capítulo 2

1265 Words
Levantó una ceja. —El reverendo estaba cometiendo adulterio. ¿Acaso eso no lo convierte en un hipócrita?, pregunté, lamiéndome los labios. Eran labios carnosos, rojos y exuberantes. La última noche que salí con ellos, Ricky los llamó labios de chupapollas. Tuvo la osadía de querer que le hiciera una felación... ¡a la hija de un predicador! ¡Ay, si tan solo hubiera sabido la verdad, si hubiera despertado a mi cuerpo, lo habría hecho con gusto! Los adultos fingían hablar de lo pecaminoso que era el sexo, pero todos lo practicaban. Engañaban, follaban, disfrutaban con pasión carnal. Era tan injusto que me lo negaran. Desde que vi Padre y Donna, me he masturbado en cada oportunidad que he tenido. Era excitante, incluso estimulante. —Sí... lo hace —dijo el diácono Bill, tragando saliva tras un momento—. ¿Y estás seguro? Asentí con la cabeza. —¿Y con una mujer casada? —Alzó la vista—. Una m*****o de la congregación. Volví a asentir con la cabeza. —¿Con quién? —Eso no importa en absoluto —gemí, intuyendo que si revelaba que era su esposa, solo lo distraería de mi propósito—. Pero es tan pecaminoso de su parte. Tan hipócrita. Siempre está predicando sobre la inmoralidad s****l. Siempre condenando a los que fornican. —Me lamí los labios—. Y yo tengo tantas ganas de fornicar. Sus ojos se abrieron de par en par. Volvió a mirar hacia la puerta. —¿Qué estás diciendo, Alexandra? —Estoy nerviosa. Y... esperaba que pudieras ayudarme. Es tan injusto que él se divierta así. Yo quiero divertirme. Verlo... me ha hecho reflexionar. —Extendí la mano sobre su escritorio y toqué su corbata azul oscuro. —¿No me ayudarías? —Estoy casado —gimió. —¿Y bien? —pregunté, mientras mis dedos se deslizaban más abajo por su corbata. Era de seda y se sentía maravillosa. —Eres la hija del predicador. —¿Y? —Estoy casado. —Eso no detuvo a mi padre. —Mi mano llegó hasta el borde de su corbata. Acaricié su abdomen a través de su camisa blanca antes de bajar hasta sus pantalones azul oscuro. Estiré el cuello, vislumbrando su bulto. —¿Por qué habría de detenerte? Su silla crujió al moverse. —Eres una niña. —Tengo dieciocho años —ronroneé, mientras mis dedos bajaban. Mi coño se estremeció pecaminosamente al acariciar su bulto—. Mmm, esto se siente muy bien. Me encantaría aprender a hacer una felación. —¡Señor, ten piedad! —gimió, con el rostro enrojecido—. ¡Qué ramera pecadora eres! Su tono de voz cambió. Su mirada se endureció. Me agarró la mano y la apartó de su entrepierna. Jadeé al sentir la fuerza con la que me sujetaba. Se puso de pie, su silla se deslizó hacia atrás sobre sus ruedas y caminó alrededor de su pequeño escritorio, tirando de mi brazo con él. Derribé su portalápices, derramando los bolígrafos por el suelo. —¿De verdad quieres ser una puta, Alexandra? —preguntó con voz firme. Esa palabra me heló la sangre. Casi grité: —Quiero ser una puta como tu mujer. —Pero no lo hice. Tenía el presentimiento de que aquello no acabaría bien. A ningún hombre le gusta oír que su mujer le es infiel, ni siquiera cuando está a punto de que una chica de dieciocho años le chupe la polla. —Sí —dije en cambio. Sonrió, y sus ojos se posaron en mi corpiño. El vestido era ajustado, y mis pechos se marcaban en la parte delantera. Ya tenía más pecho que mi madre. Unos pechos bonitos y redondos, talla doble D, la envidia de todas las chicas del colegio. Y era evidente que le gustaban. —Te has convertido en una verdadera fulana —dijo. —He notado cómo has crecido, cómo