El amanecer llegó con un brillo extraño.
El castillo parecía igual que siempre… pero ya nada lo era.
Aria despertó con la sensación de no estar sola dentro de sí misma.
No era invasión.
Era compañía.
El vínculo latía como un hilo cálido entre ella, Elías y Damián.
A veces se sentía como una respiración compartida; otras, como una responsabilidad que pesaba más que cualquier armadura.
Bajó hacia el salón principal.
Allí, Serin y varios miembros del Consejo hablaban en voz baja junto al anciano saboteador, ahora bajo custodia.
El hombre tenía las manos cruzadas, la mirada cansada.
No se defendía.
No pedía perdón.
—El mundo no entiende lo que está por abrirse —murmuraba—. Yo solo quise ganar tiempo.
Serin respondió con dureza contenida:
—Y casi nos costó a todos.
Aria se acercó.
El anciano levantó la mirada y sus ojos brillaron con un dolor profundo.
—Si fracaso, me recordarán como cobarde —dijo—. Si tenía razón… nadie quedará para recordarlo.
Aria quiso decir algo, pero una oleada de inquietud le atravesó el pecho.
No venía de ella.
Venía del vínculo.
Elías apareció al final del pasillo, apurado.
—Las vigías del norte enviaron mensaje —anunció—. El Consejo… no está solo.
Serin frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Elías extendió un mapa sobre la mesa.
—Una caravana de hombres armados avanza detrás de ellos. Símbolos desconocidos. No responden señales. Y dejan silencios a su paso.
Silencios.
No cadáveres.
No destrucción evidente.
Solo lugares… vacíos.
Un escalofrío recorrió el salón.
Damián llegó poco después, con polvo en los hombros.
—Los rastros son raros —dijo—. No parecen ejércitos. Parecen… pueblos caminando.
Nadie habló durante unos segundos.
Aria miró a ambos, consciente de ellos de un modo nuevo.
Elías: preocupado, calculando rutas, buscando siempre proteger.
Damián: alerta, preparado para pelear, aunque no entienda del todo a qué.
El juramento ardió levemente, como si escuchara.
—Reunimos a todos en la sala grande —decidió Serin—. No podemos ocultar más.
La sala se llenó.
Heridos, aprendices, guardianes, familias que buscaban refugio.
El rumor de miedo circulaba como viento frío.
Serin explicó la situación con honestidad.
—Viene el Consejo. Y detrás, algo que todavía no comprendemos.
Un murmullo estalló.
—¡Nos van a entregar!
—¡No podemos luchar contra ambos!
—¡Huyan los fuertes, salven a los niños!
Aria dio un paso adelante.
—No vamos a entregarlos.
El silencio cayó.
—El juramento existe para que nadie cargue solo con el peso. Y ahora ese peso es elegir —continuó—. Si nos quedamos, resistimos. Si intentamos mover a todos… somos presa fácil.
—Entonces decidamos —dijo una mujer, con los ojos brillando de miedo—. Pero decidamos sabiendo el costo.
Aria asintió.
Y lo sintió:
una punzada en el vínculo.
Elías sabía algo que aún no decía.
—Decilo —pidió ella en voz baja, aunque no moviera los labios.
Él la miró.
El vínculo no mentía: estaba asustado.
—El juramento cambió —respondió Elías, por dentro—. Si tomás una decisión que amenaza a vidas inocentes… no te va a dejar. Va a forzarte a ceder. Con dolor.
Aria tragó saliva.
Un juramento que protegía al mundo… pero a costa de ellos.
—Entonces hagamos que valga la pena —respondió.
Horas después, las torres sonaron.
No era el Consejo todavía.
Era humo.
Los vigías vieron columnas negras al sur —donde no debía haber nada.
Damián fue el primero en reaccionar.
—Es distracción. Nos quieren dividir.
Elías negó lentamente.
—No. Quieren que elijamos entre nosotros… y otros.
Serin apretó los labios.
—Aldea cercana.
Aria sintió el latido acelerarse bajo su piel.
Si ignoraban ese fuego, el juramento iba a castigarlos.
Si acudían… dejaban el castillo expuesto.
Y entonces comprendió la verdadera trampa.
—Quieren que aprendamos a perder —susurró.
El silencio fue absoluto.
El plan tomó forma rápido.
Una partida pequeña, rápida, iría al sur.
El castillo quedaba en alerta.
—Voy —dijo Aria.
—No —respondieron Elías y Damián al mismo tiempo.
Elías se acercó.
—Si salís, el Consejo aprovecha. Sos el faro.
Damián agregó:
—Y esta vez no es heroísmo. Es estrategia.
Aria cerró los ojos.
El juramento se movió, inquieto.
—Si no voy… la aldea sufre —murmuró.
Elías tragó.
Sabía la respuesta.
—Entonces voy yo —dijo—. Y corto el impacto antes de que llegue.
Aria sintió el golpe de esa decisión en el vínculo.
Dolor.
Aceptación.
Miedo oculto.
—No quiero perderte —dijo ella.
Él sonrió apenas.
—Prometiste que querías la verdad.
Se miraron unos segundos que parecieron una vida.
Damián ajustó su abrigo.
—Yo también voy.
Elías giró.
—No es necesario.
—Sí lo es —replicó Damián—. Alguien tiene que pensar con frialdad si las cosas salen mal.
Aria quiso discutir.
Pero el juramento punzó… aprobando.
Era insoportablemente justo.
