CAPÍTULO 1

1697 Words
PUNTO DE VISTA DE CARA Me quedé de pie frente a la ventana, mirando hacia afuera. Bajé la vista a mis manos, que sostenían el sobre, y contuve el aliento sin darme cuenta. El sobre temblaba entre mis dedos. Había pasado meses buscando pistas y ahora la última estaba allí, frente a mí, sellada y pesada, con manchas de sangre que parecían no desvanecerse nunca. Mi respiración se entrecortó cuando lo abrí de un tirón. Y ahí estaba: tres marcas de garras rojas rasgadas en el papel. El mismo símbolo que había quedado en la pared de mis padres la noche en que los asesinaron. Mi mente retrocedió a aquella noche funesta. El aire olía a hierro y piedra húmeda. La lluvia entraba por la ventana rota y se mezclaba con su sangre, impregnando la habitación de un olor ácido y metálico. A veces sentía que lo revivía todo. Tuve que recordarme por qué, de todas las oficinas del edificio, había elegido precisamente esta. Además de la vista espectacular, este despacho había pertenecido a mi padre fallecido. Mamá me traía aquí, papá me sentaba en su escritorio y hacía muecas raras para hacerme reír. No pasaba un solo día sin que pensara en esos momentos. Pero ahora esos recuerdos venían acompañados de las imágenes de sus cuerpos tendidos, empapados en sangre. El rugido del trueno, los gritos desgarradores mientras los mataban brutalmente, y el estruendo de un cristal rompiéndose mientras yo permanecía encerrada en el armario. Quienquiera que fuera no era solo un asesino: era un hombre lobo poderoso. Y lo único que tenía era una grabación de cámara en la que se le veía escapar. Había saltado por la ventana, aterrizado en cuatro patas y huido a la carrera. Di la vuelta al papel. No había nada más escrito. —No hay otra pista —murmuré con la voz tensa—. ¿Cómo se supone que esto me ayude? ¡Toc! ¡Toc! El sonido de unos golpes en la puerta interrumpió mis pensamientos. Sin necesidad de girarme supe quién era. —Pasa, Abby… —respondí cuando la puerta se abrió con un leve chirrido. Me volví hacia ella. Los pantalones de traje que llevaba la hacían parecer más alta de lo que era. —Otra vez te digo que no tienes que llamar… —¿De verdad? —Abby sonrió y se apartó con sutileza la coleta rubia—. Es simple cortesía. Y no querrás que interrumpa tus momentos —bromeó mientras se acercaba a la ventana junto a mí. Sus ojos verdes recorrieron mi rostro con preocupación. Bajó la mirada a mis manos. —¿Es una nueva pista? Asentí y le entregué el teléfono con la grabación que Rosa, mi detective privada, me había enviado esa misma mañana. Lo tomó y lo examinó con atención… —¿Es la grabación de aquella noche? —preguntó sin apartar los ojos de la pantalla. Parecía impresionada; la verdad es que el vídeo parecía sacado de una película de acción. Las piruetas que hacía eran dignas de cine. —Sí. Rebobina y pausa entre el aterrizaje y cuando sale corriendo… —le indiqué. —¿Vale? —Frunció el ceño, esperando más instrucciones. La miré de reojo y continué: —Ahora acerca el zoom… Unos segundos después, entrecerró los ojos al notar un detalle pequeño pero crucial. —Hay un tatuaje en su muñeca… —jadeó al darse cuenta. Yo solo asentí. —Sí. Si logramos identificar el origen de ese tatuaje, estaré un paso más cerca de descubrir la verdad. —Estoy lista para recibir órdenes —respondió con expresión seria. —Haz lo que tengas que hacer, Abby —dije, forzando una sonrisa que no sentía. Si esta pista también fallaba, no sabía cuántas noches más sin dormir podría soportar. Ella hizo una pequeña reverencia, me devolvió el teléfono y se dirigió a la puerta. Antes de salir, la llamé: —Abby… gracias —dije con un breve asentimiento, y mi sonrisa se amplió un poco. Ella me devolvió la sonrisa y se marchó. Era hora de la reunión de negocios de la manada. Enderecé la espalda y respiré hondo. Parecía que me estaba acostumbrando inconscientemente a contener el aliento. Miré mi reflejo en la ventana y me alisé el cabello. Comprobé que el maquillaje seguía intacto y observé mi figura esbelta y curvilínea, que encajaba a la perfección en mi traje formal pero elegante. Alcancé la barbilla, como si con eso pudiera reunir confianza, y salí también. *** Acababa de terminar la reunión con los líderes de la manada y no podía llamarla un éxito… —¡Tu famoso trato de Colmillo Plateado está muerto y enterrado! Wallace Enterprises nos bajó la oferta un quince por ciento. ¡Quince! Draven Wilson se está riendo de nosotros, y no solo de nuestro balance. Se ríe de nuestro supuesto liderazgo. El anciano Brett me había gruñido durante la reunión. Su voz era fría, cargada de desprecio. Y lo peor era que oía los murmullos de aprobación entre los demás líderes. —Mi señora, no debería preocuparse por asuntos tan nimios… —me dijo Henry, el mayordomo, desde detrás