Me sostuve de la barandilla y lance mi cuerpo hacia atrás, observando el cielo azulado de París. No quería decirle eso a Max, la quiero y todo pero… no puedo permitirme algo arriesgado como el contacto directo con los hombres. Ni siquiera tenía contacto cercano con mis familiares, desde pequeña si jugaba con mis primos debía mantener un metro de distancia, ¿Saben que significa? Sí, jugar a las escondidas y otras que no conllevará tacto, como la mancha.
—¡Flor de Loto! ¡Ya está listo el desayuno! —grito mí madre desde abajo. Sonreí y me incorpore camino a las escaleras.
Mi madre me apodó flor de loto, se que tenía algo que ver con una historia rara, de que aquella flor podía sobrevivir a cualquier tempestad, y seguir tan bella como lo era. Pensó que sería una buena idea llamarme así. Y siendo sincera, me gusta mucho.
Baje las escaleras y tropecé con un pequeño plato de plástico que reposaba clandestinamente en la entrada de la cocina. La mujer que se encontraban a espalda de mi tenía una extraña obsesión con los gatos callejeros. Solía llenar de alimento para gatos en distintos platos depositados en ciertos lugares de la casa. Por suerte ninguno era nuestro.
Gemí en silencio al recibir el doloroso impacto contra mis dedos, ¿Por qué no los pone en otro lado? Cojeando, logré sentarme en uno de los cubículos frente a la mesada, que habitaba en el medio de la cocina. El menú de esta mañana incluía; mermelada de durazno sobre los panqueques y una deliciosa taza de leche caliente. Que delicia.
Por otro lado, mi madre se reposó contra el mármol de la cocina y adoptó una postura de brazos cruzados, mientras que en su expresión se notaba una angustia leve. Eso no era bueno. ¿Max le habrá contado algo? Cómo madre lo entiendo, se preocupa por mi y mi futuro, al igual que todas las madres. Era algo normal, dicen que las madres velan por sus hijos.
—¿Qué tal la mañana? —Deslizo una tenue sonrisa.
—Bien. Pulsaciones normales y piel intacta—, levanté mi mano exponiendo mis bíceps, y un trozo de panqueque enrollado.
Me sentí aliviada al saber que no era lo que pensaba.
—Bien—. Vaciló—, necesito que le lleves el almuerzo a tu tío.
La frustración en su voz no fue freno para la sorpresa que me sobrevino, provocándome una repetitiva tos ahogada. Nunca supe que la leche podía alcanzar esos niveles en mi nariz, casi sentí que se me salía por los ojos. Arde.
—¿Estás bien?
Las palmadas repetitivas que me dio en la espalda ayudaron a des atragantarme serenando la tos. Estaba más que sorprendida, nunca me enviaba a hacer recados sola y casi siempre era ella la encargada de llevar el almuerzo a mi tío sin falta.«¿Que bicho le picó?».
Levante mí pulgar anunciando que dentro de lo normal, estaba bien.
—¿Por qué tan de repente? —Me raspó la voz. Aún seguía algo atragantada.
Inclusive el sabor dulce y desagradable había quedado pegado en mi garganta, revolviéndome el estómago, simulando la sensación de vomito aislado. Hasta el estómago se me revolvió, «que asco».
—Esta vez debo recoger algunas cosas en el orfanato. Sabes que, de no ser por otra razón no te enviaría.
Ella nunca, nunca me ha enviado a hacer recados sola. Y de ser así, llamaría a algún servicio de entrega.
—Mientes—. La acuse abiertamente.
—Después de dejarle el almuerzo a tu tío debes ir directo al hospital—, concluyó haciendo caso omiso a mi acusación, apartándose y dejando sobre la mesada una lonchera bastante llena.
Fruncí el ceño.
Aquella mujer se dedicó a ayudar a otros niños después de adoptarme, estaba decidida a llenar el vacío que conllevaba el no tener padre que te mimaran y consintieran. Remplazar la soledad por la felicidad.
