El sol de la mañana apenas alcanzaba a iluminar las calles cubiertas de nieve mientras Alexei recorría el pequeño pueblo de Vytegra. Las casas, de madera oscura y con tejados inclinados, se alineaban a lo largo de caminos que serpenteaban entre los densos bosques de pinos. El aire frío y cortante le recordaba que estaba lejos de la civilización a la que estaba acostumbrado. La vida aquí parecía sencilla, casi congelada en el tiempo, y eso era exactamente lo que necesitaba para llevar a cabo su misión.
Alexei decidió comenzar el día explorando el lugar, familiarizándose con las calles y los edificios, y, sobre todo, con las personas que se movían en silencio, cubiertas de abrigos gruesos y sombreros de piel. Observaba cada detalle: las tiendas, las rutas de escape, los callejones oscuros donde cualquier cosa podría suceder sin que nadie se enterara. Sabía que conocer cada rincón de Vytegra podría ser la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Luego de una caminata inicial, el olor a café recién hecho y pan caliente lo atrajo hacia un pequeño bar en una esquina. Era un lugar modesto, con ventanas empañadas por el frío y una tenue luz amarillenta que se filtraba por las cortinas. Al entrar, el calor lo envolvió, y se quitó los guantes y la bufanda, agradecido por el respiro del frío.
Tomó asiento en una mesa junto a la ventana, desde donde podía observar a las pocas personas que pasaban por la calle. La camarera, una joven de cabello rubio recogido en una trenza, se acercó a tomar su orden.
—Buenos días, ¿Qué puedo ofrecerle? —preguntó mientras sacaba una libreta del bolsillo.
Alexei estudió el menú brevemente y decidió por un desayuno simple.
—Café n***o y unos blinis con crema agria, por favor.
La camarera anotó el pedido y se retiró, dejándolo con sus pensamientos. Mientras esperaba, Alexei observó a los otros clientes en el bar. Un grupo de hombres mayores estaba reunido en una esquina, hablando en voz baja mientras jugaban a las cartas. De vez en cuando, uno de ellos miraba en dirección a Alexei, lo que le hizo sospechar que su presencia no había pasado desapercibida.
No pasó mucho tiempo antes de que la camarera regresara con su café y los blinis. Le sirvió el café con manos temblorosas. Apenas lo miró a los ojos, limitándose a dejar la taza sobre la mesa con un movimiento rápido, como si quisiera terminar la tarea lo antes posible. Alexei notó su incomodidad; ella no lo conocía, y eso en un lugar como ese ya era motivo suficiente para levantar sospechas. Mientras colocaba el plato sobre la mesa, se detuvo un momento, observándolo con curiosidad.
—No te había visto por aquí antes —dijo ella.
—Acabo de llegar al pueblo —respondió Alexei, levantando la mirada para encontrarse con sus ojos curiosos. Sonrió, adoptando un tono casual—. Soy fotógrafo de paisajes. Siempre estoy en busca de la próxima foto que capture la esencia de un lugar.
La camarera sonrió, claramente interesada.
—Vytegra es un lugar tranquilo para eso, aunque no hay mucho que hacer si no estás acostumbrado. ¿Qué te trae por aquí, además de la fotografía?
—Busco tranquilidad, un lugar alejado del bullicio. ¿Qué me recomendarías hacer por aquí? ¿Algún lugar interesante que deba conocer?
Ella pareció reflexionar por un momento antes de responder:
—Bueno, depende de lo que busques. Si quieres tranquilidad, puedes visitar el lago Onega, no está muy lejos de aquí, es hermoso en esta época del año. Pero si buscas algo... diferente —dijo, bajando un poco la voz y sonriendo con complicidad—, hay algunos lugares más... emocionantes. He oído que hay peleas clandestinas en los almacenes abandonados cerca del bosque, y también otros negocios no tan legales. Aunque no recomendaría ir solo.
Alexei sonrió, agradecido por la información.
—Lo tendré en cuenta. Tal vez me aventure a explorar esos lugares más tarde —dijo con un tono de broma, aunque en realidad estaba tomando mentalmente nota de todo.
—¿Algo más que necesites? —preguntó la camarera mientras él empezaba a desayunar.
