Alexei apretó la mandíbula cuando sintió que algo no cuadraba al entrar en su casa. La quietud era irreal, cargada de una tensión eléctrica que le recorría la piel. Había cerrado bien la puerta esa mañana, lo sabía, y sin embargo, el leve desplazamiento de una silla en el comedor no estaba en su memoria visual. Una leve brisa movió las cortinas, pero ninguna ventana estaba abierta.
Deslizó la mano hacia su pistola, firme contra su costado, y avanzó con pasos silenciosos. La vista periférica captó una figura que emergía de las sombras. Un destello de acero le advirtió justo a tiempo: un cuchillo cruzaba el aire hacia él. Se agachó por instinto, sintiendo el filo pasar rozándole la oreja.
—¡Mierda! —gruñó Alexei mientras rodaba hacia un lado y sacaba su arma.
Nina Baranova, implacable y fiera, se lanzó hacia él con una agilidad felina. Sus ojos azules eran dos pozos helados, cargados de determinación. Alexei disparó al aire, no para herirla, sino para frenarla.
—¡Detente! —gritó.
Ella no se detuvo. Con una rapidez que desafiaba la lógica, pateó su mano, haciendo que el arma cayera al suelo. Alexei contraatacó, bloqueando su siguiente movimiento y lanzándola contra la pared. Pero Nina no era alguien que se rindiera fácilmente. Le propinó un codazo en las costillas que le cortó la respiración.
—¿Siempre recibes así a las visitas? —bufó ella, con una sonrisa desafiante.
Alexei la inmovilizó finalmente, sujetándola contra la pared con una fuerza que dejó claro que no había espacio para juegos.
—Podría dispararte ahora mismo —le advirtió Alexei con la respiración aún acelerada, su voz ronca cargada de peligro.
—¿Y por qué no lo haces? —Nina sonrió con desafío, sus ojos brillando como si estuviera disfrutando del enfrentamiento.
—Porque necesito hacerte algunas preguntas —respondió Alexei mientras ajustaba su agarre en ella.
—No estoy para preguntas —replicó ella con frialdad.
Sin previo aviso, Nina se lanzó hacia él con un cabezazo dandole justo en la nariz produciendo que Alexei la soltara y retrocediera, pero el dolor en sus costillas le hizo perder agilidad. Nina aprovechó esa debilidad y lo empujó contra la pared. Su cuerpo ágil se movía con precisión letal, cada movimiento diseñado para mantenerlo a la defensiva.
Alexei logró sujetarla por la muñeca y girarla contra su pecho, inmovilizándola momentáneamente. —¿Te gustó el espectáculo del otro día en el bar? —preguntó con una sonrisa burlona, recordándole el momento en que él había estado con otra mujer.
Nina resopló, claramente irritada. —¿Eso es lo mejor que tienes? —respondió mientras se liberaba con una patada a su costado, haciéndolo tambalear.
Él gruñó —No, pero no me respondiste, asi que algun efecto debe tener — Volvió a abalanzarse sobre ella, y durante unos segundos se encontraron en una posición comprometedora: sus cuerpos presionados uno contra el otro, respirando pesadamente. El calor de la tensión era palpable.
—Admito que eres buena —murmuró él cerca de su oído, con una mezcla de admiración y provocación.
—Y tú lento —contraatacó ella con una sonrisa afilada.
Antes de que pudiera responder, el crujido de una rama bajo una bota los congeló. Ambos se separaron de inmediato, sus sentidos en alerta máxima. Sus miradas se encontraron, entendiendo sin palabras que el ruido no provenía de ninguno de ellos.
Alexei levantó una mano y, con movimientos precisos, señaló sus propios ojos y luego apuntó hacia la puerta, indicando que debían estar atentos porque alguien entraría por allí. Nina arqueó una ceja, dudando por un breve instante, pero finalmente asintió con determinación. Ambos se posicionaron junto a la entrada, tensos, esperando el momento exacto para interceptar al intruso y acabar con él.
La puerta se abrió lentamente, revelando la figura de un hombre que avanzaba con pasos cautelosos. Alexei y Nina se mantuvieron en absoluto silencio, inmóviles en las sombras mientras el intruso inspeccionaba el espacio aparentemente vacío. Tras unos instantes, el hombre pareció convencido de que no había peligro y se dispuso a registrar otra habitación.