Masculle.
—Max te lo dijo, ¿No es así? —Me limpie la boca con un repasador y la mire con indolencia.
—¿Max? ¿Qué podría haberme dicho Max?
Aún dándome la espalda, ocupada lavando los platos, podía sentir el aroma a pesadez y culpa. Me levanté y la abrace por la espalda afirmando mi mejilla sobre su espalda, hundiéndome en su calor y aroma a frutillas con caramelo, su esencia natural. A los niños del orfanato les encantaba tanto como a mí.
—Se que estás preocupada, pero debes entender que yo estoy bien.
La calidez de sus manos se deslizaron por el dorso de las mías.
—Lo sé. Solo que quiero que comiences a hacer tu vida. Salir y divertirte como las demás chicas de tu edad. Vivir sin tener que depender de mí, que tomes tus responsabilidades—, me observó de soslayo, sus ojos cristalinos estaban al borde de las lágrimas y su voz a punto de quebrarse—. Quiero que seas feliz—, se quebró.
«¿Por qué crees que no soy feliz?» Pensé. Guarde esa emoción de culpa y sonreí con astucia, como si eso fuera a arreglar la situación.
No quería inmiscuir más en el tema, porque sabía que todo esto iba a terminar en lágrimas extendidas y culpa innecesaria. Lo que menos quería era verla llorar como lo estaba haciendo en este momento, asique agregué;
—La empresa es bastante grande y no creo que me dejen pasar—, clave un mohín en mis labios provocándole una amplia sonrisa melancólica. La zamarree con diversión sacándole risas sollozantes.
Quería hacerla sonreír y que dejara atrás esa absurda preocupación, tenía que dejarle claro que estaba dispuesta, si así lo quería, aunque por dentro estuviera muerta de miedo por salir sola al exterior. Si tenía que salir, siempre lo hacia con ella o con Máxima. Ella tenía razón, ya era el momento de romper mi burbuja protectora y vivir mi vida, valerme por mi misma. No desperdiciare las clases de defensa personal que me dio Max. Tengo 20 años, ya es hora de que tomé mis decisiones con sería responsabilidad.
Maldición, a quien engaño. Tengo miedo.
—Oh, mamá. Ya no llores —se me llenaron los ojos de lágrimas al verla—. A ver, mírame—, la tome por los hombres para que quedara frente a mi—. Soy feliz ¿Ok? ¿Y sabes por qué soy feliz? —Mi madre era algo alta, seque sus lágrimas con los pulgares y sonreí—, porque estoy contigo, y no podría pedir una madre mejor. ¿Ok?Otro mohín se ancló en mis labios. Sabía que esto era tan duro para ella como para mí, todo hijo debe saber eso. Me abrazo con tanta fuerza que algo en mi interior crujió. Gemí.
—Ups, te rompí—, reímos y ablandó su agarre—. Se que encontraremos la cura. Ya lo verás.
Desde que la conozco ha estado buscando la cura para mí enfermedad, nunca había conocido a alguien tan persistente como ella. Gastó tanto en mi; dinero, tiempo y paciencia que con el tiempo empecé a verlas como una perdida profunda. Solo provocaban decepción en ella y que su cuerpo se achacara día tras días. Su cabello n***o tenía algunas canas y sus ojos arruguitas en las cuencas.
...
Me prepare para salir. Para mí comodidad me puse unos jeans azules y una blusa de color gris, por las dudas, debido a la brisa fresquita que corría, agregué una chaqueta de lana en color rosa claro. Y en los pies mis zapatillas favoritas, con un color holográfico. Me levanté el cabello en una coleta alta y me aplique algo de maquillaje para resaltar mis facciones delgadas.
