Bianca. Ni siquiera abrí los ojos cuando sentí un aroma peculiar colándose por mi nariz, tampoco los chillidos escalofriantes de personas. No sabía dónde estaba. Y no quería abrir los ojos para saberlo, me ardían debido a la explosión del avión. ¿Me había quedado ciega? No quería comprobarlo. Pero, ¿dónde estaba? El sitio era húmedo y frío, mis huesos amenazaban con quebrarse si no sentía algo cálido. Tragué duro. Intenté moverme. No pude, mis piernas estaban amarradas. —¿Don? —susurré con mi respiración irregular. Poco a poco abrí los ojos, solo una escena borrosa se proyectó en mi mente. Una habitación bañada en sangre, cuerpos ambos lados de mi descomponiéndose y unas horribles cadenas haciendo prisionero a un hombre. El pelinegro tenía la cabeza baja, mirando al suelo con todas su

