El amanecer llegó con un brillo extraño. El castillo parecía igual que siempre… pero ya nada lo era. Aria despertó con la sensación de no estar sola dentro de sí misma. No era invasión. Era compañía. El vínculo latía como un hilo cálido entre ella, Elías y Damián. A veces se sentía como una respiración compartida; otras, como una responsabilidad que pesaba más que cualquier armadura. Bajó hacia el salón principal. Allí, Serin y varios miembros del Consejo hablaban en voz baja junto al anciano saboteador, ahora bajo custodia. El hombre tenía las manos cruzadas, la mirada cansada. No se defendía. No pedía perdón. —El mundo no entiende lo que está por abrirse —murmuraba—. Yo solo quise ganar tiempo. Serin respondió con dureza contenida: —Y casi nos costó a todos. Aria se acercó

