La noche en la Colonia Tovar se había vuelto melancólica y oscura. No se divisaba la luna y muy pocas estrellas se asomaban con timidez entre las nubes. No llovía, solo un viento frío golpeaba los cristales de las ventanas y mecía los altos árboles en una suave danza que atrapaba la atención de Jimena. No sabía cuánto tiempo había pasado junto a la ventana, con la mirada fija en el oscuro paisaje. Se alejó cuando comenzaron a dolerle las piernas por haber estado tanto tiempo parada. Caminó por el hogar. Se sentía agotada, llevaba horas sumergida en sus pensamientos. Analizaba y evaluaba posibilidades, e indagaba maneras de recuperar la propiedad que le había dejado su madre sin tener que aceptar la absurda propuesta de Tomás Reyes. Al llegar a la sala, halló entreabierta la puerta d

