El amanecer no trajo descanso. Aria despertó con la sensación de haber corrido kilómetros sin moverse. El juramento ardía suave, como un carbón que nunca se apagaba del todo. Elías estaba sentado a su lado. Otra vez. Sombras bajo los ojos. La postura rígida, como si el cansancio fuera un lujo que no podía permitirse. —Te quedaste —susurró ella. Él sonrió apenas. —Nunca me fui. Había algo diferente entre ellos ahora. No sólo lo que compartieron en el círculo… sino el miedo de saber que podía perderla, y que igual se quedaba. —Tu pulso está mejor —dijo él—. Lento… pero firme. —¿Y el tuyo? Elías se encogió de hombros. —Complicado. Aria apoyó su mano sobre su pecho. Sintió el latido irregular, como una canción que aún no aprendió el ritmo. —Eso es culpa mía. —No —negó él, d

