Heather estaba atrapada. Todo estaba oscuro y frío. Golpeaba las paredes llamando, pero no tenía a quién llamar. Ni a mamá, ni a papá. Sólo llamaba a alguien, quien fuera, que la sacara de allí. ¿Por qué la vida la odiaba tanto? Eso sólo había hecho que ella odiara la vida, y luego todo se había vuelto un círculo vicioso. Paredes, paredes duras, inquebrantables, negras, la rodeaban y la atrapaban. Y a pesar de lo furiosa que estaba, de los tacos que soltaba, de las maldiciones y los gritos, nadie venía. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Una eternidad? No lo sabía, no sentía cansancio, ni dolor, no podía saber si afuera era de día o de noche, o si siquiera había un “afuera”. Cuando se hizo evidente para ella que nadie vendría, se recostó a esa superficie dura y oscura sintiendo desesperaci

