La noche no trajo descanso.
El castillo dormía en fragmentos: cuerpos rendidos, mentes en vigilia. Nadie soñaba; todos esperaban. Incluso las antorchas parecían arder con cautela, como si temieran iluminar demasiado.
Aria no pudo quedarse en la cama.
El vínculo estaba inquieto.
No alarmado.
No herido.
Inquieto de una forma peor: como si algo estuviera madurando en silencio.
Se vistió despacio, intentando no despertar a nadie, aunque sabía que Elías estaba despierto desde mucho antes. Lo sentía. No por pensamientos claros, sino por una tensión constante, como un músculo que no se relaja.
La galería oriental estaba vacía cuando llegó.
Elías estaba apoyado contra la baranda, mirando hacia el valle. La luna dibujaba sombras duras en su rostro; parecía más cansado que herido, más viejo que ayer.
—Sabía que ibas a venir —dijo, sin girarse.
Aria se colocó a su lado.
—No podía quedarme quieta.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era denso. Cargado de todo lo que no se habían dicho durante el día.
—Sentí cuando elegiste —murmuró ella al fin—. No dolió… pero fue distinto.
Elías asintió despacio.
—El juramento aceptó mi decisión. Eso es lo que más me preocupa.
Aria lo miró.
—¿Por qué?
Elías giró entonces, apoyando ambos codos en la baranda, como si necesitara algo sólido para no caer.
—Porque antes resistía. Ahora evalúa. Calcula. —Alzó la vista hacia la oscuridad—. Empieza a parecerse demasiado a nosotros.
El viento les trajo el murmullo lejano del castillo: pasos, puertas, respiraciones contenidas. Un lugar vivo, frágil.
—La sombra también —dijo Aria—. Ya no ataca. Propone.
Elías cerró los ojos un instante.
—Eso es lo que me aterra. Porque propone cosas que… suenan razonables.
El vínculo tembló suavemente, como si confirmara la confesión.
Aria sintió una punzada. No de traición. De miedo compartido.
—¿Te habló otra vez? —preguntó.
Elías no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz era baja.
—No con palabras. Con imágenes. Caminos que no recorrimos. Decisiones que no tomamos. Mundos… más silenciosos.
Aria sintió un escalofrío.
—¿Y qué sentiste?
Elías la miró entonces, de frente.
—Tentación.
La palabra quedó suspendida entre ellos, desnuda, honesta, peligrosa.
Aria no retrocedió.
—Gracias por decírmelo.
—No quería —admitió—. Pero el sello no solo carga peso. Ordena prioridades. Y empieza a susurrar qué sacrificios son “lógicos”.
El vínculo ardió un poco más.
Aria tomó su mano.
No para tranquilizarlo.
Para anclarlo.
—Escuchame —dijo—. Si en algún momento… si alguna vez sentís que una decisión es correcta solo porque elimina el dolor… decímelo. Aunque sea vergonzoso. Aunque te haga odiarte.
Elías apretó sus dedos.
—Prométeme vos algo también.
—Lo que quieras.
—Que no vas a dejar que el juramento te vuelva justa a costa de ser cruel.
Aria sintió un nudo en el pecho.
—Eso es exactamente lo que la sombra quiere que creamos, ¿no? —susurró—. Que humanidad y eficacia no pueden coexistir.
Elías apoyó la frente contra la de ella.
—Y todavía no sabe cuánto nos equivocamos cuando nos dan por perdidos.
Por un momento, el mundo pareció reducirse a esa cercanía.
Al calor compartido.
A la certeza frágil de seguir eligiéndose incluso cuando todo empujaba en contra.
Entonces, el vínculo se tensó.
No con dolor.
Con urgencia.
Ambos se separaron al mismo tiempo.
—Damián —dijo Aria.
No fue un nombre.
Fue una alarma.
Lo encontraron en la sala de mapas, inclinado sobre la mesa, con varios pergaminos extendidos y símbolos marcados con carbón.
—No dormís nunca, ¿no? —preguntó Elías.
Damián no levantó la vista.
—Dormir es para cuando las rutas dejan de moverse.
Aria se acercó.
—¿Qué encontraste?
Damián señaló una serie de marcas.
—Las procesiones no son aleatorias. Siguen patrones antiguos. Caminos rituales. Lugares donde antes hubo santuarios… o masacres.
Elías frunció el ceño.
—¿Masacres?
—Sí —respondió Damián—. Lugares donde el dolor fue colectivo. Donde la gente deseó no sentir más nada.
Aria sintió el golpe en el estómago.
—Está alimentándose de heridas viejas.