Di un giro completo frente al espejo dándome un examen profundo a mi outfit. Todo correcto, todo perfecto. Me di una nalgada y solté un suspiro profundo. Mis ojos verdes con pizcas de marrón brillaban en el reflejo del espejo, ¿Miedo? ¿Nervios? Cualquiera de esos me estaban carcomiendo lentamente.
«Corazón de Cristal» el nombre que le pusieron a mi enfermedad, y aunque mi corazón esté en perfecto estado y no necesite de algún trasplante, fue bautizado así; Un corazón que no resiste a los hombres, en pocas palabras, su piel. Es como una alergia severa, pero al sexo masculino.
Mientras que algunos tienen alergias, clásicas. Yo no, mi cuerpo se quería destacar y eligió algo que nunca se ha visto.
«Y a mi que me encanan los hombre»
Suspiré profundo y me colgué la cartera en el hombro, apretando las cuerdas con ambas manos tratando de recordar las reglas de mamá;
1. Nunca uses el transporte público.
2. Evita las multitudes.
3. Nunca uses los ascensor..
—Ya me voy—, anuncie atravesando el pórtico, con bolsa en mano, sintiendo como la brisa chocaba contra mi frágil piel.
...
No sé cómo llegué ilesa, pero logré llegar a mi destino. Gracias al GPS. Mi respiración estaba agitada por la larga caminata y mi cuerpo había entrado en calor.
Frente a mi estaba el enorme edificio de ArtGlow. A simple vista podías descubrir que la ciudad y el edificio no contrastaban en nada con el estilo del lugar. La construcción imponente y espléndida era muy al siglo XXI, mientras que gran parte de París está estilizada en el siglo XIX.
Levanté la vista, admirando el enorme edificio con ventanas de cristal, desde el piso hasta la punta. Rodeado por otros edificios más pequeños.
No conocía mucho a cerca de la especialidad de la empresa, de lo único que estaba enterada era que aquí patrocinaban a grandes artista. En comparación conmigo, mi pasión por dibujar historietas se convertía en basura en comparado con lo que ellos hacían, yo era un sapo de otro pozo.
Sin poder evitarlo mis ojos se iluminaron frente al enorme edificio, por fin iba a entrar. Empuje la puerta como si estuviera hecha de diamantes.
El lugar era enorme y había un montos de carteles de arte colgados en las paredes. A medida que iba adentrándome en zona desconocida, sentía como el aroma a profesionalismo golpeaba mí nariz. Suspiré profundo y caminé hacia el mostrador, en el que había una chica blanca como la nieve, rubia, delgada y de ojos azules como el mar «que envidia». —Si señorita, ¿En qué la puedo ayudar? —su voz impostada le daba un gran carácter, y su expresión de profesionalismo me dejó desorientada.
—Ah, sí —había quedado en blanco—, vengo a traerle el desayuno a mí tío—, levante la bolsita con la lonchera.
—Nombre, por favor —me quedé pensando, ¿El mío o el de mí tío? Me señale dudosa—, el nombre de tu tío. Así sabremos en que piso está y a qué departamento pertenece.
—Es Víctor Blue —tecleó en la computadora tan rápido, que no pude ver sus dedos.
—Piso treinta. ¿Él baja o tu subirás? —Sin saber que decir me encogí de hombros, no tenía ni idea y tampoco tenía el número de mi tío para preguntar. La chica me lanzó una mirada penetrante que creí que me atravesaría, agradecí que el teléfono sonará en ese preciso instante—. Ok, señor. Eso haré—, despegó levemente el teléfono de su oído y me miro—, ¿Cuál es tu nombre? —sonrió amablemente.
—Soy Katy Blue —no entendía por qué me estaba preguntando—, ¿Sucede algo? —Mi falta de comprensión causó que levantará el dedo índice, modulada en sus labios la palabra «un minuto».