has madurado. Me he preguntado si tendrías un coñito caliente debajo del vestido, empapando tus bragas. Nunca había oído la palabra "coño". Sonaba tan repugnante. Enseguida supe a qué se refería y gemí: —Es un coño tan mojado. —Un escalofrío travieso me recorrió. Me encantaba la palabra y las sensaciones que despertaba. Mi cuerpo tenía tantos placeres que ofrecer. —Entonces arrodíllate, puta —gruñó—. No tenemos mucho tiempo. —No, diácono. Así que me arrodillé con mi mejor ropa de domingo y extendí una mano. Le bajé la cremallera del pantalón. Los extremos de su camisa asomaban como dos orejas de gato. Los aparté y deslicé la mano por la abertura de su ropa interior; había lavado la ropa de mi familia suficientes veces como para saberlo. Me estremecí al sentir su pene duro y palpitante en mi mano. Fue maravilloso. Una oleada obscena me recorrió. Lo saqué, mirando fijamente mi primer pene. v***a, polla, zorra. Era largo y grueso. Mi coño se contrajo. ¿De verdad cabría uno dentro de mí? Lo averiguaría. Pero no con este. Tenía en mente otro tipo de pene. Y sería algo tan pecaminoso. Acaricié su pene, disfrutando de la forma en que la piel se movía sobre el tronco duro. Palpitaba. La punta era rosada, se abría como un hongo y era suave. De una hendidura goteaba un líquido transparente, no orina. Curiosa, me incliné y lamí la punta. Tenía un ligero aroma salado. —Eso es, puta —gruñó—. Lame la punta. Déjala bien mojada para esa boca de zorra. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Mi mano libre, que no estaba ocupada con su pene, se deslizó entre mis muslos. Me subí las medias hasta llegar a mis bragas. Me estremecí, frotando mi piel ardiente a través del algodón. Mis fluidos se filtraron al instante, manchando mis dedos mientras volvía a lamer su m*****o. Mi coño virgen se contrajo. Oleadas de calor vertiginoso me recorrieron mientras le daba una segunda lamida a su polla. Saboreé la textura bajo mi lengua y cómo palpitaba. Salió más líquido transparente, manchando mi lengua. Sabía más salado. Sabía que algo brotaba de ellos. Las chicas susurraban sobre chupar pollas y tragar semen. Semen. Otra palabra sucia que estaba ansiosa por experimentar. —A los chicos les gusta que te lo tragues —presumió Carolyn una vez en el baño. Apuesto a que a Ricky sí. Si yo hubiera hecho esto, todavía sería mi novio. Mi lengua se agitaba sobre el pene del diácono Bill. Su rostro se contorsionó mientras sus manos recorrían mi cabello rubio. Acariciaba el fino vello mientras mi lengua lo exploraba, disfrutándolo como si fuera el helado más delicioso. —Oh, sí, eres una puta. El predicador crió a una zorra. Dios mío, qué cara tan inocente. Nadie tiene ni idea de que eres una puta chupasemen. Negué con la cabeza. —Ahora abre los labios. Chupa la punta como si fuera una piruleta. —Se rió entre dientes. —Chupa fuerte. Mis dedos frotaron con más fuerza mis bragas, presionando la tela contra mi hendidura húmeda mientras abría la boca y succionaba la punta de su pene. Mis labios lo envolvieron, mis dientes rozaron la cabeza mientras lo deslizaba dentro de mi boca. —Cuidado con los dientes, zorra —gruñó. Supongo que su pene era sensible. Los mantuve levantados mientras succionaba con fuerza. Mi lengua rozaba la punta de su pene mientras hacía los sonidos más obscenos: ruidos húmedos. La saliva corría por mi barbilla mientras succionaba una y otra vez, mi mano acariciándolo, mis dedos acariciándome a mí misma.
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