CAPÍTULO 9 "Bajo el sello"

813 Words
La noche no terminó cuando el fuego se apagó. Terminó cuando Aria dejó de temblar. Elías había permanecido junto a ella, quieto, como si moverse pudiera romperla. Damián rondaba la entrada del santuario, vigilando el bosque y vigilándose a sí mismo. Y bajo la piedra… algo respiraba. No dormía. Aprendía. El amanecer llegó sin permiso. Luz gris se filtró por las grietas de la roca, como dedos tímidos. Aria abrió los ojos. La marca ardía, pero no dolía. Era… consciente. —Seguís acá —susurró. La sombra respondió con un pulso leve, enterrado en el fondo de su pecho. No palabras. Solo hambre controlada. Elías notó el movimiento. —¿Te duele? —No. —Y ese “no” le dio más miedo que cualquier dolor. Damián volvió en ese momento, con hojas en el cabello y ojeras profundas. —No hay rastros del Consejo. Ni cazadores. Nada. Elías frunció el ceño. —Eso nunca es “nada”. Damián asintió. —Significa que están observando. Silencio. Serin aún no regresaba. Y eso tampoco era buena señal. El día fue largo. Aria caminó por el santuario, reconociendo cada grieta, cada símbolo, cada línea de luz. Todo parecía diferente. Como si la piedra la estuviera estudiando a ella. A cada paso, el susurro interno crecía. No era la sombra hablando. Era el juramento. No romper. No rendirse. No olvidar. —Puedo sentirla —dijo al fin. Elías dejó lo que estaba revisando (viejas marcas de choque en la pared). —¿A la criatura? —A lo que se volvió —corrigió ella—. Es como una puerta cerrada… apoyando todo su peso contra mí. Damián se acercó. —Si se abre— —No se va a abrir —lo interrumpió Aria. Lo dijo tranquila, pero sus dedos temblaron un segundo. Elías lo vio. Y lo odió. No a ella. A la carga invisible que le habían puesto antes de nacer. Al atardecer, Serin volvió. Parecía más viejo. Más vacío. —El Consejo… deliberó. Damián se rió sin humor. —Traducción: ninguno quiere admitir que fue su culpa. Serin no lo negó. —Algunos creen que deberíamos reforzar el sello. Otros… quieren trasladarte. Aria se tensó. —¿Trasladarme dónde? —A la Torre Alta —respondió—. Más lejos. Más control. Elías dio un paso adelante. —No. La palabra reverberó, seca, absoluta. Serin lo miró, cansado. —No depende de mí. Damián apretó los puños. —No la tocan. El custodio bajó la mirada. —Intentarán convencer. Luego, ordenar. Y, si no funciona… impondrán. Aria sintió que el frío del santuario se volvía personal. La marca palpitó, sensible al conflicto. —Si me llevan —dijo—, la criatura va con ellos. Serin cerró los ojos. —Lo saben. Eso lo explicaba todo. El interés. El silencio. La cautela. No querían protegerla. Querían poseer el candado. Esa noche, entrenaron. No con armas. Con control. Serin trazó símbolos en el aire. —Te voy a enseñar a escuchar… sin abrir. Aria respiró. La sombra llamó. Dulce. Tentadora. Paciente. “Devuélveme mis juramentos…” Ella sostuvo la respiración y dejó que el poder fluyera como un río contenido por piedras. No empujó. No luchó. Simplemente se negó. Elías observaba, con cada músculo en tensión. Damián, en cambio, veía otra cosa: la forma en que ella temblaba, la forma en que se mantenía firme, la valentía silenciosa de no colapsar. Y sintió celos —no de Elías— sino del juramento. Porque ahora, una parte de Aria pertenecía a algo que ninguno de los dos podía vencer. El entrenamiento terminó cuando la marca se apagó, exhausta. Aria cayó de rodillas. Elías la sostuvo. Damián puso una mano en su hombro. El contacto de ambos fue un ancla. —Estoy bien —dijo, sin convicción. Serin se retiró unos pasos. —Aprende rápido. Eso la vuelve más peligrosa… para todos. Damián lo fulminó. —Para ustedes, querrás decir. El custodio lo miró. —También para sí misma. Antes de que alguien pudiera responder, el suelo vibró. Un golpe seco, lejano. Luego otro. Un tercer retumbo, más cercano. Elías levantó la cabeza. —Eso no es el Consejo. Serin palideció. —Es el eco del Sello Mayor… activándose. Aria sintió la sombra erguirse dentro de ella. Emocionada. Hambrienta. Reconociendo algo similar afuera. —¿Qué significa? —preguntó. Serin tragó. —Significa… que el juramento que te ataron no es el único. El aire se congeló. Damián frunció el ceño. —¿Hay… otra criatura? —No —respondió Serin con voz baja. —Hay otra puerta. La noche volvió a caer sobre el santuario, pesada, expectante. Y por primera vez desde que la contuvo… Aria no sintió que la sombra quisiera escapar. Sintió que quería encontrarse con algo. Como si, muy lejos, otra oscuridad hubiese escuchado su respiración y respondiera.
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