En lo que esperaba me examiné la construcción de arriba a abajo, las paredes blancas y altas con uno que otros barrotes de color dorado sobre la puerta, y las ventanas eran muy elegantes. Aunque se veía simple tenía mucha clase y el piso blanco y brillante, le daba una apariencia impecable;
—Ok, puedes subir. Me avisan que el Señor Blue no puede bajar, así que puede subir a llevarle el pedido. Piso treinta, escritorio veinte—. Escribió los números en una nota y me lo entrego, con una sonrisa—. Que tenga un lindo día.
Genial, ahora tenía que lidiar con un problema más grande, mi tío estaba en el pisos treinta, «Voy-a morir» gemí en mis pensamientos. No podía usar el ascensor. Finalmente me arme de valor y fuerza comenzando a subir las escaleras piso por piso.
Para cuándo llegué a el piso quince, ya me había colgado el buzo a la cintura y remangado los puños, «Hace calor». El sudor corría por mi frente y el calor me estaba matando.
Tuve que caminar por un largo pasillo que conectaba con las siguientes escaleras, donde seguía el pisos dieciséis, ¿Quien habia inventado estás escaleras?.
Mientras iba pasando por la zona de los ascensores, el sonido de un ¡Plin! fue como si de una llamada se tratara. Las puertas se abrieron dejando bajar a un hombre y una mujer, los cuales se perdieron dentro de una habitación con paredes trasparentes. Parecía la zona de finanzas pues, habían muchos gráficos por todos lados.
Me quedé unos segundos parada observando el ascensor, segundos que parecían minutos. De repente mi oscilación se vio interrumpida por un sujeto que pasó por al lado y se subió al ascensor. Era joven y vestía elegante. Estaba bastante concentrado en su celular, el cual tocaba como si estuviera hecho de goma.
—¿No va a subir? —me observo con desinterés y fijo la vista a su celular nuevamente.
Me mordí el labio dudosa recordando cada palabra de mama, amague a subirme pero, había algo frente a mí, como un muro que me detenía «la regla número tres; no subir a los ascensores». El hombre soltó un suspiro fatigado, sin levantar la vista. La presión repentina me hizo subí. Los segundos en los que me tarde en atravesar las puertas habían sido eternas para mí.
—¿Piso? —Espero con el dedo estante en las teclas.
—Piso treinta —de todos solo tocó el asignado, supongo que también iba al mismo piso.
Con una lentitud de muerte las puertas se cerraron y se puso en marcha. Para más precaución me alejé bastante de él. ¡No puedo creerlo, subí a un ascensor sola! Mi madre me mataría si se enterará de esto.El silencio entre los dos resultaba particular e irracionalmente tranquilo. Aún si por dentro me estaba muriendo de los nervios, resultaba indiferente para él.
Mis ojos dibagaron concentrando toda mi atención en el reflejo del hombre. Bonito perfil de rasgos a******o, con una nariz recta e envidiable para cualquiera. Tenía una extraña sensación en mi interior, como si estuviera en presencia de un ¿Tiburón? Daba esa impresión, por sus ojos atentos y expresión sería.
Al parecer presintió que lo estaba observando, ya que se detuvo de teclear y movió sus ojos observando por la cuenca. Rápidamente desvíe la mirada hacia el frente olvidándome de esa oscuridad penetrante en su mirada que se reflejo en el espejo, fuertemente.
El ascensor iba tan lento que el sudor se acumulaba sobre mis manos, y estoy segura que hasta podría lavarme la cara con ello. Lo único que quería era llegar. Deseaba que nadie estuviera esperando en alguno de los pisos, pero no, mi cuerpo se encrespo y tenso con brusquedad al notar que páramos en el piso veintitrés.
Percibí como me iba sumiendo en desesperación, aún sin inmutarse. La respiración comenzaba a ausentarse en mi interior y el sudor acrecentada con cada segundo. Entonces me paralice, una multitud de personas esperaban en aquel piso, en su mayoría hombres.
Intenté buscar una salida, sin embargo eran tantos que no podía siquiera avanzar, por lo que retrocedí tanto que lo único que me detuvo fue la pared.
