Capitulo 6.
—¿Emma? ¿Otra vez en las nubes? —la voz de mi madre, ahora de treinta y seis años, rompió el recuerdo.
—Lo siento, mamá —dije, dejando la taza en el plato con un clic seco—. Solo recordaba el día que conocimos a Raúl. Estaba pensando en lo mucho que han cambiado las cosas desde entonces.
Raúl se atragantó ligeramente con su café. Se aclaró la garganta y se levantó de la mesa de golpe, evitando mi mirada.
—Tengo que irme —dijo con voz ronca—. Tengo mucho trabajo antes de la cena de esta noche.
—Pero si todavía es temprano... —comenzó Sofía, extrañada.
—Nos vemos en el restaurante, Sofía. Emma... —se detuvo un segundo, su espalda tensa como un cable de acero—. Intenta no llegar tarde hoy.
Salió de la cocina sin mirar atrás. Sofía suspiró, mirando la puerta por donde él había desaparecido.
—A veces me preocupa, Emma. Raúl se toma todo con demasiada intensidad. A veces siento que... que hay una parte de él a la que nunca he podido llegar.
Me incliné hacia adelante, tomando la mano de mi madre entre las mías. Mis dedos, los mismos que Raúl había besado desesperadamente anoche, apretaron los suyos con una falsa ternura.
—No te preocupes, mamá. Yo creo que Raúl tiene exactamente lo que se merece.
Esa tarde, mientras me preparaba para la cena, el silencio de mi habitación me obligó a mirar las fotos viejas en el estante. Antes de Raúl, antes de los secretos y de esta guerra de poder, mi mundo era un lugar mucho más blando.
Crecí en una casa llena de mujeres y de mimos, pero marcada por un hueco con forma de hombre que nunca se llenó. Mi padre no era más que un nombre en un papel, una ausencia que mamá intentaba compensar con regalos caros y mis abuelos con una adoración que rozaba lo asfixiante.
—Eres nuestra reina, Emma —me decía mi abuelo mientras me compraba el tercer juguete de la semana—. Lo que quieras, solo pídelo.
Crecí creyendo que el mundo estaba diseñado para complacerme. Si lloraba, tenía un dulce; si me portaba mal, tenía un abrazo. Mamá, a sus veintitantos, me trataba más como a una muñeca o una hermana pequeña que como a una hija. Me vestía con encajes, me peinaba con lazos perfectos y me llevaba a todas partes como su accesorio favorito.
Nunca hubo una voz firme que me dijera "no". Nunca hubo una figura masculina que pusiera límites en mi jardín privado. Por eso, cuando Raúl apareció en nuestras vidas, no solo vi a un hombre atractivo; vi el primer "muro" que no podía derribar con un capricho.
Él era la disciplina, la autoridad y la seriedad que nunca tuve. Y quizás por eso, mi mente retorcida no quería que me castigara... quería que me perteneciera.
Me terminé de aplicar el labial frente al espejo. La niña mimada por sus abuelos seguía ahí, pero ahora tenía armas mucho más peligrosas que un berrinche.
Escuché que Raúl regresaba del trabajo antes de irnos al restaurante. El sonido de sus zapatos en el pasillo me hizo sonreír. Él creía que podía controlarme, que podía imponerme las reglas que mi familia nunca me dio. Pero lo que él no entendía es que a una niña a la que se le dio todo, nunca se le enseñó a compartir sus juguetes.
Y ahora, él era mi juguete favorito.
Salí de mi habitación justo cuando él pasaba hacia la suya. Me detuve en seco, obligándolo a hacer lo mismo.
—Mis abuelos siempre decían que yo merecía lo mejor del mundo, Raúl —le dije, apoyándome en el marco de la puerta, observando cómo sus ojos evitaban bajar hacia mi vestido—. ¿Tú crees que soy caprichosa por querer lo que me gusta?
Raúl apretó los dientes, su mirada clavada en la pared detrás de mí.
—Creo que nunca tuviste a nadie que te pusiera en tu sitio, Emma. Y ahora es demasiado tarde.