Fue entonces cuando Alexei captó un destello en el brazo del individuo: un tatuaje inconfundible de la Bratva Krestov. La ira y la alerta se encendieron en su mente. Con un leve movimiento de cabeza, le indicó a Nina el descubrimiento. Ella, tras una mirada fría y calculadora, le comunicó con una seña inequívoca que debían eliminarlo.
Sin pronunciar una sola palabra, sus cuerpos se movieron en perfecta sincronía. Alexei fue el primero en actuar, avanzando con la velocidad de un depredador. Desarmó al hombre con un giro veloz, arrancando el arma de su mano.
Nina no se quedó atrás. Su cuchillo voló con una precisión mortal, clavándose en la pierna del atacante y tambaleándose. Aprovechando el momento, Alexei no perdió tiempo. Sujetó al hombre con fuerza y, en un movimiento letal y preciso, le rompió el cuello. El cuerpo se desplomó al suelo con un golpe seco, inmóvil.
—¿Te estaban siguiendo? —preguntó Alexei, todavía en guardia.
—No. Si fuera así, lo sabría —respondió Nina con firmeza.
Un repentino sonido electrónico rompió la tensión. Ambos dirigieron la mirada al cuerpo del mafioso. Un teléfono vibraba en uno de sus bolsillos.
Alexei y Nina se miraron, evaluando la situación en silencio. Antes de que ella pudiera detenerlo, Alexei sacó el dispositivo. El riesgo de responder era alto, pero la oportunidad de obtener información lo era aún más.
-¿Si? —contestó con voz neutra, controlando cualquier atisbo de duda.
La voz al otro lado sonaba ligeramente nerviosa.
¿Где ты? Кошка может появиться в любой момент, тебе нужно быть здесь. (¿Dónde estás? Koshka puede aparecer en cualquier momento, tienes que estar aquí).
Koshka. El nombre en clave detonó en su mente, arrastrándolo sin piedad a un recuerdo que quemaba como pólvora encendida.
La habitación a oscuras, sofocada por el calor de cuerpos enredados. Su respiración pesada se mezclaba con los gemidos de ambos, el aire cargado con el aroma punzante de piel y deseo.
Ella estaba sobre él, montándoselo con una destreza descarada, sus caderas marcando un ritmo que lo tenía al borde del abismo. Alexei hundía las manos en su cintura, guiándose sin tregua, mientras cada embestida arrancaba jadeos y gruñidos feroces.
De repente, ella se detuvo, su pecho subiendo y bajando agitado mientras lo miraba con ojos oscuros y brillantes.
Se inclinó hacia su oído, sus labios apenas rozando la piel sensible:
—Si algún día se te ocurre traicionarme, toda la Bratva Krestov estará tras de ti. Así que mejor ten cuidado, Alexei.
La amenaza era afilada, pero el fuego en su mirada no se apagó. Antes de que pudiera procesarla, ella empezó a moverse de nuevo, lenta pero implacable, dejando a Alexei sin espacio para pensar en nada más que el placer abrasador que lo consumía.
Sus gemidos se mezclaban con los de ella, sus cuerpos entrelazados en un frenesí que los llevaba al límite. Las manos de Alexei se aferraron con más fuerza a sus caderas, marcando el ritmo mientras la tensión en su abdomen crecía sin control.
Cuando el clímax se avecinaba, ella arqueó la espalda y soltó entre gemidos:
—Eres mío… no lo olvides.
Se inclinó para devorarle los labios en un beso feroz mientras sus cuerpos explotaban al unísono. Alexei gimió su nombre, áspero y sincero:
—Rachel…
Sus movimientos se hicieron cada vez más lentos, aún unidos mientras el placer los atravesaba con violencia. La respiración de ambos quedó suspendida en el aire, entrecortada y cargada de intensidad, hasta que finalmente quedaron quietos, envueltos en el calor del recuerdo y el peso de lo que había sido.
El recuerdo explotó y se desvaneció de golpe, dejando a Alexei con el cuerpo tenso y el corazón desbocado.
—Иду. (Voy ahora). —respondió con voz áspera, cortando la llamada antes de que quisieran hacerle más preguntas.
—¿Estás bien? —preguntó Nina, con el ceño fruncido al notar su expresión—. ¿Qué te dijeron?
Alexei parpadeó, intentando dejar atrás el eco ardiente de ese momento.
—Por ahora está todo bajo control —dijo Alexei, aunque su tono reflejaba precaución—. Pero se van a dar cuenta de que su amigo no va a llegar, y lo van a salir a buscar.
