugigaoka, porque su madre quería llevarla a las mejores escuelas, pero su primera opción había sido una escuela de señoritas, y ella le había rogado por Kunugigaoka, aunque no sabía la razón exacta del por qué lo hizo.
“– ¿Te imaginas sí lo hubiese hecho por ti? – decía, mirando el cielo en la azotea, una zona restringida para los estudiantes, pero a la que iban de todas formas para almorzar.
- ¿A qué te refieres? – le había dicho Karma, con el jugo de frutillas en sus manos y su rostro sonrojado (a veces odiaba eso de ella, que fuese tan transparente cuando él apenas se sonrojaba).
- Imagina que nuestro encuentro fue predestinado, como una de esas películas o dramas de la tele, ¿no sería maravilloso? – bromeaba con la mirada perdida.
- ¿No es algo que deberías decirle a tu amante? – le preguntaba Karma, tanteando el terreno, ¿tendría novio? La pregunta del mes.
- No necesito un novio si tu estas a mi lado, Karma. Eres mucho mejor que un novio – y le vio, los ojos azules se cruzaron con los dorados en un reflejo.
Y Karma pensó, anheló, que la mirada de Nagisa fuese la misma que la del suyo. Se veía de esa forma, como si Nagisa, su Nagisa le hablase directamente a él.”
Aquel recuerdo lo escribió.
Le llamaba “Bitácora de estudio independiente” cuando se parecía más a un diario.
Y es que, no quería olvidarse de él mismo.
De lo que él vivía con Nagisa siendo él y no la chica de la que estaba tomando prestado el cuerpo (sonaba malísimo y extraño, pero no encontraba otra forma de describirlo).
Casi sentía que se estaba olvidando de sí mismo, de quién era.
De los padres que no estaban a su lado, remplazándolos una mujer de cabellos rojizos y ojos marrones que le había cuidado en todo momento.
De los recuerdos variados que le dejaban sus padres por apenas unos pequeños libros que su madre le daba cada navidad, a veces dobles por su cumpleaños.
Por ese deseo de ser más, a uno en el que estaba bien estando allí, cálida y conforme con lo poco que tenía.
Y odiaba el sentirse tan perdido en una persona que no era él, pero a la que reconocía.
La reconocía en cada recoveco, en los finos rasgos femeninos, en las pestañas largas, en las pocas ojeras bajo sus ojos dorados, en los colmillos que relucían en cada sonrisa, en las clavículas que se delineaban perfectamente, en los pechos que podía atrapar en una mano, en la no muy delineada cintura, en la delgadez de su cuerpo, en las caderas, en el apenas visible vello púbico rojizo, en su trasero que se levantaba más porque era mujer que porque tuviese mucho, en los muslos que dejaban un hueco entre ellos, en las piernas.
No era hermosa, pero tampoco era fea.
Ella sabía que era linda, guapa, lo sabía por la forma en la que la miraban.
Su orgullo masculino elevaba la barbilla en signo de superioridad, pero el miedo femenino solamente quería cubrirse más, cubrir sus piernas y su cuerpo.
Descubrió, aparte, el poco apetito que tenía la chica.
Pero, estando él en su cuerpo, subió unos cinco kilos, entre tanto y tanto. Aunque por las noches, apenas podía dormir. Con las ansías de pesarse.
Y supuso que la chica debió de haber tenido serios problemas. Porque podía escucharla en su mente, su voz preocupándose por su peso, su figura, la figura que ella no quería mostrar.
Y se preguntó sí aquello sucedía con todas las mujeres.
Escribió su vida en la bitácora, lo que había pasado con sus padres, lo que había pasado con sus compañeros, con los profesores, con Nagisa, con la clase E.
Y le pareció insuficiente, porque cada día sentía olvidarse, cada vez más.
Y repasaba sus apuntes una y otra vez, escribía los recuerdos nuevos, y los viejos que le iban llegando entre un flash.
- Karma-kun – le llamó Nagisa, las clases habían terminado, ella se había quedado dormida en el pupitre.
Los destellos naranjas pasaban a través de la ventana como un vago recordatorio de la hora, ya era tarde, por supuesto que lo era, suponía que Nagisa le había dejado dormir más de la cuenta, ¿tan mal se veía?
- ¿Por qué no me despertaste antes? – preguntó – tus padres se enojaran conmigo, les estoy robando a su adorada princesa – Nagisa rió.
- Te veías tan a gusto que no quise molestarte – se dio cuenta que no negó que era una princesa – vamos, tenemos que alcanzar el tren –
Karma le tomó de la mano antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo.
- Si algún día, dejo de ser yo, ¿seguirás a mi lado? –
Nagisa le veía con cierto miedo, el turbio desconcierto en sus ojos le hizo pensar en lo que había dicho. Apenas percatándose de sus acciones.
- ¿A qué te…? –
- No importa – le soltó la mano, y tomó su mochila – debo llevarte antes de que sea más tarde, vamos –
- Si… -
Nagisa, aquella noche durmió con un mal sabor de boca, si bien en la camino hablaron como si nada hubiese pasado, las palabras de Karma le calaron el alma.
No sabía a qué se refería, y lo peor, ni siquiera respondió que sí inmediatamente.
Un miedo latente, y un horrible dolor en su cabeza, impidieron que pudiera deshacerse de ese pensamiento hasta entrada la madrugada.
- Karma… Akabane-kun – decía, en medio del sueño y la inconsciencia, cuando sus párpados eran tan pesados que ni siquiera podía mantenerlos abiertos.
Ella no se percató, pero su mejilla sintió como se deslizaba una lágrima que acabo en la almohada de holanes rosados.