Capítulo 3

1490 Words
La calidez del otro cuerpo, el sonido de las manos rebuscando entre las palomitas y ligeros sorbos a la soda, movimientos leves y lentos que le hacían respingar en su lugar. Estaba nervioso. Tremendamente incómodo también. Pero agradecía sentir la presencia de la chica a su lado. El cabello azul, suelto, justo como recordaba que lo usaba antes de segundo año (donde uso una coleta baja) y de tercero (sus características coletas altas), le hacía querer girar a verla con morbo. Los rasgos no habían cambiado mucho, si al caso, sus labios eran más finos, y las pestañas más cortas, las cejas estaban mejor delineadas y su piel estaba más limpia. Suponía que su madre había hecho una dieta estricta para conservar la figura y el rostro de su adorada hija. Por otro lado, y para alejar los pensamientos impuros de su mente, llamarle Shiota era horrible, era como presenciar una lejanía constante y ajena que le hacía temblar en su lugar. No le hacía sentir mejor tampoco. Suponía que era eso a lo que le tenía miedo. No como la historia de Koro o de Kaede, aterradores por el dolor, la perdida de la mente, el constante murmullo de que deben asesinar o ser asesinados, el ser ajenos hasta ellos mismos, no era un terror de perder humanidad (ellos habían demostrado que seguían poseyéndola, pero de una forma siniestra y delirante) sino del abandono. Nagisa lo sabía. Su Nagisa lo sabía. El terror que sentía cuando sus padres no estaban cerca cuando era apenas un niño, y las tormentas resonaban tras las ventanas, o la oscuridad se ceñía sobre su cuerpo y las mantas eran un escudo insuficiente que cualquier monstruo podría romper, desquebrajar, quitar. El terror de no tener la seguridad de que habría una mano, un lugar entre dos cuerpos cálidos, unos padres que te abrazasen hasta hacer desaparecer a los monstruos con su seguridad, con su amor y su cariño impregnados en ese pequeño espacio que le dejaban para acobijarse con ellos. Y Nagisa no había llorado cuando se lo contó. Nagisa le sonrió, le dio la mano, y le dio ese lugar cálido y seguro sin necesidad de palabras,  por supuesto que él ya no tenía miedo a la oscuridad, ni a los monstruos que se ocultaban en el armario o bajo la cama, él le temía más bien a los monstruos que gritaban en su cabeza, y estar con Nagisa, que los callaba, era tan maravilloso que había veces en las que no había necesidad de palabras. Le aterraba, horriblemente, haberlo perdido para siempre. Porque, sabía, tenía esa extraña seguridad angustiante, de que Nagisa no lo había abandonado (él se había ido, de alguna forma), pero en su interior sentía como si alguien más, alguien aún más importante que sus padres, le hubiese dado la espalda y se marchase con las maletas llenas de recuerdos, y una mochila sin despedidas. Los pensamientos arremolinados sobre su cabeza casi le cortan el aliento. Nagisa rió. Probablemente por una escena divertida en la película. Y aquello le tranquilizó el alma, le hizo respirar suavemente y sintió una calidez envolver su estómago y sus mejillas, jugó con su cabello para ocultar el hecho de que estaba sonriendo estúpidamente. No era su Nagisa. Pero eran tremendamente parecidos el uno al otro, se suponía que eran la misma persona. Él… podía darle una oportunidad, ¿verdad? A que las cosas saliesen bien. Aun si fuese una chica, aunque ambas lo fueran, no quería perder otra oportunidad. No quería volver a sentirse así, con el miedo de perderle. Y era Nagisa. Era a él (ella, el, ¿ella?) a quien no quería perder por nada en el mundo. Y no lo volvería a hacer, no lo permitiría. Los ojos que le miraron, entre toda esa oscuridad, estaban llenos de lágrimas, dolor, amor y un poco de rencor.   