—¿No notaron que no era su contacto? —preguntó ella con incredulidad.
—Estaban nerviosos. Algo pasa dentro de la mafia —respondió Alexei mientras desarmaba el teléfono, sacándole la batería. Lo tiraría más tarde, lejos de allí.
Se tomó un breve momento para analizar la situación. El mafioso parecía no haberlo seguido a él; no había levantado sospechas hasta el momento. ¿Pero niña? Si se suponía que trabajaba para ellos, ¿por qué enviaron a alguien tras ella?
Era evidente que estaba investigando la zona. Eso significaba que no había llegado a pie. Conocía bien el pueblo; no había signos de actividad mafiosa allí, así que debía venir de más lejos. Lo más probable es que la estuviera siguiendo a ella.
Cada vez surgían más preguntas, y el tiempo para responderlas se acortaba peligrosamente.
—Necesitamos movernos —dijo Alexei con firmeza—. Si hay algo más por aquí, lo encontraremos. Y tal vez, algunas respuestas también.
Observó a Nina con una mezcla de recelo y pragmatismo. La situación exigía decisiones rápidas, pero también le recordaba que estaban lejos de confiar el uno en el otro.
—Si vamos a trabajar juntos, necesitamos establecer algunas reglas —dijo con el tono cortante de un agente acostumbrado a dar órdenes—. Pero que quede claro: no confio en ti.
Nina arqueó una ceja, cruzándose de brazos.
—Eso me ahorra el esfuerzo de fingir que me importaba ganarme tu confianza —respondió, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Pero tienes razón. Por ahora tenemos un enemigo común. Supongo que eso es suficiente para no matarte... por el momento.
—Vaya generosidad —replicó Alexei con sarcasmo—. Vamos a hacer esto simple: nos guste o no, tendremos que mantenernos juntos. No podemos darnos el lujo de ir por nuestra cuenta, al menos no hasta que sepamos bien qué está pasando. Te quedarás en mi casa por lo menos una semana, hasta que las cosas se acomoden y tengamos que movernos. No toques mis cosas; Yo no tocaré las tuyas. Dormimos por turnos, y si me despierto con tu arma apuntándome, te aseguro que no tendrás oportunidad de disparar.
—Lo mismo va para ti, Alexei —la advertencia de Nina fue firme. Tomó un momento antes de volver a hablar—. Hay huellas que vienen del norte — dice señalando para que alexei vea — Nos conviene seguirlas para ver si encontramos algún rastro de un auto. Dudo mucho que, con este frío, haya caminado tanto.
Alexei frunció el ceño, sin apartar la mirada de Nina.
—Nos conviene seguirlo a ver hacia donde nos lleva. —Su voz era directa—. Pero antes de revisar la zona, hay una sola pregunta que necesito hacerte: ¿Estás implicada con la mafia?
Nina lo miró con seriedad.
—No. Alguien me tendió una trampa, y estoy atrapada en este lío.
Sin más palabras, ambos se dirigieron al norte, siguiendo las pisadas del mafioso. A pocos metros encontraron un auto estacionado muy cerca de la carretera, con las luces encendidas y la puerta del conductor abierta.
—Parece que bajó para ir al baño —dedujo Alexei, observando el entorno—. Tal vez te vio por las afueras y te siguió, o ya venía vigilando la casa desde hace rato.
—Conviene esperar un poco para asegurarnos de que no vino con algún acompañante —advirtió Nina.
—Si ese fuera el caso, ya habrían notado que yo no estoy —respondió Alexei con firmeza.
Se acercaron y revisaron el auto. Nina inspeccionaba la parte trasera mientras Alexei revisaba el lado del conductor.
—Encontré algo —dijo Nina, llamando su atención.
Era una nota. "A las 21:00 en el lago Baikal. Terminamos la compra. Entrega dentro de tres días."
—Ya tenemos una pista —afirmó Alexei, tomando el papel entre los dedos mientras sus ojos evaluaban cada palabra escrita.
Nina no perdió tiempo y comenzó a inspeccionar el auto con meticulosidad. Sus manos recorrieron el chasis y cada rincón del interior, buscando rastreadores o cualquier otro dispositivo sospechoso. Finalmente, se incorporó, secándose las manos en los pantalones.
—Está limpio —dijo con voz firme.