del escritorio. Reí por dentro al recordar su reacción en la reunión. Vi cómo apretaba la taza con fuerza mientras permanecía fiel junto al aparador. Estaba claro que estaba a punto de estallar… Y yo tuve que intervenir para detenerlo. —¿Oíste lo que dijeron? Dijeron que las hojas de cálculo no ganan guerras contra manadas. El poder sí. ¿Entiendes la intención detrás de esas palabras, verdad? Hice una pausa deliberada y me volví hacia él. Las palabras del anciano Brett debían de haberle dolido tanto como a mí en la reunión. Sus ojos se clavaron en los míos. En ellos vi una irritación evidente, pero también una calma que no podía ignorarse. Me hizo sentir reconfortada. Pero… —¿Fue un golpe directo a mi cara llamarme sin lobo sin decirlo explícitamente? Después de veintidós largos años, he vuelto para reclamar lo que es mío por derecho y ¿así es como me tratan? —me quejé, sin saber qué respuesta quería oír. Ni siquiera estaba enfadada; solo triste. Y si estuviera enfadada, sería conmigo misma. Nada parecía salir como lo planeaba. —Y recuerdo perfectamente tu respuesta a ellos —intervino Henry, sacándome de mis pensamientos. —¿No dijiste que no igualaríamos su oferta y que le dejaríamos quedarse con Ridgecrest? Dejaste claro que, mientras él se ahogara en un proyecto que le ataría capital y recursos durante los próximos dieciocho meses, nosotros pivotaríamos. Inclinó la cabeza y sus ojos parecieron atravesar mi alma. Sonrió levemente y añadió: —Esto demuestra lo lejos que llega tu ingenio para compensar tu… discapacidad temporal, alteza. Sonreí ampliamente, sin saber cómo tomar ese extraño consuelo. Pero tenía razón en lo esencial: Wallace estaba sangrando su propio capital. Y el siguiente paso era sencillo. —Solo adquirimos las tierras pequeñas y adyacentes que él ignoró, luego aceleramos el proyecto Refugio Escarlata… —repasé los detalles en mi mente. «¿Acelerar?» —me cuestioné, y mi sonrisa se desvaneció rápido. Era cierto que podíamos construir casas de lujo para familias de élite que no quisieran vivir cerca del ruido y el olor industrial de las plantas de Colmillo Plateado, en las que Wallace ahora estaba comprometido. Era un plan perfecto: no solo venderíamos casas, venderíamos paz, tranquilidad y exclusividad. Pero no había tiempo. Ya estaba viviendo de tiempo prestado. Como si leyera mi mente, Henry intervino. —Sabes que hay otra vía para arreglar esto, ¿verdad? —sugirió, alzando ligeramente la barbilla. Sentí un sabor amargo en la boca y puse los ojos en blanco. Me di la vuelta para no mirarlo. Sabía exactamente qué iba a decir. —¿Por cuánto tiempo más vas a ignorar la alianza matrimonial que propuso Draven? Al oír el nombre de Draven, algo se retorció dentro de mí: rabia, miedo… o algo peor. Aún recordaba su voz aquella noche en la gala, baja y burlona: «Volverás arrastrándote cuando estés lo bastante desesperada, Cara». Tal vez tuviera razón. Pero el infierno se congelaría antes de que eso ocurriera. —¿Ignorar? La rechacé. ¿Por qué seguimos con esta conversación, sir Henry? Prefiero perderlo todo antes que atarme a un ambicioso sin escrúpulos como Draven. Lo único que entiende es el dinero, y no hay una sola buena reseña sobre él en ninguna parte. —Pero es la única salida, alfa. —¿Y quién decidió eso? Se acaba cuando yo diga que se acaba. De lo contrario… envía mi respuesta. Di que declino respetuosamente y sugiere que se la enrolle bien bonita y se la meta por su arrogante culo. Me estremecí por dentro al ver cómo Henry fruncía el ceño, perturbado por mi elección de palabras. —Lo siento… —No, no hace falta. Al menos considera asistir a la cumbre de negocios de manadas en Manhattan, organizada por Wallace Enterprise. Habrá mucha gente influyente… Puedes hacer algunos amigos… —¿Quieres decir socios comerciales que probablemente estén en la palma de la mano de Draven? Es inútil… —Pero intentaré asistir —respondí. Al oírme, asintió con aprobación. *¡Ping!* Bajé la vista al teléfono. Esperaba un mensaje de Rosa después de la reunión. La pantalla se iluminó y mis ojos se abrieron de par en par al leer el texto de una sola línea. *El tatuaje de la Cresta es del Clan Velo de Sangre.* —¿Qué? —se me escapó la palabra antes de poder contenerla. —Es la manada de Draven —murmuré. —¿Dijiste algo, Cara? —preguntó la voz de Henry. Por un momento había olvidado que seguía allí. —No, nada. Puedes retirarte. Se excusó, pero no sin antes mirarme fijamente, como si pudiera percibir mi mentira. Me levanté de golpe y salí del estudio. Al pasar vi a una omega. Forzando una sonrisa, le dije: —Por favor, avisa a Abby que se prepare. Vamos de compras. Con esa orden, acababa de tomar la decisión de asistir a la cumbre de negocios de manadas.
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