POV DE THERON
La música de cámara me taladraba el cráneo. El salón de baile era un mar de máscaras de porcelana, joyas costosas y risas hipócritas que me producían náuseas. Tenía a la Duquesa Celestine colgada de mi brazo, su perfume floral invadiendo mis sentidos como un veneno dulce. Ella hablaba sobre las alianzas entre nuestros reinos, sobre la dote y sobre el diseño de la alcoba nupcial, pero yo no escuchaba nada.
Mi mente estaba a kilómetros de allí, atrapada en el recuerdo de lo que había sucedido bajo la mesa del banquete apenas unas horas antes. Podía sentir todavía la humedad de Aurore en la yema de mis dedos, el temblor de sus muslos cuando la llevé al abismo mientras sonreía a mi prometida. Ese pequeño gemido que se le escapó... ese sonido de rendición absoluta había sido más dulce que cualquier melodía de este maldito baile.
—¿No te parece, Theron? —preguntó Celestine, apretando mi brazo. Sus ojos verdes me escrutaban con una curiosidad que empezaba a volverse sospecha—. Estás muy callado esta noche.
—Solo estoy cansado de las formalidades, Duquesa —respondí con una voz que sonaba como un cristal rompiéndose.
Necesitaba salir. Necesitaba aire. Pero sobre todo, la necesitaba a ella. Había ordenado que Aurore estuviera en los jardines traseros, encargada de las linternas de aceite. Sabía que estaría sola. Sabía que estaría vulnerable.
—Discúlpame un momento, Celestine. El calor es sofocante. Iré a los balcones por un poco de aire.
No esperé su respuesta. Me zafé de su agarre con una cortesía mínima y caminé hacia las grandes puertas de cristal que daban a los jardines reales. En cuanto el aire frío de la noche golpeó mi rostro, sentí que recuperaba un poco de cordura. O quizás, simplemente estaba dejando espacio para la locura que estaba a punto de desatar.
Los jardines eran un laberinto de setos altos y estatuas de mármol bañadas por la luz de una luna llena imponente. Me moví con la rapidez de un depredador, esquivando las zonas iluminadas hasta que llegué al sector de las fuentes. Allí, entre los sauces llorones, la vi.
Aurore estaba de espaldas a mí, limpiando una de las linternas de hierro. Llevaba su uniforme de siempre, pero bajo la luz plateada de la luna, parecía una aparición celestial. Sus hombros estaban caídos, y por el leve movimiento de su espalda, supe que estaba llorando. El sonido de sus sollozos silenciosos fue como un puñal en mi pecho, despertando una necesidad de protección y una "cachondez" posesiva que me hizo temblar.
—Las criadas no deberían llorar en servicio —dije, mi voz surgiendo de la oscuridad como un susurro del diablo.
Ella dio un salto, girándose con una mano en el pecho. Sus mejillas estaban empapadas y sus ojos, rojos por el llanto, brillaron con un miedo delicioso al verme.
—Su Alteza... —balbuceó, intentando limpiar sus lágrimas con el delantal—. Lo... lo siento. Regresaré al trabajo de inmediato.
—No te muevas —ordené, acortando la distancia entre nosotros en tres pasos largos. La acorralé contra el tronco de un sauce antiguo, cuyas ramas caídas nos ocultaban del resto del mundo.
—¿Por qué lloras, Aurore? —le pregunté, atrapando su rostro entre mis manos. Mis pulgares acariciaron sus pómulos, borrando el rastro de sus lágrimas—. ¿Es por la Duquesa? ¿Es porque el mundo dice que ella es la que debe estar a mi lado?
—Ella es perfecta para usted, señor —sollozó ella, intentando apartar la mirada—. Yo no soy nada. Solo una criada que usted usa para calmar sus instintos. Me duele... me duele saber que pronto ella tendrá el derecho de despertarse en sus brazos.
—Mírame —le exigí, obligándola a sostener mi mirada ardiente—. Celestine podrá tener mi nombre en un papel, podrá llevar una corona de metal en su cabeza, pero tú... tú eres la única reina de este hombre. Ella tendrá al Príncipe, pero tú tienes a la bestia.
No pude contenerme más. La besé con una ferocidad que buscaba devorar su dolor y reemplazarlo con un deseo puro y destructivo. Mi lengua invadió su boca, reclamando lo que era mío, mientras mis manos bajaban con urgencia hacia los botones de su uniforme. Esta noche no quería ropa. No quería barreras.