Alexei, mientras tanto, revisaba el GPS. La pantalla mostraba una ubicación registrada hacía al menos dos horas, mucho más lejos en las afueras de la ciudad. Sus cejas se fruncieron en una línea tensa.
—El GPS no sirve. No tiene información precisa; no nos va a dar ninguna pista útil.
Nina soltó un suspiro cargado de tensión.
—Mira, no me caes bien y sé que la sensación es mutua —declaró sin rodeos, su mirada clavada en él—. Pero si vamos a sobrevivir, necesitamos hacer una tregua. Nos gusta o no, estamos metidos en esto juntos.
Alexei la observa por un largo instante, evaluando cada línea de su expresión. Finalmente, exhaló lentamente, como si se resignara a una verdad inevitable.
—Tregua, entonces. —Extendió la mano, firme—. Pero una advertencia: traicióname y lo lamentarás.
Nina apretó los labios, su mirada endurecida, pero ayudó el presionado.
—Ya tendremos tiempo para saldar nuestras deudas —añadió Alexei, liberando su mano—. Por ahora, tenemos un problema mayor: deshacernos de la evidencia. Voy a acercar el auto a la casa, y tú ve por el cuerpo.
Nina arqueó una ceja, incrédula.
—Sigues pensando que puedo huir?
—Nunca subestimo las posibilidades —respondió Alexei con frialdad—. Si te escapas, te voy a encontrar. Pero creo que ni tú eres tan imprudente como para intentarlo ahora.
La mandíbula de Nina se tensó, pero acabó asintiendo. Se separaron para llevar a cabo sus respectivas tareas.
Cuando Alexei regresó con el auto, Nina ya tenía el cuerpo fuera de la casa, tendido sobre el suelo. Su respiración era pesada, pero su rostro permanecía impasible.
Él cayó del vehículo y se acercó.
—Nos conviene quemar el cuerpo. Es algo arriesgado por la zona, pero es la solución más rápida para no dejar evidencia. Luego lanzamos el auto al lago.
Nina lo miró como si hubiera propuesto algo absurdo.
— ¿Eres realmente un agente profesional? ¿Esa fue tu mejor idea? —ironizó, cruzándose de brazos—. ¿Qué sigue? ¿Dejar una nota con nuestros nombres para que nos encuentren?
Alexei soltó una risa seca y se encogió de hombros con suficiencia.
—Fui el mejor de mi clase, ya sabes. Situaciones complicadas, soluciones rápidas... Soy tu mejor opción para salir viva de esto.
—Claro —dijo ella, con una sonrisa mordaz—. Teoría impecable, pero en la práctica te falta bastante.
Alexei alzó una ceja, divertido pero picado.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es tu brillante idea, oh experta del caos?
—Enterrar el cuerpo. Tardaremos más, pero es menos vistoso. Y el auto lo podemos dejar en el bosque de Zverin, a unos diez kilómetros por la Ruta 8, pasando el pueblo. Es discreto y apartado.
—¿No está demasiado cerca del pueblo? —cuestionó Alexei, cruzando los brazos—. Si alguien pasa por ahí, podrían encontrarlo.
—No tenemos forma de volver rápido —señaló ella con paciencia forzada—. Y aunque no es la opción ideal, nos dará tiempo suficiente.
Alexei resopló.
—Tiempo para qué? ¿Para que informes a tus amigos de la mafia rusa como buena doble agente?
Nina tensó la mandíbula y durante un segundo pareció a punto de responderle. Pero en lugar de eso, lo dejó pasar, soltando el aire con fuerza.
— ¿Y tú para dar otra clase magistral teórica sin ensuciarte las manos? —replicó con una sonrisa tensa, desviando el tema.
La tensión entre ellos seguía latente, pero el desafío mutuo parecía animarlos tanto como exasperarlos.
—Está bien —concedió Alexei finalmente—. Pero cavar una tumba no es tarea rápida.
—Nunca dije que esto sería fácil —remató Nina, mientras sus ojos brillaban con determinación.
La tierra estaba dura, compactada por el frío invernal, y cada golpe de pala hacía vibrar las muñecas de Alexei. El aire helado se colaba por el cuello de su abrigo, mordiendo su piel. Alrededor de ellos, el bosque de Zverin se extendía como una inmensa catedral de sombras. Las ramas desnudas de los árboles se entrelazaban sobre sus cabezas, dejando filtrar apenas un débil resplandor de luna. La nieve crujía bajo sus botas, formando un manto irregular y resbaladizo.
