El amanecer llegó gris. No dorado. No cálido. Gris. Como si el cielo también estuviera cansado. El castillo despertó más lento de lo habitual. Nadie corrió. Nadie gritó órdenes. No hubo el zumbido suave del sistema rúnico reiniciándose, ni la vibración familiar del juramento acomodándose en el pecho de Aria. Porque nada de eso volvió. Las runas seguían muertas. El juramento… apenas un susurro lejano. Y el silencio empezaba a ser peligroso. No por vacío. Por incertidumbre. La gente necesitaba certezas. Y Aria ya no podía dárselas. Los primeros problemas llegaron antes del desayuno. Tres discusiones en el patio. Un guardia que exigía volver a activar el protocolo automático. Un grupo de familias pidiendo evacuar hacia el sur. Dos curadores que querían reinstalar las runas a