¿Cuan grande sería la magnitud de dolor? Del uno al diez, será un diez.
Cerré los ojos y me abrace a mi misma en espera del dolor, tal vez cuándo comience a gritar se bajen. Porque ahora no tenía suficiente coraje para hacerlo, nada salía de mi garganta.
El dolor nunca rozo mi cuerpo, nada me estaba tocando. Al abrir los ojos lo comprendí todo, el mismo hombre y principal causante de que subiera al cuarto de la muerte, estaba reteniendo a la multitud con su espalda, mientras que sus antebrazos contra el metal se apoyaban en cada costado de mi cuerpo. Ni siquiera me tocaba, como si mi temor a ser aplastada fuera una de sus razones.
Elevé la vista hasta encontrarme con un par de ojos que brillaban como perlas por aquel inusual color n***o en sus iris. De cerca pude admirar mejor sus facciones, al costado del ojo derecho tenía una pequeña cicatriz casi como las que te deja el acné, pero no era eso. Sus cejas rectas y oscuras hacían juego con su cabello.
Había una canción de fondo —Umbrella de Rihanna—, pero me sentía tan perdida en su mirada, nunca había sido capas de admirar a un hombre de tan cerca. Hasta su perfume se impregnó en mi nariz acariciando suavemente mi espalda en un cosquilleo. Y por alguna razón el calor se apoderó de mis mejillas, y mi corazón de mis oídos, retumbando en mi cabeza.
Todo acabo cuando las personas bajaron, ni siquiera note cuando el ascensor se detuvo.
—¿Está bien? —Aparto sus manos y rompió la distancia. Volví a respirar, mi cuerpo se desvaneció torpemente y sus manos se ciñeron a mis caderas —no hubo dolor—. Cómo un rayo lo aparte.
—Estoy bien—, trate de recobrar la compostura. Mi corazón latía desbordando fuertes sonidos y golpes sobre mi pecho, nunca había sentido algo así.
—Supuse que le daba pánico las multitudes. Estaba temblando—, se apartó volviendo a su antiguo lugar.
—Gracias—, dije, fuera de mi. Me lleve la mano al pecho, ¿Que acababa de suceder? Tal vez la blusa sobre mis caderas refreno su piel, no hay otra explicación, a menos de que mi inútil corazón me haya dado una pequeña oportunidad. ¿Tal vez el shock?
Las puertas se abrieron nuevamente y él bajó pero, no sin antes hacer una pequeña reverencia. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió dentro de un cuarto con placa sobre la puerta, —Ceo—, afirmé los dedos al costado de la puerta y asome la cabeza. Será mejor si me bajo antes de que alguien decida usar el ascensor, y vuelva a cometer alguna estupidez.Busque a mi tío con la mirada hasta hallarlo a varios metros, en uno de los escritorios individuales —algunos con separadores—, que se espacian por todo el piso. Me apresuré a llegar a él dejando la lonchera con fuerza sobre el escritorio. Se sobresalto gravemente y me observo.
—¿Katy? ¿Qué tú madre se olvidó de que ya no era necesario traerme el almuerzo? —se levantó del asiento, ensanchando sus ojos, preocupado.
—¿De verdad? —Solté fastidiada. ¿Tanto trabajo por nada? Pase todo eso ¿Por nada? Me mordí el labio inferior conteniendo mi humor.
—Esto es peligroso para ti.
Ya es tarde.
—Ni me lo diga. Lo sé, acabo de pasar por… —refrene mi lengua y baje mi pulgar con el que señalaba detrás de mi.
—¿Subiste por el ascensor? —Se puso de pies nervioso.
—No, tome las escaleras—. Me abanique con la mano libre.
—Bien—, se llevó una mano al pecho y suspiro aliviado. Su celular sonó repentinamente tensándolo al instante de ver la pantalla—. Déjame llevarle unos archivos a mi jefe y te acompaño a bajar. Espérame aquí.