Cuando la película acabó, agradeció haberla visto anteriormente (y haberla repetido innumerables veces para rememorar la misma primera –cita– salida con Nagisa, así como era un trabajo excepcional de un director al que él seguía arduamente) para poder hablar con Nagisa acerca de ella, las escenas más divertidas y las que más le habían interesado, personalmente. Nagisa le escuchaba atentamente y de vez en cuando también aportaba algunas ideas e información (relativamente nueva) acerca de planos de la película que él ni siquiera se había percatado (como la iluminación y la psicología del color entre cada escena). Se habían emocionado tanto en la conversación que pronto surgieron otras ramas, otras películas, otros cómics, otros temas y más conversación entre uno y otro. Ahora Karma podía decir que Nagisa era una persona muy diferente(al menos su historia lo era), pero hablar con ella era como seguir hablando con su Nagisa. Nada podía detenerlos. Excepto el tiempo, y un ringtone especialmente espantoso de melodías chillonas, inconscientemente su mente tuvo una pequeña disputa entre decir “qué asco de música” y “conozco esa canción, me gusta muchísimo”. Así que hizo una expresión parcialmente aterradora que hizo a Nagisa reír. -       ¿No te gusta el K-pop? – preguntó tras un resoplido. -       No… es eso… – respondió apenada, bajando la mirada. -       Perdona, tengo que contestar – Aunque Karma asintió dudó que Nagisa le hubiese visto. -       ¿Mamá…? – preguntó en un leve murmullo. Karma se asustó de inmediato, un hilo ligerísimo de cordura le decía que era absolutamente normal que Hiromi llamase a su hija, pero no podía dejar de repetirse a sí mismo que estaban intentando alejar a Nagisa de él, se la estaban llevando de su lado, y era a su lado donde debía estar,  no podían arrebatársela. Nagisa solamente estaría segura a su lado. No supo cuánto tiempo había estado inmersa en el pánico hasta que Nagisa le tomó de la sudadera blanca, llamando su atención con el Smart-phone frente a ella. -       Akabane-san, ¿intercambiamos e-mails? – aunque la pregunta era del todo normal y su tono era dulce, podía percibir un ligerísimo temblor en su voz. Ella estaba/había estado asustada. -       Por supuesto – y a pesar de que ella se había sonrojado, la verdad es que estaba pensando horriblemente que había dejado salir su sed de sangre en medio de un trance – por cierto, sé que no te lo había mencionado, pero dime –kun – -       ¿Eh? – Nagisa estaba realmente emocionada con el teléfono de Karma en su teléfono, así que en realidad no había prestado mucha atención, escucharle le hizo pegar un ligero respingo sobre sus pies. -       Es que Akabane-san no suena muy bien – se explicó Karma, tomando un mechón de su cabello rojo como única forma de eludir la mirada de Nagisa. -       ¿Qué te parece entonces… Karma-kun? – había sido una idea, otro impulso del que no estaba segura, pero que no se pudo arrepentir de haberlo dicho cuando Karma levantó la vista visiblemente emocionada. -       Suena perfecto – Nagisa pensó que el rostro de Karma estaba hecho para sonreír. Las mejillas se alzaban ligeramente y sus ojos dorados adquirían un matiz de mercurio que les hacía indescifrablemente hermosos, el cabello ceñía aún más la fina estructura de su rostro, y su nariz apenas se elevaba por breves segundos así como los pliegues de sus labios se removían en una línea curveada que resaltaba sus labios pálidos y cuarteados. Y de repente se sintió bien de encontrar un pequeñísimo defecto en ella, porque nadie podía ser así de perfecta (aunque en el fondo pensó, sumamente avergonzada, que aquel hecho de despreocupación a sus labios sólo le hacía querer cuidárselos, y le daba un aire de ternura y seducción bastante extraño). Karma era bellísima. Entendía por qué los chicos decían que era atractiva, pero se alegró intensamente por ser la única que podía ver aquella sonrisa que mostraba los caninos blancos, bastante prominentes para un humano común (y no se sorprendió de que pudiese ser un vampiro, en los libros que leía eran bellísimos y era la única explicación lógica que se le ocurría para decir que Karma era tan o más bella que aquellos seres sobrenaturales). Atrapándose entre toda la aglomeración de pensamientos sobre, por y para Karma, se sonrojó violentamente, olvidándose de lo que tenía que decir a continuación. -       Entonces… nos vemos mañana, ¡adiós, Karma-kun! – corrió. Se fue corriendo sin querer. Y Karma casi corre tras ella, pero era normal que tuviese que irse a casa, ella también debería hacerlo, pero… Por un momento casi se perdió a sí misma, envuelta en el miedo de no poder volver a Nagisa. Y era un miedo absurdo, pero se quedó allí por tanto tiempo que casi le hizo perder nuevamente el aliento. Aquella noche, tampoco supo cómo regreso a su casa. 
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