—Y sembrando nuevas —agregó Damián—. Porque cuando lleguen al castillo, no van a atacar. Van a esperar. Van a mostrar lo que “ofrecen”.
El silencio fue espeso.
—¿Qué ofrecen? —preguntó Aria, aunque ya sabía la respuesta.
Damián levantó la mirada.
—Alivio.
Elías apretó los labios.
—Entonces no podemos permitir que lleguen.
—No —corrigió Damián—. No podemos permitir que lleguen… sin que la gente vea el precio.
Aria lo miró con atención.
—Estás pensando algo que no te gusta.
Damián soltó una risa seca.
—Eso no es novedad.
Se irguió.
—Tenemos que mostrar una grieta. Algo que la sombra no pueda ocultar. Una consecuencia visible. Irreversible.
Elías negó lentamente.
—Eso implica dejar que algo malo pase.
—Implica elegir dónde pasa —respondió Damián—. Y a quién salva después.
El juramento reaccionó.
No castigando.
Observando.
Aria sintió su peso, expectante, como si estuviera esperando que dijeran la palabra correcta.
—¿Qué propones? —preguntó ella.
Damián respiró hondo.
—Hay un punto en el valle bajo. Un cruce donde las procesiones se juntan. Si intervenimos ahí… podemos romper la ilusión. Pero alguien va a quedar marcado.
—¿Marcado cómo? —preguntó Elías.
Damián sostuvo su mirada.
—Como prueba de que el alivio que prometen no es gratuito.
Aria sintió frío.
—¿Quién?
Damián no respondió.
No hacía falta.
El vínculo lo dijo antes que él.
—No —dijo Aria con firmeza—. No voy a permitir que seas vos.
Damián sonrió apenas.
—No te estaba pidiendo permiso.
Elías dio un paso adelante.
—Ni lo intentes. Ya bastante sacrificio cargamos.
—Justamente —respondió Damián—. Ustedes son el símbolo. Yo soy la advertencia.
El juramento ardió con fuerza.
No aprobando.
No rechazando.
Exigiendo claridad.
Aria sintió el temblor interno, el tironeo brutal de algo que no quería decidir… pero debía.
—Si hacemos esto —dijo despacio— no volvemos a ser los mismos.
—No lo somos desde hace rato —respondió Damián.
Elías miró a Aria.
No había súplica en sus ojos.
Había confianza.
Y miedo.
—Decidas lo que decidas —dijo—, voy a sostenerlo. Aunque me rompa.
Eso fue lo que terminó de quebrarla.
No hacia afuera.
Hacia adentro.
—No —dijo Aria al fin—. No vamos a ofrecer un mártir.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces perdemos ventaja.
—No —corrigió ella—. Cambiamos el tablero.
Los dos la miraron.
—La sombra cree que el dolor es el problema —continuó—. Que basta con quitarlo para gobernar. Entonces vamos a hacer algo peor para ella: vamos a mostrar dolor… con elección.
Elías frunció el ceño.
—Explícate.
Aria cerró los ojos un segundo, sintiendo el juramento acomodarse alrededor de su idea, tenso, atento.
—Vamos a permitir que una procesión llegue —dijo—. Solo una. Pero no al castillo.
Damián entrecerró los ojos.
—¿Dónde?
—A un lugar donde la gente todavía recuerde quién es. Donde el dolor no haya borrado todo. Y cuando la sombra intente absorberlos…
Abrió los ojos.
—Vamos a resistir sin matar. Sin romper. Y vamos a mostrarle al mundo que su “paz” no puede sostenerse frente a quienes eligen sentir.
El silencio fue largo.
Elías habló primero.
—Eso es más peligroso que cualquier batalla.
—Lo sé.
Damián la observó con una mezcla de respeto y preocupación.
—Y si falla…
Aria no esquivó la mirada.
—Entonces el juramento va a cobrar su precio.
El vínculo ardió.
Aceptando.
Marcando.
Elías dio un paso hacia ella.
—Aria… esto puede quebrarte.
Ella apoyó la mano sobre su pecho, justo donde el vínculo latía con más fuerza.
—Ya me está quebrando. La diferencia es que ahora… elijo cómo.
Damián exhaló lento.
—Entonces empezamos mañana.
Aria asintió.
—No. —Lo miró—. Empezamos ahora. Antes de que la sombra entienda que aprendimos a responderle.
Esa madrugada, mientras el castillo se preparaba en silencio, la sombra se detuvo por primera vez.
No avanzó.
No convocó.
Escuchó.
Algo en el tejido del mundo había cambiado.
No una barrera.
No una amenaza.
Una intención.
Sonrió.
Porque entendió algo esencial:
Ellos también estaban aprendiendo.
Y eso, por primera vez…
La emocionó.