Observo entre mis manos el libro que sostengo.
Dulce Tentación. El libro que le vi a Stefan y el cual llamó por completo mi atención.
Debo admitir que me costó encontrarlo. Tuve que ir a unas tres librerías para dar con él, porque lo tenían agotado. Al parecer está siendo muy popular y se venden rápido. Tuve suerte de haber dado con uno de los últimos cinco que había.
Apenas lo compré, lo escondí en mi sudadera y corrí a mi edificio para que nadie me viera que llevaba conmigo un libro de romance gay.
Así que ahora estoy aquí: en mi apartamento, husmeando en las primeras páginas del libro. El comienzo no lo entiendo mucho, parece como si estuviera narrado en pasado o fuese un evento que se concretará más adelante. El capítulo uno es muy s****l e intenso. Pero es solo el protagonista follándose a una chica.
No puedo evitar sentirme perturbado y confundido con las siguientes líneas. No puedo evitar identificarme con todo lo que el protagonista dice y hace. Pareciera que soy yo quien narra todo, o simplemente es mera coincidencia.
Curioso por el autor o autora que haya escrito esto, busco su nombre.
E. Roxette. Es su seudónimo. Eso no me ayuda mucho a buscar a quien sea que esté detrás de estas letras.
Aún así, tecleo en mi computadora el nombre del libro y el seudónimo del autor.
Me doy la exhaustiva tarea de buscar por todos lados al autor. De tratar de saber quién es o qué otros libros tiene. Pero no hay nada. Al menos, en las r************* donde sale no hay fotos de él o ella, solo de su libro y las grandes ventas que ha tenido. Incluso en la descripción de su libro no hay mucho que contar, tampoco hay una foto.
«Qué extraño», pienso.
Y entonces, ocurre...
Cuando bajo distraidamente por el navegador, encuentro nuevamente su seudónimo. Con toda la curiosidad impresa en mí, le pico ahí y me lleva a una página, tal parece de lectura.
«Es una app de literatura». Me dice el subconsciente.
A mi vista salta su perfil —sin una foto de la persona, claro está— y el montón de libros que tiene. Son diez y, entre ellos, obviamente está el que he comprado hoy, pero obviamente no están todos los capítulos ahí. Todos son de romance gay. Todos, y cada uno de ellos, terminados. Exacto por uno que apenas está en actualizaciones.
Al parecer esta persona es fan de este tipo de romance y me encuentro preguntándome si mi profesor también lo será. Si él también leerá todos estos libros o es solo una simple coincidencia y solo fue este el que llamó su atención.
Como un tonto y guiado por mis impulsos curiosos, decido buscar la app en mi celular. La descargo y, acto seguido, me creo una cuenta para volver a buscar a la persona y seguirla, solo para estar al pendiente de aquel libro que recién está escribiendo.
«¿Qué carajos te ocurre, Demian?». Me reprime el subconsciente. «¿Por qué de pronto sientes curiosidad por este tipo de cosas?».
Ni siquiera yo tengo esa respuesta para mí mismo.
Tal vez se deba a que estoy aburrido. Que ya ni estar con Elisa me pone de buen humor. Tampoco quiero enfrentar a Lottie o hablar con ella. Todo en mi vida se ha vuelto tan monótono, que no quiero hacer nada más. Al menos esto, la literatura, es algo en lo que no había indagado. Se siente como algo nuevo que puede romper mi rutina.
Además, necesito salir de mi zona de confort.
Estoy a punto de volver a mi lectura, cuando mi teléfono empieza a sonar encima de la mesa. Tan sólo tomarlo entre mis dedos y ver el nombre de Elisa en la pantalla, no puedo evitar rodar los ojos al cielo.
No quiero contestarle. No quiero saber nada de ella por ahora. Pero también soy consciente que si no le devuelvo la llamada, va a venir hasta mi apartamento, y no puedo huir.
Así que, con todo el desgano del mundo y las inmensas ganas que tengo de tirarme por la ventana, descuelgo la llamada y contesto.
—Elisa...
—¿Estás libre? —pregunta sin rodeos.
—Hola para ti también, mi amor —digo, con sarcasmo.
—Demian, no hay tiempo para los saludos —dice, y su comentario logra sacarme de balance—. ¿Estás libre? —Vuelve a preguntar.
De manera automática mi vista viaja hasta el libro que descansa sobre mis muslos. Quiero decirle que sí, que estoy ocupado y que no puedo verla hoy, si es eso lo que pretende hacer. Pero, al mismo tiempo, no quiero rechazarla. A pesar de sus gustos raros y esta relación que inició, no es mala persona. Solo es una chica joven que quiere experimentar.
Aunque también preferiría quedarme en casa a leer.
—¿Demian?
Me alejo unos centímetros el celular de la boca, solo para que no me escuche suspirar con pesar.
—No —digo, finalmente—. No estoy ocupado. ¿Por qué?
—Quería invitarte a un lugar —dice.
Mi ceño se frunce, confundido.
—Sé que has estado muy raro últimamente, muy pensativo. —Continúa hablando—. Debe ser el estrés o algo parecido, así que quería llevarte a un lugar para que puedas relajarte.
—¿A dónde? —No puedo evitar preguntar.
Suena una risita del otro lado.
—Es una sorpresa, no puedo decirte. Pero paso por ti en una hora. Sé que te va a gustar.
Y sin esperar respuesta, cuelga la llamada.
No sé qué hacer. Me quedo inmóvil sobre mi sitio. Me quedo así lo que parece una eternidad, hasta que decido que es hora de levantarme y arreglarme para ir donde Elisa quiere. Solo espero que no sean algunas de sus tantas propuestas de estar con otras personas.
«Si ya no estás cómodo, deberías decírselo». Me susurra el subconsciente y sé que tiene razón.
El problema es que aún no sé cómo decirle. No sé cómo rechazarla sin herir sus sentimientos de por medio. Así que durante estas semanas que he estado más insatisfecho con nuestra relación abierta, lo único que he hecho es callarme y seguir con lo que quiere.
Me levanto de la silla y guardo el libro en uno de los cajones del escritorio —el último— y procedo a preparme para salir con Elisa.