—¿Dónde puedo comprar provisiones? —inquirió él, aprovechando la oportunidad para obtener más información.
—El mercado está a unas cuadras al norte. También hay una pequeña tienda cerca de la plaza central que tiene de todo un poco. Es difícil perderse en un lugar tan pequeño.
Alexei agradeció y, mientras la camarera se alejaba, empezó a escuchar las conversaciones que habia en el lugar. En la barra, un cliente habitual discutía con la camarera sobre un tema trivial: el precio de la gasolina. La conversación parecía un pretexto para intercambiar chismes. Alexei escuchó fragmentos de su charla, lo suficiente para deducir que conocían los movimientos de casi todos en el pueblo, desde quién había cambiado de coche hasta quién había sido visto con quién la noche anterior. Era un lugar donde nada pasaba desapercibido. En unas mesas cercana a la de él unos hombres hablaban en voz baja, pero lo suficiente como para captar su atención. Discutían sobre un incidente reciente, claramente relacionado con la escena del crimen que él había venido a investigar.
—Dicen que fue un ajuste de cuentas —murmuraba uno de los hombres, inclinándose sobre la mesa—. La mafia no deja cabos sueltos. Nadie vio nada, pero todos saben lo que pasó.
—¿Y la mujer? —preguntó otro—. Dicen que sigue por aquí, escondida. Nadie puede desaparecer tan rápido en un lugar como este.
Alexei no podía ignorar esa información. Mientras fingía estar absorto en su comida, memorizó cada palabra. Esos comentarios podrían ser claves para encontrar a Nina o, al menos, seguir su rastro.
Terminó su café y dejó el dinero sobre la mesa antes de salir, no sin antes dar una última mirada a los hombres que aún seguían conversando pero de otros temas.
El frío lo recibió de nuevo al salir, envolviéndolo en una nube de aliento blanco. Se dirigió al mercado, su mente trabajando rápidamente para conectar las piezas. Al entrar en el pequeño mercado, Alexei fue recibido por el chirrido de una vieja campanilla y un olor a especias mezclado con humedad. El tendero, un hombre de unos cincuenta años, calvo y con una barba mal cuidada, lo observó con una mezcla de desconfianza y curiosidad desde detrás del mostrador.
—¿De dónde vienes? —preguntó el hombre mientras Alexei inspeccionaba una lata de conservas. —No te he visto por aquí antes.
Alexei, sin apartar la vista de la lata, respondió con calma
—Estoy de paso, buscando algo de tranquilidad. —Su tono era lo suficientemente relajado como para no levantar sospechas, pero mantuvo una cierta distancia emocional, propia de alguien que prefería no ser interrogado.
El tendero emitió un gruñido de aprobación, aunque sus ojos seguían escudriñándolo.
—No es común ver caras nuevas en este pueblo. Aquí no nos gusta mucho la gente extraña. —Hizo una pausa, como si estuviera sopesando sus próximas palabras. —¿Qué te trae por estos lados?
Alexei levantó la mirada y le sostuvo la mirada al tendero, buscando leer en sus ojos cualquier indicio de amenaza. —Trabajo —dijo finalmente. —Pero también necesito descansar y algo de paz y me decidí por venir a conocer este pueblo.
El tendero soltó una risa seca, casi sin humor. Mientras Alexei examinaba los estantes, su mente vagaba. Pensó en lo que Nina haría si estuviera en el pueblo. Tendría que abastecerse de comida en algún momento, a menos que tuviera un escondite bien preparado. Pero, incluso entonces, tarde o temprano tendría que salir a la superficie.
El dueño del mercado lo observaba con recelo, y Alexei decidió aprovechar la oportunidad para obtener más información.
—Este pueblo es bastante tranquilo, —comentó mientras colocaba un par de latas en su canasta. —Estoy buscando lugares interesantes para fotografiar, algo que capture la esencia del lugar. ¿Alguna recomendación?
El hombre lo miró fijamente, como si intentara leer entre líneas.
—Aquí no pasa mucho, ya lo habrá notado. Pero si busca algo único, hay una fábrica abandonada en las afueras, hacia el norte. Algunos dicen que está embrujada, pero eso son solo habladurías.