Nina gruñó mientras clavaba la pala en el suelo con fuerza.
—Más vale que te apures, Volkov, o se me van a congelar las manos.
—No soy yo el que se queja —replicó Alexei, apartándose un mechón húmedo de la frente—. ¿Esto también lo enseñan en la academia?
—No exactamente. Lo aprendes sobre la marcha.
—Típico —murmuró él, hundiendo la pala con otro golpe seco—. ¿Cuánto tiempo llevas escondida en este pueblo?
—Demasiado —respondió ella sin mirarlo—. Pero era un buen lugar para desaparecer... hasta que apareciste tú.
—Siempre me echan la culpa de todo.
Nina bufó.
—En la mafia rusa tu nombre surgia de vez en cuandS, ¿sabes?
—¿Ah, sí? ¿Qué decías?
—Depende del día. A veces era un problema, otras un fantasma. Pero siempre peligroso.
Alexei dejó de cavar por un segundo, sus ojos volviéndose oscuros bajo la tenue luz.
—Maté a bastante gente mientras trabajaba como agente. Más de la que quisiera recordar.
Ella se detuvo y lo miró con seriedad.
—¿Siempre fuiste agente?
-No. Antes de eso, estaba metido en algo peor. Pero perdí la memoria hace diez años. Cuando desperté, no recordaba nada.
Nina enarcó una ceja.
—Conveniente.
—No exactamente. Los médicos dijeron que fue el trauma.
—Entonces no eres muy confiable. Si algún día recuerdas todo, podrías traicionarme.
Alexei sonrió con frialdad.
—Eso no va a pasar. La misma mafia que dice conocer fue la que me dejó medio muerto. No tengo ninguna deuda pendiente con ellos, solo preguntas sin respuesta.
El viento helado aulló entre los árboles, levantando remolinos de nieve. Finalmente, el agujero era lo suficientemente profundo. Ambos trabajaron en silencio para enterrar el cuerpo, apisonando la tierra congelada.
Nina miró el montículo improvisado con un suspiro.
—Bien, vámonos al bosque de Zverin.
—¿No es demasiado cerca del pueblo?
—No es lo mejor, pero no tenemos forma de volver rápido. Nos dará tiempo.
Subieron al auto, y Nina tomó el volante mientras le daba indicaciones.
—Toma la Ruta 8. Después del pueblo, dobla hacia el viejo camino forestal.
El bosque de Zverin se extendía como una mancha interminable de oscuridad, apenas salpicada por el brillo plateado de la nieve que cubría el suelo. Árboles altos y nudosos se alzaban como centinelas, sus ramas formando un dosel espeso que apenas dejaba pasar la luz de la luna. El aire estaba cargado de humedad y el aroma terroso del invierno.
— ¿Seguro que nadie viene por aquí? —preguntó Alexei, escudriñando el entorno.
—Es un camino olvidado. Perfecto para dejar cosas indeseables.
Cuando se adentraron lo suficiente, apagan las luces del auto y lo ocultan entre los árboles.
—Espera —advirtió Alexei, alzando la mano—. Hay alguien en la ruta.
Un auto pasó lentamente por el camino principal, sus faros rasgando la oscuridad. Ambos se quedaron inmóviles, tensos.
—¿Crees que son de la mafia? —preguntó Nina en voz baja.
—Podría ser. Mejor recalculamos.
—Dejémoslo aquí, es bastante oculto —sugirió ella—. Si vuelves, no lo encontrarás fácil.
—De acuerdo —aceptó Alexei, aunque su mirada seguía fija en el camino.
Mientras regresaban por el sendero hacia el pueblo, el frío se colaba por cada g****a de sus abrigos, haciendo que sus movimientos fueran rígidos.
— Deberíamos ir al bar de la esquina —propuso Alexei de repente.
Nina arqueó una ceja.
—¿Al bar donde te vi coqueteando con esa chica?
Él sonrió con suficiencia.
—Terreno neutral. Además, podemos esperar ahí un par de horas por si alguien viene a buscar al mafioso.
—Terreno neutral o excusa para coquetear de nuevo?
— ¿Te molesta? —replicó él, sin perder la sonrisa.
—Ni un poco. Solo que esta vez no tendrás tanta suerte.
