El primer error del juramento no fue violento. Fue lógico. Eso lo hizo más grave. Aria estaba despierta cuando ocurrió, aunque no supo identificar el momento exacto en que algo se desalineó. No hubo sacudida ni dolor inmediato. Solo una sensación seca, precisa, como cuando una palabra conocida cambia de significado sin aviso. Elías respiraba a su lado, profundamente dormido. Su mano descansaba abierta sobre el suelo de piedra, a pocos centímetros de la de ella. No se tocaban, pero la cercanía era deliberada, sostenida incluso en el sueño. El juramento observó eso. Y decidió intervenir. No para separarlos. No para castigarlos. Sino para reproducir el efecto. Aria se incorporó de golpe. —No —dijo en voz alta, antes de entender por qué. El vínculo respondió con una presión suave,