—¿Fábrica abandonada? —Alexei repitió, fingiendo interés casual. —Eso suena intrigante.
—Solo tenga cuidado, —advirtió el hombre. —No todos los que se aventuran allí regresan con buenas historias.
Alexei pagó por sus provisiones y dejó el mercado, sintiendo que había obtenido un poco más de lo que esperaba. La fábrica abandonada sería un lugar interesante para explorar más adelante.
De vuelta en su casa temporal, Alexei dejó las bolsas en la mesa de la cocina y se preparó una comida sencilla. Mientras comía, sus pensamientos se volvían una y otra vez al caso, analizando cada detalle, cada palabra que había escuchado. Sabía que debía ser paciente, que no podía apresurarse. Fingir ser un simple fotógrafo le daría tiempo y espacio para moverse con discreción.
Cuando la tarde comenzó a caer, Alexei decidió dirigirse a la escena del crimen. El lugar estaba ubicado en las afueras del pueblo, donde las ruinas de antiguas construcciones se mezclaban con la nieve acumulada, creando un paisaje desolador. Caminó despacio, observando cada detalle con la agudeza de un cazador en plena caza.
La zona donde se había encontrado el cuerpo de Ivan Sokolov estaba rodeada de escombros ennegrecidos, vestigios de una casa que se había derrumbado o quemado tiempo atrás. El suelo, cubierto de nieve sucia, no mostraba huellas claras, pero Alexei sabía que había más que ver.
Comenzó a caminar alrededor de las ruinas, notando las marcas en las paredes semi derruidas. Había impactos de bala, marcas irregulares que se extendían por la superficie como cicatrices profundas. El oscuro tizne en algunas zonas sugería que algo había ardido recientemente, tal vez para destruir evidencia o simplemente como un accidente durante la confrontación. La nieve acumulada en las esquinas estaba teñida de un rojo oscuro, casi marrón, señal de que la sangre había sido derramada y se había mezclado con la nieve.
Cerca de una pared derrumbada, Alexei encontró trapos sucios y desordenados, como si alguien hubiera pasado por ahí intentando limpiar o cubrir algo. No era raro que vagabundos rondaran por esas zonas, pero el detalle de los trapos sucios le parecía sospechoso. También notó la presencia de perros callejeros que se mantenían a una distancia prudente, vigilando al intruso humano mientras buscaban algo que comer entre los restos. Todo le hablaba de un lugar abandonado, olvidado, pero que había sido escenario de algo violento no hacía mucho tiempo.
Alexei se detuvo un momento, cerrando los ojos para recrear mentalmente la escena. Imaginó a Nina y a Ivan en ese lugar, tal vez esperando a alguien. ¿Qué había salido mal? Podía visualizar varias posibilidades: un intercambio que se volvió violento, un encuentro que terminó en traición. ¿Había sido Nina quien lo había matado? ¿O tal vez ambos habían sido emboscados por la mafia?
Continuó explorando, y al acercarse a un área más abierta, descubrió huellas de neumáticos medio borradas en la tierra. No eran del todo recientes, pero aún visibles bajo la capa de nieve y tierra removida. Dedujo que en el momento del crimen, la nieve habría comenzado a derretirse, tal vez por la lluvia o por el calor del fuego, lo que permitiría que las huellas quedaran impresas en el suelo.
Tomó nota mental de todo esto, sabiendo que cada pequeño detalle podía ser crucial. Se acercó al lugar donde se creía que Ivan había caído, observando la disposición de los objetos y los escombros a su alrededor. Fue entonces cuando algo llamó su atención: un pequeño pedazo de papel, casi oculto por la nieve y pegado a una pared derruida por la humedad. Alexei se arrodilló y con mucho cuidado despegó el papel de la superficie. Era un ticket de lavandería, arrugado y descolorido, pero aún legible.
Lo examinó detenidamente antes de guardarlo en su billetera. El ticket tenía un número de retiro y el nombre de una lavandería local. Esto era lo que necesitaba: una pista concreta que podría llevarlo a entender qué había pasado realmente y, quizás, a encontrar a Nina. Guardó el ticket con cuidado y echó un último vistazo al lugar. Sabía que había exprimido todo lo posible de la escena, al menos por ahora.
