Capitulo 4

1235 Words
Capitulo 4. La puerta principal se abrió y Sofía entró, rompiendo la burbuja de confesiones y desesperación en la que Raúl y yo estábamos hundidos. ​—¡Qué oscuridad! —dijo mamá, encendiendo la luz principal. El resplandor nos cegó a ambos, obligándonos a parpadear y a recuperar nuestras máscaras de porcelana—. ¿Qué hacen aquí parados como estatuas? ​—Discutíamos —soltó Raúl de inmediato, recuperando su tono frío, aunque su respiración aún era pesada—. Emma tiene ideas muy... ambiciosas para su futuro. ​Sofía rió suavemente, dejando su bolso en la consola. —Emma siempre ha sido ambiciosa, querido. No seas tan duro con ella. ​Mientras ellos intercambiaban palabras banales sobre el trabajo y la cena, yo me quedé paralizada, observando la nuca de Raúl. Sus palabras de hace un segundo —"Te deseo tanto que me duele respirar"— habían activado un mecanismo en mi memoria que creí haber bloqueado. ​De repente, ya no estaba en la sala iluminada. Estaba en la cocina, hace dos años, la noche antes de la boda. ​Recordé el frío del suelo bajo mis pies descalzos. Eran las dos de la mañana y la casa estaba sumida en un silencio sepulcral. Bajé por agua y lo encontré a él, apoyado contra la encimera, bebiendo directamente de una botella. Estaba a solo unas horas de jurarle amor eterno a mi madre, pero no parecía un novio feliz; parecía un hombre condenado. ​Él no me escuchó llegar. Me quedé en la sombra de la puerta, observando cómo sus hombros subían y bajaban. Cuando finalmente se giró y me vio, no hubo sorpresa. Hubo una aceptación trágica. ​—Vete a la cama, Emma —me había dicho esa noche con una voz rota. ​—¿Tienes miedo, Raúl? —le pregunté, acercándome paso a paso hasta que el espacio entre nosotros desapareció. ​En aquel entonces, yo tenía veinte años y una audacia que bordeaba la crueldad. Puse mi mano sobre la suya, la que sostenía la botella, y sentí cómo un temblor violento lo recorría. Él no me apartó. Al contrario, cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, como si mi tacto fuera el único castigo que merecía. ​—Esto es un error —susurró él aquella noche, pegando su frente a la mía. No hubo beso, pero nuestras respiraciones se mezclaron en un pacto silencioso de traición que duró una eternidad. ​Si él hubiera dicho "no" en ese momento, yo me habría detenido. Pero no lo hizo. Se quedó ahí, permitiendo que mi presencia lo marcara antes de caminar hacia el altar. ​—¿Emma? ¿Estás bien? —la voz de mi madre me trajo de vuelta al presente. ​Parpadeé. Sofía me miraba con curiosidad, mientras Raúl ya se alejaba hacia la cocina para servirse agua, evitando a toda costa cruzarse con mi mirada. ​—Sí, mamá —respondí, forzando una sonrisa perfecta—. Solo estoy cansada. El regreso a casa ha sido... intenso. ​—Ve a descansar, cielo —dijo ella con ternura—. Raúl y yo también subiremos pronto. ​Subí las escaleras lentamente. Al llegar al descanso del segundo piso, me detuve y miré hacia abajo. Raúl estaba de espaldas a mi madre, bebiendo agua tal como lo hizo hace dos años. Sabía que él también lo estaba recordando. Sabía que la boda no fue el inicio de su matrimonio, sino el inicio de nuestra cuenta regresiva. Esa noche, la casa se sentía como una olla a presión a punto de estallar. Escuché el murmullo de sus voces en la habitación principal, el sonido de la puerta cerrándose y, finalmente, el silencio denso que indicaba que mi madre se había rendido al sueño. ​Pero yo sabía que Raúl no estaba durmiendo. Un hombre no confiesa que le duele respirar por el deseo y luego simplemente cierra los ojos. Me puse un camisón de seda que se resbalaba por mi piel como una caricia. No encendí las luces de mi habitación; la luna que entraba por el ventanal era más que suficiente para lo que planeaba hacer. Salí al pequeño balcón que conectaba mi cuarto con el suyo, separados apenas por una barandilla de hierro y un abismo de moralidad. ​El aire de la noche era fresco, pero yo sentía que mi piel ardía. Me apoyé en el barandal, dándole la espalda a su habitación, sabiendo que las cortinas de su cuarto estaban entreabiertas. Sabía que él estaba ahí, sumido en la oscuridad, luchando contra el impulso de mirar hacia afuera. ​Pasaron los minutos. El sonido de los grillos era lo único que llenaba el vacío. De repente, escuché el siseo del cristal deslizándose. ​La puerta de su balcón se abrió. ​No me moví. Sentí el peso de su mirada recorriendo mi espalda, bajando por la seda de mi vestido hasta mis pies descalzos. Raúl salió al balcón, pero se mantuvo en su lado, agarrando la barandilla con tal fuerza que sus nudillos debían de estar blancos. ​—Vuelve adentro, Emma —su voz era un susurro ronco, apenas audible, pero cargado de una urgencia desesperada. ​—Hace calor, Raúl —respondí sin girarme, dejando que mi cabello cayera sobre un hombro, exponiendo mi nuca—. Y me gusta mirar las sombras. Se parecen mucho a nosotros. Siempre escondidas, siempre cerca pero sin poder tocarse. ​Escuché un paso. Luego otro. La distancia entre nosotros se redujo a nada. Él estaba justo detrás de mí, pero no me tocaba. Su calor era como un imán, una fuerza física que me atraía hacia atrás. ​—¿Por qué me haces esto? —preguntó, y esta vez su voz no tenía autoridad. Era la voz de un hombre quebrado—. Te confesé lo que me pasa para que te alejaras, para que tuvieras miedo de mí. No para que me busques en la oscuridad. ​Me giré lentamente. Sus ojos estaban fijos en los míos, brillantes por la luz de la luna y por una angustia que me hizo sentir un escalofrío de poder. Estábamos tan cerca que mi pecho rozaba los botones de su camisa de dormir. ​—No te tengo miedo, Raúl. Lo que me da miedo es pasar otros dos años fingiendo que ese pacto en la cocina no existió —levanté la mano y, con una lentitud tortuosa, rocé el borde de su mandíbula—. Esa noche no te detuviste por respeto a mamá. Te detuviste por cobardía. Pero ya no somos los mismos. ​Raúl cerró los ojos y soltó un gruñido ahogado cuando mis dedos bajaron por su cuello. Me tomó de la muñeca, pero esta vez no para apartarme, sino para sostenerse, como si yo fuera lo único que evitaba que se desplomara. ​—Si cruzo este balcón, Emma... —hizo una pausa, y su mirada bajó a mis labios con una fijeza depredadora—, no habrá vuelta atrás. No habrá más juegos, ni más papel de "hija perfecta". Seremos dos extraños destruyendo todo lo que nos rodea. ​—Ya está destruido, Raúl —le siseé, acortando la última distancia—. Se destruyó el día que me miraste en el altar y deseaste que fuera yo la que llevaba el velo.
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