El juramento eligió castigar algo pequeño. No una traición. No una desobediencia abierta. No una decisión grandiosa. Solo… una omisión. Aria lo sintió al amanecer, cuando el vínculo reaccionó tarde. Demasiado tarde. Un mensajero cayó de rodillas en el patio interno, cubierto de polvo y sangre seca. No estaba herido de muerte. No todavía. Pero el miedo lo atravesaba como fiebre. —El paso del este… —jadeó—. Cerraron el paso… con gente adentro. El silencio fue inmediato. Elías dejó el pergamino que estaba leyendo. Damián levantó la cabeza desde el banco donde descansaba, pálido aún. Serin se quedó inmóvil. —¿Quién cerró el paso? —preguntó Aria, aunque ya sabía la respuesta. —Nosotros —respondió el mensajero—. Por orden del Consejo. Para frenar la procesión. El vínculo ardió. No do

