El pequeño Alejandro balanceaba sus piernas mientras esperaba sentado en las bancas de aquel horrible hospital. Su mami estaba adentro de una de las habitaciones, visitando a su hermanito Manuel. El pobre había empezado a respirar muy extraño por la madrugada y estaba cubierto de sudor. Lo habían traído corriendo para que los doctores lo curaran, pero seguía muy enfermo. Alejandro estaba triste porque no lo dejaban entrar a verlo, solo a su mami. Y cuando ella salía, a menudo tenía los ojos llorosos. —Por favor, tiene que darme un poco más de tiempo. Mi bebé aún no está bien, necesita seguir recibiendo sus tratamientos —era la voz de su mami. —Lo siento mucho, pero para que sigamos admitiendo a su hijo, necesita pagar al menos la mitad de la cuenta por hospitalización. Resulta que usted

