La figura de ojos plateados se adentró en el santuario como si la barrera no existiera. El aire cambió, pesado… pero no amenazante. —Mi nombre es Serin —dijo—. Hablo en nombre del Consejo… y por mi propia cuenta. Elías se tensó. —El Consejo no negocia cara a cara. Solo dicta. Serin sonrió con tristeza. —Eso era antes de que alguien empezara a cazarnos. Damián avanzó un paso, postura de Alfa. —¿Quién? Serin lo miró como si estuviera midiendo el peso de sus huesos. —Algo que debería estar muerto. Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Aria sintió la marca latir, como si reconociera un eco lejano. —Explicá —exigió. Serin la observó con un respeto que los cazadores nunca habían tenido. —La marca que llevas es un ancla entre poder y voluntad. Fue creada para contener fuerz

