Heather y Raphael parecían haber sido tocados y bendecidos por alguna diosa pagana de la salud y la belleza, entre más pasaban los días, mejores se les veía. Viajaban juntos, salían a menudo, habían tenido su inolvidable luna de miel en París y cantado en un bar a viva voz “Non, je ne regrette rien”, y hecho gran parte de la lista que habían confeccionado hacía tiempo. Habían decidido vivir en el loft de Raphael mientras se construía la casa que tenían pensada para los dos y sus futuros hijos. Heather se moría por embarazarse ya, pero Raphael le había pedido que por lo menos esperaran a que la casa estuviera lista, para poder criar a su hijo cómodamente. Ella había decidido hacerle caso, pues tenía razón. Si bien Richard y Clare les pedían constantemente que se mudaran con ellos, ninguno
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