El lugar elegido no era un campo de batalla. Eso, en retrospectiva, fue parte del error. Era una explanada natural entre colinas bajas, atravesada por un antiguo camino de piedra que ya nadie usaba. A un lado, un pequeño asentamiento de casas dispersas; al otro, un santuario derruido, olvidado incluso por los mapas del Consejo. Gente que todavía recordaba quién era. Gente que todavía lloraba a sus muertos. Allí decidió Aria plantar la resistencia. No muros. No armas levantadas. No gritos de guerra. Solo presencia. El castillo envió mensajeros durante la noche. No órdenes, sino advertencias. No promesas, sino verdad. Viene algo que ofrece alivio sin elección. No los obliga, pero tampoco los deja ir. Si se quedan, va a doler. Algunos huyeron. Muchos no. Cuando Aria llegó con

