Ninguno podía recordar como habían subido la escalera caracol, ni cuánto había durado aquel primer beso. Pero nunca olvidarían el momento en el que se olvidaron de ellos mismos, sus historias, sus mandatos familiares, sus prejuicios con respecto al amor y se dedicaron a entregarse en cuerpo y alma con la sóla premisa de provocarle al otro un gozo tan grande como el que sentían. Franz la había besado con desesperación al principio, pero una vez dentro de aquel pequeño piso, se había tomado mucho más tiempo del que solía. Sin abrir sus ojos, había recorrido su boca con el deleite de los manjares más exquisitos mientras aquel suave perfume floral se encargaba de grabar el momento en su lóbulo temporal. Había recorrido con la yema de los dedos su suave cuello y al llegar al ángulo que dibuja