Con la nueva pista en su poder, Alexei se levantó y salió de la zona, dejando atrás las ruinas ennegrecidas y las sombras que acechaban entre los escombros. Su misión acababa de ganar un nuevo propósito: encontrar la lavandería y seguir el rastro que ese pequeño trozo de papel le ofrecía.
Alexei comenzó su camino de regreso a la casa que había alquilado. El aire frío lo envolvía, y la nieve crujía bajo sus botas mientras caminaba por las calles desiertas del pequeño pueblo. Pero había algo más en el aire esa tarde. Una sensación incómoda que le erizó la piel. Al principio, no pudo identificar qué era, pero con cada paso que daba, se hacía más consciente de que no estaba solo.
Detuvo su marcha, agudizando sus sentidos, y aunque no escuchó nada fuera de lo normal, el instinto le decía que estaba siendo seguido. Decidió no girarse de inmediato; en lugar de eso, optó por un desvío hacia un callejón estrecho, un atajo que conocía de haber estudiado el mapa del pueblo antes de su llegada. Comenzó a zigzaguear por las calles, atravesando callejones y pasajes entre edificios. Se movía con rapidez pero sin apresurarse, tratando de que su perseguidor no sospechara que él estaba consciente de su presencia.
A medida que se adentraba más en el laberinto de callejones, Alexei hacía paradas súbitas, esperando escuchar algún ruido revelador: un paso en falso, una respiración contenida. Pero quienquiera que lo seguía, lo hacía con mucha precaución, como si fuera un profesional. Finalmente, al salir de un último callejón hacia una calle más transitada, Alexei se detuvo y echó un rápido vistazo detrás de él. Nadie.
El agente no bajó la guardia, pero sabía que, si alguien lo estaba siguiendo, lo había perdido momentáneamente. Aprovechó la oportunidad para regresar a su casa, manteniendo un ritmo constante y evitando volver a caer en la paranoia. No sería la primera vez que lo seguían, y no sería la última. Había aprendido a convivir con eso.
Al llegar a la casa, cerró la puerta tras de sí y se dirigió directamente a la pequeña mesa del comedor, donde había dispuesto su equipo y las notas que había tomado hasta ahora. Sacó el ticket de lavandería de su billetera y lo colocó frente a él, mirándolo como si pudiera extraer más información de él solo con la vista. Luego, tomó su cuaderno y empezó a anotar los detalles del día: la visita al bar, la conversación con la camarera, la compra en el mercado, la inspección de la escena del crimen, y por supuesto, la sensación de haber sido seguido.
Mientras escribía, su mente no dejaba de analizar las posibilidades. ¿Quién lo estaba siguiendo? ¿Podía ser un m*****o de la mafia local? ¿O tal vez alguien más, alguien que también estuviera buscando a Nina? ¿Posiblemente era la misma Nina? Estas preguntas giraban en su cabeza mientras encendía la pequeña estufa de la cocina y comenzaba a preparar algo de comer. Su instinto le decía que debía mantener un perfil bajo, integrarse en el pueblo antes de actuar de manera demasiado directa.
Decidió que sería mejor esperar unos días antes de ir a la lavandería. Si alguien lo vigilaba, no quería levantar sospechas haciendo preguntas demasiado pronto. En cambio, planificó cómo actuaría durante los próximos días: saldría con su cámara, pasearía por el pueblo, capturaría imágenes de los paisajes y la gente, como haría cualquier fotógrafo. Esto no solo le permitiría familiarizarse con la zona y sus habitantes, sino que también le daría la oportunidad de observar y escuchar, en busca de cualquier pista que lo guiara hacia Nina.
Mientras el olor de la comida llenaba la pequeña casa, Alexei se sirvió un plato y continuó repasando sus notas. Cada pequeño detalle era importante. Sabía que no podía confiar en nadie, y que debía avanzar con cautela. Terminó de comer, y antes de retirarse a descansar, revisó su equipo una vez más, asegurándose de que todo estaba en orden para lo que vendría.
El día había sido largo, pero la noche se presentaba como un nuevo desafío. Vytegra era un lugar pequeño, pero lleno de secretos. Y Alexei estaba decidido a descubrirlos, uno a uno.