Elira
Con algo de desánimo tuve que levantarme para asistir a la clínica. Se suponía que tenía que levantarme muy ansiosa porque finalmente me había graduado y con honores, pero la felicidad no habitaba en mí.
Hoy opté por elegir un vestido blanco con una chaqueta ejecutiva de color n***o, y unos tacones no tan altos del mismo color. Me hice una coleta para tal vez verme más autoritaria y apliqué poco maquillaje en mi rostro, tan solo máscara de pestañas y un labial carmesí.
Tan pronto como llegué a la clínica recé para no toparme con Salvatore. Lo que menos quería era encontrármelo, no quería ni mirarlo a los ojos, y si decidió no darme el trabajo pues preferiría que me lo dijera su secretaria. No quiero ver aquellos ojos llenos de rencor y de venganza que se han apiadado de él.
Ni siquiera pude dormir bien anoche porque sus palabras retumbaban en mi cabeza y las imágenes que me hice sobre la maestra Margot siendo tocada y besada por Salvatore me descontrolaba por completo, ni siquiera sé cómo logré quedarme dormida las únicas cuatro horas que pude descansar.
-Buenos días, Dra. Evans - me saludó muy sonriente Camila, la secretaria del mafioso.
-Buen día, Camila - le contesté tratando de ser amable.
Ella no era mala, solo que si muy chismosa. Cuando menos creías ahí estaba ella observándote, y esa sonrisa Colgate que llevaba todo el tiempo me parecía un poco estresante. ¿También se la habrá ligado Salvatore?
Por Dios Elira, no recién terminas de graduarte? Acaso no sabes que suponer no es sano?
Nosotros como seres humanos hacemos suposiciones de cómo los demás piensan, qué hacen o cómo van a actuar, e incluso llegamos a tomárnoslo como una cuestión personal, culpándoles después por todo ello. Además también suponemos sobre nosotros mismos. Por lo que podemos afirmar que la mayoría de las veces que hacemos suposiciones, nos estamos buscando problemas.
Suponemos, malinterpretamos, personalizamos y hacemos de un grano de arena, una montaña. Creamos un drama procedente de una idea errónea.
-Tengo buenas noticias para usted, el señor decidió que la quiere en la clínica. El puesto es suyo - me dijo entregándome una carpeta con mi contrato laboral.
Suspiré profundo y un cosquilleo en lo más interno de mi encendió una chispa de esperanza.
-Muchas gracias, Camila - le dije tomando la carpeta en mis manos.
-Tienes que pasar por donde el señor Lombardo, luego de que firmes el contrato - me informó.
Mierda, tenía ganas de preguntarle, ¿no puedo dártelo a ti, Camila? Pero eso se vería muy extraño.
-Está bien, gracias. De todas formas te iba a preguntar si no hay vacantes para impartir consultas individuales? - me miró y apretó sus labios.
-Emm... sobre eso...- carraspeó - El señor no quiere, me dijo que lo tienes prohibido. Y fíjate que si hay - me contestó rascando su nuca.
Ese maldito!
-Pero... - me ahorré el mal comentario - Por qué!?- le cuestioné
-No lo sé Dra. yo le dije que muchos pacientes se me han acercado para preguntarme sobre si ofrece las consultas de manera individual y el Señor Lombardo se ha negado rotundamente - me contestó.
Pero qué egoísta!
-Sabes si ya llegó? Él está en su oficina? - le pregunté
-Si Dra. pero no quiere ver a nadie - me contestó
-No me importa que no quiera ver a nadie -le dije cruzándole por el lado, rumbo a esa oficina.
-Dra. Evans, no puede pasar. El señor se enojará conmigo - la escuchaba decirme mientras me seguía detrás.
No le presté atención, claro que no.
Giré el manubrio de la puerta, mirando a Salvatore espantarse ante nuestra entrada.
-Señor, le dije a la Dra. que no podía pasar, pero no me ha hecho caso - le dijo la muy quejona a su patrón.
¿Acaso le tenía miedo? Porque yo no.
Salvatore me miró fijamente.
-No te preocupes Camila, puedes retirarte. Yo hablaré con la Dra. Evans - le dijo con cierta amabilidad.
