Ese mismo viernes de agosto, David regresó a su cabaña más cansado de lo habitual. Ese día había trabajado hasta la extenuación: enriqueció el terreno de una de las propiedades para iniciar pronto con las cosechas y se reunió con representantes del gobierno local para acordar diversos temas legales. Quería darse un largo baño con agua caliente y meterse bajo las sabanas para dormir durante horas. Sin embargo, al ver detenido frente a su casa el auto de su familia, masculló varias maldiciones antes de salir resignado de su vehículo. —Efraín Contreras —saludó al moreno que se hallaba recostado de la carrocería del auto visitante y mantenía una mano guardada dentro de su grueso abrigo, los hombros encogidos y un cigarrillo a medio consumir en su otra mano—. ¿Tienes frío? —Joven David —

