Franz llevaba pocas horas en su país pero su padre ya lo había llenado de tareas. A través de su secretario, por supuesto, le había indicado los próximos eventos en los que su presencia era indispensable, la ropa que debía usar, las palabras que debía decir y a quien no podía dejar de saludar. Cerró sus ojos y suspiró con fastidio mientras se sacaba la ropa para darse una ducha. Conocía su vida, no le sorprendía aquella lista de obligaciones, hasta podía imaginar a su padre diciéndole las palabras a su primer asistente. Eso lo hizo sonreír con resignación. Su padre siempre había sido protocolar, si esa palabra se entiende como distante, apático y serio. No era un mal hombre, de hecho había sido un monarca decidido en pos del bienestar de su gente. Sin embargo, en materia de familia, ha

