Desperté. Ni siquiera recordaba que me había quedado dormida. ─¿Qué pasó? ─pregunté mientras me recostaba. Giré la cabeza en todas direcciones. Creí que todo había sido, solo una horrible pesadilla. Que nada era real y que mi reina estaría aún con la cabeza pegada al cuerpo, moviendo alegremente sus largos cabellos rizados. Los prodigios se encontraban acurrucados en una de las esquinas de la habitación con la mirada baja y sin decir palabra alguna. Todos llevaban algunas heridas en el rostro, el cabello alborotado y la ropa sucia. Un poco más a la izquierda se encontraban, Patrick y Daniel, junto a la pequeña ventana donde, hasta hace poco, vi por última vez a mi reina. Me quedé absorta por un instante en ella. No podía hacerme a la idea de que todo lo que estaba pasando fuera real.