Cuando la vi marcharse, cerré la puerta detrás de mí.
-¿Que se le ofrece? - tuvo el descaro de preguntarme.
-Se me ofrece golpearte, ¿te parece? -
Río a carcajadas sarcásticas, haciéndome enojar.
-Ni cuando eras mi novia te permitía hacerlo y lo voy a permitir ahora? - me preguntó
-Cualquiera que te escucha piensa que es cierta toda esa arrogancia y ese machismo. Que no se te olvide que fui tu nena consentida. Que ahora tengas una vieja, pues son otras cosas - mordió sus labios.
-Si vienes a provocarme no voy a ceder, además hablaste a la perfección, antes, del verbo pasado. Ya no. Dime que quieres, Elira - me tuteó
-Para usted soy Dra. Evans, a mí no me tutee- ladeó su cabeza.
Antes de que hablara le coloqué mi mano en frente para que no fuera hablar.
-Quiero y tengo el derecho de poder ocupar también el puesto de Psicóloga individual. ¿Por qué me lo has prohibido? - fui directo al grano.
-Por que quisieras tu tener dos puestos? Yo tengo que darle oportunidad a los demás- me contestó.
Por supuesto, no le creía ni un poquitín.
-Eso es mentira. Rechazaste un montón de pasantes, te faltan muchos empleados y yo soy buena, lo sabes - le dije hablándole con calma.
Me miró por unos segundos.
-Por que tener dos puestos? - me preguntó
-Porque no me caería mal otro sueldo. Además, puedo cubrir los dos a la perfección. Trabajaría en la mañana dando terapia de pareja y de tres a cinco, atendiendo mis pacientes de manera individual- me expliqué
-Yo que te trataba como a una reina y no tenías que trabajar, resulta que ahora tienes que matarte con dos puestos - me pareció su comentario algo burlón y me molestó mucho.
No quería perder la calma porque eso me restaba puntos y ya él no era mi pareja, si no mi jefe.
-Pues yo orgullosa de no ser más tu reina, mira que me encanta mantenerme con mi propio esfuerzo. No quiero tener bacinilla de oro, para escupir sangre - al parecer ese refrán lo enojó tanto que se levantó de su silla y se acercó a mí de manera muy veloz, tomándome por la cintura y apegándome de muy mala manera contra la pared, lastimándome un montón al sentir mis huesos estrellarse contra el concreto y un pequeño dolor azotar mi cabeza.
-Me lástimas, suéltame - apenas pude decirle entre un susurro desgarrador que más que físico era sentimental al ver la manera en que había dejado de importarle si me lastimaba.
Su mirada dejó de ser tan odiosa, me transmitió temor, más bien.
-Por que eres así? No me provoques - trató de rozar sus labios con los míos pero volteé mi cara y me contuve ante la cercanía de nuestros cuerpos.
Me había dolido la brusquedad con la que me trataba, tal vez en otros tiempos le hubiese gritado que era una bestia y un animal, pero finalmente solo me deja a entender todo el daño que le hice, que incluso había afectado en su manera de tratarme.
Al ver que lo rechacé sus ojos me mirarnos tratando de buscar una respuesta y se la daría.
-No trates de besarme, no pierdas tu tiempo besando unos labios que no te gustan. Solo dame el empleo, sabes que estoy lo suficientemente preparada y la clínica me necesita, además de que te conviene más a ti que a mí, al final eres tú quien ganas más dinero. Demuéstrame que no sientes celos, y que no te importa que me encierre con otro hombre para ayudarle como su psicóloga. Muéstrame que eso te importa muy poco, lastímame de esa manera y no rompiendo casi mis huesos azotándome contra la pared -
Tras esas palabras que dije con la garganta hecha nudos y con ganas de llorar lo vi entreabrir su boca y sin saber que decirme tan solo me soltó dejándome libre de su encarcelamiento con su cuerpo.
-Tiene el puesto Dra. Evans - me dijo dándome la espalda.
-Gracias, Señor - tapé mi boca para no sollozar delante de él y más rápido que una bala, salí de aquella oficina.