Hice un “Ok” con los dedos y sonreí. Se perdió dentro de la misma habitación a la que entró ese sujeto, ¿Será el jefe? Desde el lugar observé mi alrededor. De fondo se oía como tecleaban en los computadores y en el aire había un aroma a hojas nuevas y café.
Mi tío se estaba tardando lo que me puso algo nerviosa, algunos empleados me observaban de a momentos con sospecha.
—Apúrate tío—, murmuré para mí dando pequeños saltitos sin despegar los talones del suelo.
¿Me gustaría trabajar así algún día? Mis pensamientos se vieron interrumpidos al sentir dos presencias a mis espaldas. Voltee lentamente topándome con dos montañas, dos hombres fornidos y altos. Trague saliva sintiéndome pequeña ante ellos.
—Señorita, ¿Tiene permiso para estar aquí? —emano el de cabello castaño y fuerte semblante.
—Sí —dije temblorosa.
—¿Me muestra su identificación? —Extendió una de sus mano que a comparación de una persona normal, parecían las de un gorila.
—No tengo, la chica de la entrada me dejó pasar.
—Lo siento señorita, pero sin una identificación no tiene permiso de estar aquí. Por favor acompáñenos—. Se pusieron en paralelo y me señaló el camino con la mano.
—Estoy esperando a mí tío —fue lo único en lo que pensé, estaba deseosa de que llegara pero, eso no iba a suceder.
—Lo siento, pero debe retirarse.
Me sujeto el antebrazo con delicadeza y el dolor fue automático, me aparte bruscamente, por reflejo. Ardía como si no hubiera un mañana, me abrace a mi misma tratando de contener las ganas de gritar que me sobrevinieron.
—No me toque—, gemí afectada.
—Lo siento, pero debe salir—, insistió.
—Al menos déjenme avisarle a mi tio.
—Lo siento, pero no correspondemos con tal autoridad. Salga.
—Por favor.
—No lo haga difícil.
Al ver que no iba a moverme, ambos me tomaron por los brazos y me halaron hacia el ascensor. No sabía que podía ser capas de sentir tanto dolor, solté un grito ahogado y las lágrimas se inyectaron en mis ojos.
—¡No! ¡Suel..! —Las palabras desgarraron mi garganta—. ¡Suéltenme! —No podía decir lo que realmente quería, «me lastiman, me duele» el dolor había cegado mis pensamientos.
No me soltaron hasta ver mis brazos rasgarse con tal magnitud que subió hasta mi cuello y se incendió en un rojo intenso, grietas que comenzaban a sangrar.
—¡Suéltenla! —la voz de mi tío.
Mi cuerpo cedió al piso dejando detrás un sonido seco y duro. Sin fuerzas, jadeando y convulsionando.
—¿Qué sucede? Señorita—, las voces de los guardias fue lejana.
Vi la silueta de mi tío caer frente a mi de rodillas, todo se estaba tornando oscuro y frío. A penas y podía oír lo que mi tío gritaba.
¿Estás bien?
¿Qué hago?
¿Resiste?
¡No la toquen!
Veía que intentaba alejar a quienes se acercaban para ayudar. Los párpados se me deslizaban lentamente como cortinas ocultando las figuras.
—¡Llamen a una ambulancia! —Me hundí en un silencio en dónde solo podía escuchar a mi corazón y respiración—. Rápido—, sollozó.
Todo era un eco que apenas podía descifrar. El dolor se había perdido en algún momento, pero me sentía cansada y mi conciencia se iba perdiendo a cada segundo.
—¡No! Nadie llamará a nadie—. Una voz familiar se arrastro en mi cabeza; áspera y gutural. Y dejé de escuchar.
Algo me levanto del suelo, era cálido y el aroma de ese hombre volvió a mí, era él quien me estaba cargando sobre sus brazos. Fue lo último que sentí antes de desmayarme.