MARTÍN. —¡Despierta! ¡Despierta maldita sea! —siento un chorro de agua fría cayendo sobre mi rostro— ¡Mueve el trasero, Martín! —empiezo a reconocer la voz, pero parece más un eco, intento abrir la boca, pero no lo logró. —Voy a golpearte tan duro, que vas a lamentar haberme sacado del calor de mi hogar. Abro mis ojos, la bofetada que me dio mi hermano Cristóbal, me sacó del lugar oscuro en el que estaba sumido, luego de varios días de estar mentalmente ausente. Y físicamente. Los meses venían pasando y luego de esa última llamada de Ana, fui incapaz de volver a valerme por mí mismo, la carta, me dejo muchas cosas en claro, pero la más importante es que jamás voy a merecer el amor de una mujer como ella y por momentos pienso que no voy a merecer amor. Continué saliendo en las noches