La chispa en su conversación era innegable mientras avanzaban hacia el pueblo. La tensión del peligro seguía latente, pero algo comenzaba a cambiar entre ellos, como el frío que lentamente daba paso a una brasa encendida bajo la superficie.
Mila los recibió en la entrada con una sonrisa y sus ojos claros brillando, pero esa expresión relajada se tensó por un segundo al ver a Alexei acompañada. La conocía bien; cualquier mínimo cambio en su rostro era un libro abierto para él.
—Qué sorpresa verte por aquí —dijo Mila con un tono suave—. Y veo que no vienes solo esta vez.
—Una noche diferente —respondió Alexei con calma, esquivando el subtexto evidente en su comentario.
Nina se mantuvo callada, pero su mirada meticulosa recorrió el lugar con una precisión digna de su entrenamiento. Calculaba cada salida, la ubicación de las personas y las posibles amenazas. Era evidente que no podía evitarlo, incluso si pretendía parecer despreocupada.
— ¿Qué les traigo? —preguntó Mila, sin apartar del todo su atención de Alexei.
—Una picada caliente y dos cervezas bien frías —pidió él.
—Claro, ahora vuelvo —dijo ella, lanzando una mirada que dejaba entrever recuerdos compartidos.
Mientras esperaban, Alexei no pudo evitar notar cómo Nina se mantenía alerta, casi como si estuviera en un campo de batalla en lugar de un bar.
—Relájate —dijo él suavemente—. Aquí estamos seguros.
—Tú crees? —replicó Nina con una mueca escéptica—. Siempre hay algo.
Mila regresó con la comida: salchichas doradas, pequeños trozos de carne caliente y panes crujientes acompañados de salsas. Las cervezas estaban frías, creando un contraste tentador con la comida.
—Gracias, Mila —dijo Alexei con un asentimiento.
Ella le guiñó un ojo.
—Disfruta, Alexei.
Cuando Mila se alejó, Nina levantó una ceja.
—¿La conoces bien?
—Algo así —respondió él evasivamente, tomando un sorbo de cerveza.
Mientras comían, Alexei decidió ir directo al punto.
—Si vamos a salir de este lío, necesitamos confiar el uno en el otro. ¿Qué pasó realmente, Nina? ¿Por qué te buscan tanto los agentes como la mafia?
Nina pareció considerar su respuesta con cautela.
—Descubrí algo que no debía —dijo finalmente—. Hay agentes que trabajan para la mafia. Alertaron a la Bratva Krestov sobre nuestras investigaciones y me mandaron a matar. Escapé, pero ahora todos creen que soy una traidora.
Alexei asintió, procesando la información.
—¿Y Ivan Sokolov? El informe dice que está muerto.
—Lo está —confirmó Nina, su voz firme—. Era un infiltrado de la mafia. Iba a matarme, así que lo hice primero.
La franqueza de su respuesta dejó a Alexei sorprendido, pero también impresionado.
—¿No tienes pruebas para desmantelar todo esto?
—No suficientes —admitió ella—. Hay demasiada gente involucrada, y no sé en quién confiar.
Alexei la miró con seriedad.
—Puedes confiar en mí. Voy a ayudarte.
Nina lo observó con una mezcla de desconfianza y algo que podría haber sido gratitud, aunque lo ocultó bien.
—¿Sabes quién es Koshka? —preguntó Alexei de repente.
El nombre pareció encender una chispa de reconocimiento en Nina.
—La que maneja a toda la Bratva Krestov —respondió ella—. Desde que mató a su propio padre para tomar el control, la mafia se ha vuelto más despiadada y sangrienta. Todos le temen.
Alexei reprimió un escalofrío al recordar los fragmentos de su memoria: la voz de Koshka susurrándole amenazas al oído, el calor de su cuerpo, el sabor de sus labios. El peligro que representaba esa mujer era tan real como el que se cernía ahora sobre ellos.
El teléfono de Alexei vibró, sacándolo de sus pensamientos. Era Dimitri.
—¿Qué pasa? —preguntó al responder.
—Acaba de salir un comunicado. Tienes orden de captura, Alexei. Tienes que salir de esa casa ahora mismo. Algo grande se avecina.
—Entendido.
Cortó la llamada y miró a Nina con gravedad.
—Tenemos que irnos. Por la mañana, a primera hora, saldremos del pueblo.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, alerta.
—Ahora también me buscan a mí —dijo Alexei con seriedad—. Nos guste o no, estamos juntos en esto.