—Nunca es tarde para aprender, ¿no? —me acerqué un paso, invadiendo ese espacio que él intentaba proteger con su frialdad—. Tal vez solo necesitaba al maestro adecuado.
Él me miró por fin. En sus ojos no había el cariño de los abuelos que me mimaban, ni la complacencia de mi madre. Había un fuego oscuro, una rabia contenida que me hizo estremecer.
—Tu madre nos espera en diez minutos —dijo con voz gélida—. No la hagas esperar.
Se encerró en su cuarto, pero yo me quedé en el pasillo, saboreando mi pequeña victoria. Él podía intentar ser la figura de autoridad que me faltó en la infancia, pero ambos sabíamos que la noche anterior, en el balcón, yo había sido la que dictó las reglas.
La cena se celebraba en un restaurante de techos altos y luces tenues, un lugar que respiraba una elegancia fría, muy parecida a la que Raúl intentaba proyectar. Sofía estaba sentada a su derecha, hablando animadamente con un socio sobre una nueva inversión, mientras yo me limitaba a observar la farsa desde el otro lado de la mesa.
De repente, el socio de Raúl, un hombre mayor de gestos pausados, se dirigió a mí.
—Sofía me contaba que has vuelto para quedarte, Emma. Debe ser un cambio grande después de tanto tiempo fuera. Tus abuelos estarían orgullosos de ver en qué mujer te has convertido.
—Ellos siempre pensaron que era perfecta —respondí con una sonrisa suave, sintiendo la mirada de Raúl quemándome la piel—. Me mimaron tanto que a veces olvido que el mundo no gira a mi alrededor.
Sofía soltó una carcajada y le puso una mano en el hombro a Raúl.
—No tienes idea, Alberto. Cuando Emma era pequeña, si quería la luna, mi padre subía al techo con una escalera. Recuerdo una vez, cuando cumplió seis años... lloró porque quería que su pastel fuera azul, pero el pastelero lo hizo rosa. Mis padres cerraron la pastelería y obligaron al hombre a rehacerlo en una hora.
Raúl, que había estado manteniendo una distancia gélida durante toda la velada, bajó la guardia por un segundo. Sus ojos se encontraron con los míos y, por primera vez, no vi deseo ni furia. Vi algo que me desarmó: compasión.
—Debió ser difícil —dijo Raúl, su voz mucho más suave de lo que esperaba—. Crecer pensando que cada deseo es una orden. Debe ser muy solitario cuando descubres que la realidad no funciona así.
El tono no era de burla. Era como si, por un instante, él viera a la niña pequeña que se escondía detrás del vestido ajustado y el labial oscuro. Raúl estaba viendo el hueco que mis abuelos llenaron con juguetes y que mi madre llenó con complacencia.
—A veces lo es —admití, bajando la voz, olvidando por un segundo el juego de seducción—. Te acostumbras a que nadie te diga que no, hasta que te encuentras con algo que no puedes comprar ni pedir.
Sofía se distrajo de nuevo con la conversación general, pero Raúl no apartó la mirada. La ternura en su rostro era algo que no estaba en mis planes. Me hacía sentir vulnerable, pequeña, y eso era mucho más peligroso que cualquier provocación s****l. Él no estaba mirando a su enemiga, ni a su amante prohibida; estaba mirando a una chica que nunca tuvo a nadie que le enseñara a ser real.
—Emma —susurró él, aprovechando el ruido de las risas en la mesa—, no tienes que ser perfecta para que te vean.
Ese destello de humanidad en él fue como una grieta en mi armadura. Por un momento, la "hija perfecta" y la "seductora oscura" desaparecieron, dejando solo a dos personas rotas compartiendo un secreto bajo la luz de las velas.
Pero el momento se rompió cuando Sofía volvió a nosotros, entrelazando sus dedos con los de Raúl.
—¿De qué hablan tanto ustedes dos? —preguntó ella, radiante.
Raúl recuperó su máscara de inmediato, pero el temblor en su voz lo delató.
—De cómo las personas nunca dejan de crecer, Sofía. Solo de eso.