Empecé a desabrochar el vestido con dedos frenéticos. Uno, dos, tres botones saltaron al suelo, perdiéndose en la hierba. Aparté la tela negra de sus hombros, revelando la blancura de su piel bajo la luna. Era como si la luz de los astros hubiera sido creada solo para iluminarla a ella. Cuando el uniforme cayó hasta su cintura, liberé sus pechos, que se alzaban y caían con su respiración entrecortada.
—Eres tan jodidamente hermosa —gruñí, bajando mi cabeza para enterrar mi rostro entre sus senos. Aspiré su aroma, ese olor a lavanda mezclado con la sal de sus lágrimas, y me sentí desfallecer—. Eres mi única reina, Aurore. Aunque no lleves corona, este cuerpo te pertenece por derecho de sangre y fuego.
La empujé hacia abajo, sobre el manto de césped y pétalos caídos. Me deshice de mi camisa de seda, necesitando sentir su piel contra la mía. Cuando me hundí entre sus piernas, el mundo exterior desapareció. No había gala, no había compromisos, no había leyes. Solo existía la fricción de nuestros cuerpos, el sonido de los grillos y sus gemidos que rompían el silencio de la noche.
La penetré con un empuje largo y profundo que nos dejó a ambos sin aliento. Aurore arqueó la espalda, sus manos aferrándose a mis hombros desnudos, sus uñas marcando mi piel como si quisiera tatuarse en mí. Cada vez que me movía dentro de ella, sentía que estaba sellando un pacto que ni el cielo ni el infierno podrían romper.
—Dime que eres mía —le exigí, golpeando su cuerpo con una cadencia salvaje que hacía que el agua de la fuente cercana pareciera acompañar nuestro ritmo—. Dime que no te importa nada más que esto.
—¡Soy tuya, Theron! ¡Ahhh! —gritó ella hacia la luna, su rostro transformado por un éxtasis que bordeaba la agonía—. ¡Soy tuya para siempre!
La "cachondez" era absoluta, un hambre que no se saciaba con una estocada, sino que pedía más y más. La giré, poniéndola a cuatro patas sobre la hierba, y la reclamé desde atrás con la vista puesta en el castillo iluminado a lo lejos. Era un acto de rebeldía pura. Estaba follando a mi criada mientras mi prometida me buscaba en los salones de mármol. El morbo de la situación me hizo endurecer aún más, llevándome al límite de la razón.
Mis manos apretaron sus caderas con una fuerza que dejaría marcas oscuras mañana, marcas que ella tendría que ocultar mientras servía el desayuno a la Duquesa. Esa idea me hizo soltar un gruñido animal. Le di un tirón a su cabello para que levantara la cabeza y mirara hacia el palacio.
—Míralo, Aurore —le siseé al oído mientras la embestía sin piedad—. Mira ese lugar lleno de gente muerta por dentro. Nosotros somos los únicos que estamos vivos. Tú eres mi vida.
Ella estaba sollozando de placer, su cuerpo sacudiéndose con espasmos que me apretaban hasta el dolor. Estábamos llegando al clímax juntos, una explosión de calor y pecado que iluminó la oscuridad de los jardines. Me corrí dentro de ella con un rugido que intenté ahogar en su cuello, llenándola con mi esencia, reclamando su interior con la misma autoridad con la que reclamaría un trono.
Nos desplomamos sobre la hierba, jadeando, con los cuerpos sudados y entrelazados. El frío de la noche empezó a calarnos, pero no me importaba. La abracé contra mi pecho, protegiéndola con mi propia piel.
—Nadie te va a separar de mí —le prometí, besando su frente—. Ni el Rey, ni Celestine, ni el mundo entero.
Sin embargo, un destello de luz inusual llamó mi atención. Levanté la vista hacia el balcón principal de la biblioteca, que daba directamente hacia nuestro rincón secreto.
Allí, entre las sombras de las cortinas pesadas, pude ver el brillo de una lente. O quizás era el reflejo de una joya. Había alguien. Alguien que no debería estar allí. Alguien que sostenía un cuaderno o un dispositivo de dibujo, capturando nuestra silueta, nuestro pecado, nuestra traición.
Sentí que el hielo recorría mi columna vertebral. El momento de paz desapareció, reemplazado por un instinto de muerte.
—Aurore, vístete —dije, mi voz volviéndose gélida mientras me ponía de pie y buscaba mi camisa—. Ahora mismo. Nos han visto.
El juego acababa de volverse mortal.