—Está bien— le gritó desde lo alto—, sube despacio y, si tienes miedo, bajaré a ayudarte. —No tengo miedo— contestó ella, casi indignada. Recogió su falda, con sus tres enaguas almidonadas, antes de empezar a subir. Habría sido más fácil, pensó Grace, si la moda no decretara que las mujeres usaran faldas tan amplias, pero ella logró subir con agilidad. Sólo cuando estuvo ya muy cerca del Nido de los Cuervos, Lord Damien se inclinó para tomarla de los brazos y ayudarla a subir el último tramo. Fue excitante sentir las manos de él sobre su piel desnuda y cuando por fin la depositó en el piso de madera y se quedó a su lado por un momento, ya no pudo pensar en nada más. Miró a su alrededor y lanzó un grito de alegría. El Nido de los Cuervos era mucho más grande de lo que esperaba. Tenía