El camino al sur estaba cubierto de ceniza.
No había gritos.
No había cuerpos.
Solo casas abiertas, mesas con comida servida… y silencio.
Elías sintió un escalofrío.
—Llegaron antes.
Damián levantó la mano pidiendo quietud.
Escucharon.
Un murmullo.
Como rezos.
Se acercaron a la plaza.
Allí estaban.
Docenas de aldeanos, de pie, mirando al horizonte, con ojos vidriosos.
Respiraban.
Se movían.
Pero no estaban.
Y frente a ellos, un hombre vestido de gris sostenía un bastón con una piedra oscura.
—El dolor divide —dijo el hombre—. Nosotros unimos.
Elías dio un paso.
—¿Quién sos?
El hombre sonrió.
—Un curador.
Damián apretó el mango de su arma.
—Los vaciaste.
—Los liberé —respondió el curador—. Ya no temen. Ya no dudan. Caminarán conmigo hasta que el mundo deje de lastimar.
Aria sintió, a través del vínculo, un golpe de comprensión.
Era la sombra.
No solo un concepto.
Un movimiento.
Una fe.
El curador miró a la nada… y habló suave:
—Ella está escuchando, ¿no?
Aria tembló, lejos del lugar, en el castillo.
Elías sintió su miedo.
—No toques el vínculo —advirtió.
El curador inclinó la cabeza.
—No necesito tocarlo. Solo seguir el dolor que todavía creen necesario.
Y entonces alzó el bastón.
Un pulso oscuro atravesó la plaza.
Los aldeanos dieron un paso al unísono.
Hacia el camino.
Hacia el norte.
Hacia el castillo.
Elías comprendió.
No destruían aldeas.
Las reclutaban.
Las convertían en masas dóciles que viajarían… hasta rodearlo todo.
—Esto no es un ejército —dijo—. Es una procesión.
Damián tensó la mandíbula.
—Y si intentamos detenerlos…
Elías lo sabía.
Gente inocente.
Gente que no estaba eligiendo.
El vínculo ardió.
Aria, desde el castillo, sintió la pregunta del juramento:
¿Qué vas a proteger?
La respiración se le volvió corta.
—No los lastimen —rogó—. No son enemigos.
El curador sonrió cuando escuchó esa súplica invisible.
—Todavía necesitás creer que la libertad duele —susurró—. Yo voy a demostrarte que puede ser indolora.
Elías apretó los dientes.
—Estás robándoles lo que los hace humanos.
—Les estoy quitando el peso —respondió el hombre gris—. Lo que ustedes no se animan a soltar.
Damián miró a Elías.
—Si no los frenamos, los llevan directo al castillo.
Elías sabía que tenía que decidir.
Y sabía que Aria iba a sentirlo.
Cerró los ojos un instante.
—Desviémoslos —ordenó—. Rompamos el terreno, cortemos los caminos, quememos puentes. Sin tocarlos.
Era posible.
Costoso.
Lento.
Pero posible.
El curador observó en silencio… y bajó el bastón.
—Interesante —murmuró—. Prefieren cansarse ustedes antes que aceptar ayuda.
Se dio vuelta.
Los aldeanos lo siguieron.
Elías sintió el peso del juramento apretarle el pecho.
Eligió.
Y no dolió.
Por ahora.
Cuando regresaron, el castillo estaba inquieto.
Aria los esperaba, los ojos brillantes de alivio y angustia mezclados.
—¿Qué pasó?
Elías explicó todo.
Serin escuchó sin interrumpir.
—Entonces —resumió—, no quieren destruirnos. Quieren absorberlo todo bajo una sola voluntad.
Aria apoyó las manos en la mesa.
—Eso no es paz. Es silencio.
El anciano saboteador levantó la mirada.
—Y todavía creen que pueden detenerlo.
Nadie respondió.
No por falta de palabras.
Sino porque, en el fondo, todos sabían que la sombra estaba ganando algo más peligroso que batallas:
argumentos.
Esa noche, Aria se sentó en la galería alta.
El vínculo latía tranquilo… por fuera.
Por dentro, se agitaba.
Elías se acercó.
—Hoy el juramento se contuvo —dijo—. Pero no siempre va a dejarnos elegir la opción lenta.
Aria apoyó la frente en su hombro.
—Entonces tenemos que volvernos más rápidos.
Elías sonrió con tristeza.
—O más crueles.
Ella negó.
—No. Más humanos.
Damián apareció unos pasos atrás, apoyado en la pared.
—Y más listos —agregó—. La sombra no pelea. Convence.
Elías lo miró.
Por primera vez, ninguno de los dos parecía rival.
Solo soldados con cicatrices distintas.
Aria respiró hondo.
—Desde hoy —dijo—, no vamos a reaccionar. Vamos a anticiparnos.
Vamos a estudiar sus rutas. Sus símbolos. Sus “curadores”.
Serin asintió.
—Y cuando llegue el momento… vamos a decidir sabiendo exactamente qué perdemos.
El juramento ardió, suave.
Aprobando.
Aceptando que, a partir de ahora, toda victoria vendría con factura.
Aria miró hacia el horizonte.
En la distancia, una línea de luces avanzaba lentamente.
No guerra.
No conquista.
Procesión.
Y comprendió la advertencia del anciano:
Lo inevitable no siempre es lo correcto.
Pero a veces… es paciente.
La sombra, en algún lugar, sonrió.
Y siguió aprendiendo.