Jia extendió sus pequeños brazos. —¿Me cargas? Matthew la miró. —No. —Lo entiendo —la pequeña asintió—. Eres de los que callan cuando están tristes. —¿Quién te dijo que estoy triste? No le sorprendió el tono cortante. —A veces yo también me siento triste. En especial cuando veo a mis hermanitos siendo adoptados. Me siento muy feliz por ellos porque encuentran un hogar, pero me pongo triste porque yo no encuentro a mi familia. —La pequeña de cabello n***o sonrió—. Pero sé que la familia indicada sigue por ahí, buscándome. Matthew sintió que se le encogía el corazón. Y no era de los que se conmovían con facilidad. La pequeña Jia seguía creciendo cada día más. Siempre que la volvía a ver, parecía haber crecido al menos tres centímetros de estatura. Pero seguía siendo un verdadero enca

