Capitulo 8

1057 Words
Capitulo 8. Entré en la sala de juntas, una pecera de cristal con vista a toda la ciudad, y sentí que el aire se volvía denso. Al fondo, sentado tras una mesa de roble pulido, estaba él. Raúl ya no era el hombre vulnerable del balcón ni el esposo atento del desayuno; era el Vicepresidente de Operaciones. Sus anteojos de lectura y la frialdad con la que revisaba mi currículum lo hacían parecer un extraño. ​—Siéntate, Emma —dijo sin levantar la vista. ​La directora de Recursos Humanos, sentada a su lado, me sonrió. —Emma, como sabes, para este puesto de analista senior, la última palabra la tiene el jefe de área. Raúl es quien decidirá si encajas en su equipo. ​Me senté, cruzando las piernas con elegancia y manteniendo la espalda recta. Raúl finalmente levantó los ojos. Estaban vacíos de cualquier emoción, una máscara de profesionalismo absoluto que me irritó y me fascinó a partes iguales. ​—Tu perfil es excelente, Emma. Las notas de la universidad son impecables y tus pasantías en el extranjero te dan una ventaja —empezó a decir, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Pero este puesto requiere una lealtad absoluta y la capacidad de mantener la cabeza fría bajo presión. Requiere saber separar lo personal de lo profesional. ​—Soy muy buena manteniendo compartimentos estancos, Raúl —respondí, sosteniéndole la mirada—. Sé exactamente dónde termina una cosa y empieza la otra. La pregunta es... ¿tú lo sabes? ​La directora de RR.HH. parpadeó, sorprendida por el tono desafiante, pero Raúl ni siquiera se inmutó. ​—Si te doy este puesto, trabajarás directamente para mí. Reportarás tus avances en mi oficina, a veces hasta tarde. Viajarás conmigo a las plantas de producción. Serás mi sombra en esta empresa. ​Hizo una pausa deliberada, apoyando los codos en la mesa y entrelazando sus dedos. ​—No quiero distracciones. No quiero dramas familiares en los pasillos. Si aceptas, entras bajo mis reglas. Y mis reglas son estrictas. ¿Estás dispuesta a aceptar mi autoridad sin cuestionarla? ​Era una trampa. Me estaba ofreciendo el trabajo para tenerme bajo su control, para demostrarme que en este edificio él era el dueño y yo solo una empleada. O quizás, era su forma de mantenerme cerca porque, a pesar de lo que dijo anoche, no soportaba la idea de que me fuera a otro lugar. ​—Acepto las condiciones —dije con voz firme—. Me gusta trabajar bajo presión. Saca lo mejor de mí. ​Raúl guardó silencio durante unos segundos que parecieron horas. La tensión en la sala era tan alta que parecía que los cristales iban a estallar. Finalmente, miró a la directora de RR.HH. ​—Contrátala. Empieza el lunes. Esa tarde, poco después de que firmara mi contrato, mi madre me pidió que la acompañara a su despacho. Se sirvió una copa de vino y se quedó mirando el retrato de mis abuelos que presidía la habitación. Su mirada era de una solemnidad que rara vez le veía. ​—Emma, acércate —dijo, señalando la silla frente a ella—. Sé que trabajar para Raúl puede ser... exigente. Él no regala nada, y me alegra que te haya contratado por tus méritos y no por ser mi hija. ​Asentí, sintiendo un leve rastro de culpa al pensar en los verdaderos motivos que nos mantenían atados en esa oficina. ​—Esta empresa no es solo un negocio, Emma —continuó Sofía, bajando la voz—. Es el legado de tus abuelos. Ellos pasaron su vida construyendo esto para ti. Yo solo soy la custodia de ese sueño hasta que tú estés lista. ​Me tomó de las manos, y su calidez me quemó. ​—Si demuestras que puedes manejar la presión, si aprendes todo lo que Raúl tiene para enseñarte... tú heredarás este lugar. Quiero que seas la dueña de todo esto, que el apellido familiar siga en la cima. Es tu derecho de nacimiento, hija. ​Me quedé helada. Heredar la empresa significaba que, en el futuro, yo sería la jefa de Raúl. O que trabajaríamos codo a codo por el resto de nuestras vidas. El "legado familiar" ahora se sentía como una cadena de oro. Mi madre me estaba entregando las llaves del reino, sin saber que yo ya me había colado en la habitación del rey. ​—Haré que te sientas orgullosa, mamá —susurré, y por primera vez, no era una actuación. Una parte de mí quería desesperadamente ser esa mujer que ella imaginaba. El lunes llegué a la oficina media hora antes. Raúl ya estaba allí. Me miró desde su despacho de cristal mientras yo me instalaba en mi nuevo escritorio, situado estratégicamente justo frente a su puerta. ​A las diez de la mañana, me llamó por el intercomunicador. —A mi oficina. Ahora. ​Entré y cerré la puerta. Raúl estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí. ​—He hablado con Sofía —dijo sin girarse—. Me contó sus planes sobre tu herencia. Cree que eres la futura dueña de este lugar. ​—Lo soy, Raúl. Es el legado de mis abuelos. ​Él se giró lentamente, apoyándose en su escritorio. Su mirada era una mezcla de ironía y desafío. ​—Entonces, "jefa", tenemos un problema. Para ser la dueña, primero tienes que sobrevivir a mí. Y te advierto una cosa: aquí adentro, no eres la nieta de nadie, ni la hija de la presidenta. Eres mi subordinada. Y hoy, tu primera tarea es auditar los gastos de la planta de producción. Son cinco mil folios. No te vas de aquí hasta que termines. ​—¿Cinco mil? Eso me tomará hasta la madrugada —dije, desafiándolo con la mirada. ​Raúl se acercó a mí, rodeando el escritorio hasta quedar a escasos centímetros. Su aroma a sándalo y café llenó mis sentidos, recordándome el beso en el balcón. ​—Entonces será mejor que empieces pronto —murmuró, bajando la voz para que nadie fuera del cristal pudiera sospechar—. Porque si quieres heredar este imperio, Emma, vas a tener que aprender que el poder no se recibe... se arrebata.
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