Mi mente, que operaba siempre con la precisión calculadora de un Alfa de treinta años, estaba hecha trizas. Sentía la furia arder en mi pecho, no la rabia controlada que usaba en las disputas territoriales, sino un rugido primitivo que destrozaba mi autocontrol.
Mate.
La palabra resonaba en mi cabeza, un eco burlón. La Madre Luna no solo había esperado tres décadas para unirme a mi otra mitad, sino que había elegido el momento más humillante para hacerlo. Delante de mí, temblando bajo el peso de mi mirada, estaba el objeto de mi instinto más sagrado: una Omega desterrada. Una que apenas podía mantenerse en pie.
—¡Muévete! —gruñí, el sonido rasposo por el esfuerzo de reprimir a mi lobo, que aullaba un torrente de desesperación y protectora necesidad. Agarré su brazo de nuevo, forzándola a caminar. No me atreví a transformarme; mi lobo solo querría lamer sus heridas y arrastrarla a un nido, y eso era inaceptable.
La tosquedad de mi agarre era intencional. Necesitaba que sintiera mi desprecio, que supiera que este vínculo no era bienvenido. Un Alfa no acepta debilidad, y mi futura Luna debía ser una extensión de mi propia fuerza. Ella era todo lo contrario. Era una mancha en el orgullo de Luna Ancestral.
Mientras la obligaba a seguirme a través del denso bosque, noté que a pesar de su fragilidad, no se quejó ni una sola vez. Sus ojos seguían fijos en mi espalda, pero no había súplica, solo una hostilidad silenciosa. Eso me irritó. Preferiría que gimiera, que mostrara la sumisión propia de su rango. Su desafío mudo era una burla a mi autoridad.
“Es tu Mate. Está herida,” siseó mi lobo, con una necesidad posesiva.
“Es una Omega. Y desterrada. No es digna,” le espeté a mi animal interior.
Mi manada. Mi manada, que respetaba la jerarquía como a la vida misma, ¿aceptaría que mi Luna fuese una paria? Lo sabía. Lo harían por el vínculo, pero me verían como un Alfa debilitado, forzado a aceptar una pareja de segunda. Esto era un golpe político. Y yo no permitía golpes.
La llevé por el camino más directo, el olor de mi campamento haciéndose más fuerte. Necesitaba imponer orden antes de que mis segundos al mando me vieran con esta… ofensa.
—Escúchame bien, Rose —la detuve, soltándola solo para girarla y obligarla a mirarme. Sus ojos, grandes y asustados, eran de un color indefinido que, lo odié, me recordaba al caramelo quemado, cálidos y destrozados a la vez.
—Madeline —corrigió con una voz sorprendentemente firme.
Una chispa de fuego. Interesante. Pero rápidamente la apagué.
—Me da igual tu nombre, Omega. Desde este momento, tú me perteneces. No tienes voz ni voto en la Manada Luna Ancestral. No tienes estatus de Luna. —Dije con cada sílaba marcada como un decreto. —Tu existencia aquí es un asunto de biología, no de honor. No vas a hablar con nadie de tu estatus. Eres una exiliada y serás tratada como tal, a menos que yo decida lo contrario.
La humillación la golpeó. Vi cómo sus ojos se apagaban un poco más, y mi lobo se revolvió con desagrado. Pero mi lógica Alfa prevaleció. Tenía que ser claro. Necesitaba una pared de hielo entre nosotros para sobrevivir a esta ridícula unión.
—¿Lo entiendes? —Mi voz no permitía réplica.
—Sí —su respuesta fue un soplo, pero firme.
Continuamos la marcha en silencio. Al llegar al claro principal, la actividad se detuvo. Mi manada olía el aroma del Vínculo, pero también el aroma desconocido y débil de una loba de bajo rango. El respeto y la confusión se mezclaron en los rostros de mis lobos.
Mi Beta, Damien, un hombre alto y leal, se acercó, con el ceño fruncido ante la vista de la Omega maltrecha a mi lado.
—Alfa Xavier, ¿quién es…?
—Ella es Madeline —dije, usando su nombre solo para marcar la propiedad, no el afecto. La presión de la manada sobre mí era intensa; todos esperaban la palabra: Mate.
Inhalé profundamente, notando el dulce pero irritante aroma de su piel. El vínculo me estaba matando, exigiéndome un trato suave. Lo ignoré.
—Ella es mi Mate. —La palabra salió con una aspereza que la hizo sonar a condena. —Ha sido desterrada de la Manada Juvik. Está aquí bajo mis órdenes. Es una invitada temporal con derecho de refugio. No tiene estatus político. —Miré a todos mis lobos, mi voz alta y autoritaria. —Nadie la toca, nadie le falta el respeto, pero tampoco nadie la honra. Se le asignará el antiguo cuarto de la lavandería en el ala de servicio. ¿Entendido?
La manada, confundida pero obediente, asintió al unísono.
Mis ojos volvieron a Madeline.
—Bienvenida a tu nuevo infierno, Omega.
La empujé suavemente hacia un joven Gamma para que la escoltara. Mientras ella se alejaba, sentí el vacío donde debería haber estado mi pareja. Cerré la mano con fuerza, apretando la necesidad de llamarla de vuelta.
Mi Luna era una Omega rota, y el único destino que veía para ella, y para mí, era el desprecio mutuo.