«Calma, calma. Tranquila, tranquila, por favor. Estoy aquí, estoy aquí. Shhh, mi niña».
Era lo único que resonaba en mi mente mientras me encontraba atrapada en un grito silencioso, tirada en el suelo con las manos cubriendo mis oídos, tratando de ahogar mis propios alaridos. No podía contenerlos; cada uno desgarraba mi garganta y quemaba mi pecho. Deseaba golpear mi cabeza contra el suelo, pero unos brazos firmes me sujetaban, aunque con escasa eficacia ante mis convulsiones.
—Basta, basta, basta. Por favor, ya para—repetía en un susurro quebrado.
No sabía a quién le dirigía esas palabras, pero era consciente de que algo me atormentaba; mi cabeza parecía estar a punto de estallar por el dolor insoportable. Las lágrimas nublaban mi visión, pero aún podía visualizar sus ojos en mi mente y esa sonrisa inquietante.
Era él. Estoy segura.
No era la primera vez que lo veía; estuvo presente la noche en que mi madre murió. Recuerdo su rostro; él se la llevó.
—No, no, no...
—¡Dalia, por favor! ¡Para! Me estás asustando, querida—la voz ahogada de Elena llegó a mis oídos y fue el ancla que necesitaba para volver a la realidad.
Poco a poco, mi respiración comenzó a regularse y mis gritos se apagaron. Me incorporé despacio sin atreverme a mirarla; mis ojos estaban fijos en un punto lejano. Mi cuerpo temblaba y sentía sus brazos masajeando mis hombros con dulzura, intentando calmarme.
—Cariño, por favor, háblame. Dime qué te sucede—me susurró Elena. No pude evitar romper en llanto y abrazarla. Me recordó a mamá, cuando me consolaba en las tormentas y me ayudaba a enfrentar mis miedos a la oscuridad.
—Lo siento, Elena, lo siento —logré responderle entre sollozos; mi voz salía amortiguada mientras escondía mi rostro en su cuello—. Tengo miedo... mucho miedo... y sé que tal vez no me creas, pero aquí había algo...
—Shhh, lo sé. Te creo —me interrumpió mientras me mecía entre sus brazos. Me sentí confundida por su respuesta y salí de mi escondite para mirarla a los ojos.
—¿De verdad me crees? ¿Por qué? ¿Qué sabes?
—Cariño... incluso la persona más escéptica sentiría la pesadez y mala vibra de esta habitación en este momento. Sé que hay algo... o al menos lo había. Mi piel se erizó apenas entré aquí y eso no me gustó.
—¿Cómo es posible esto, Elena? —le pregunté entre lágrimas.
—No lo sé... Solo puedo decirte una cosa...
—¿Qué cosa? —la miré con intensidad.
—Dalia... tu mamá era una bruja.
—¿Qué?
—Vamos a prepararte un té para que te calmes, y así te explicaré con más detalle. Sé que parece loco —dijo mientras me levantaba. Yo solo asentí, incrédula.
¿Qué estaba pasando?
***
Elena me había preparado el té como prometió. Se sentó frente a mí, tomando su bebida de un solo sorbo. Respiró hondo, y en su rostro se notaba la indecisión sobre cómo comenzar a contarme aquello. La esperé con calma, sin presionarla, aunque la verdad es que moría de ganas por saberlo todo.
—Vale... —comenzó—. Tu madre era muy peculiar, por así decirlo. Siempre decía que tenía una conexión única con la naturaleza. Desde pequeña, eso nunca me pareció raro; pensaba que eran esas cosas sobre plantas y animales —soltó una risa al recordarlo—. Luego empezó a decirme que quería ser una bruja; yo pensé que era una brujita de botica o algo así. Pero lo de ella era más "sobrenatural" que natural —hizo una pausa para tomar un sorbo de su té—. Poco a poco sentí que se distanciaba; pasaba horas encerrada en casa, y su forma de vestir cambió drásticamente. Todos en la universidad empezaron a mirarla raro. Un día decidí visitarla de sorpresa. Tu abuela me dejó entrar, y al subir a su habitación...
Guardó un profundo silencio.
—¿Qué pasó cuando subiste a su habitación? —insistí.
—Ella tenía símbolos dibujados por todas partes, estrellas y velas esparcidas por la habitación. Incluso vi un animal muerto...
—¿Bromeas? Eso no es posible... mi madre no... mi madre no era así.
—Sé que es difícil de creer, pero te lo digo en serio.
Me quedé incrédula.
—Creo que deberías seguir leyendo el libro; tal vez haya algo allí —sugirió con un suspiro.
—¿Ahora sí estás segura de que es el momento? —le respondí con un sarcasmo involuntario.
—Te dejaré para que lo hagas —respondió con una mirada molesta—. ¿Puedes estar sola o prefieres que me quede?
—No, lo leeré mañana; ahora no puedo, estoy...
—Entiendo, tranquila; estoy contigo.
—Gracias por todo... Te quiero.
—Y yo a ti —dijo regalándome una sonrisa cálida.
El silencio se hizo pesado, como si el aire estuviera cargado de secretos que no se atrevían a salir. Miré a Elena, sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación y cariño. A pesar de la extraña revelación sobre mi madre, sentía que había algo más profundo en todo esto.
—¿Por qué no me dijiste nada antes? —pregunté, tratando de comprender su reticencia.
—No sabía cómo. La verdad es que me asustó un poco lo que vi. No quería que pensases que te estaba hablando mal de tu madre —respondió con sinceridad.
—Pero ahora lo haces, ¿no? —replicé, sintiendo un nudo en el estómago.
—No... Quiero ayudarte a entender. Hay cosas que no podemos ignorar. Tu madre tenía un lado que desconocías y eso puede ser importante para ti —dijo mientras jugaba nerviosamente con su taza.
La idea de conocer eso desconocido sobre mi madre me aterraba.
—¿Y tú crees que yo... podría tener algo de eso? —pregunté, sintiéndome vulnerable.
—No lo sé. Pero creo que es posible.
—Pero sabes que realmente no creo en esas cosas...—le dije con duda.
—Dalia, hasta este punto tú deberías creer en todo—solto.
—Pero es imposible...
—O es eso, o te estás volviendo loca y deberías ir a un psiquiatra—Lo dijo de una forma muy dura y me quedé sin palabras.
—No sé que hacer... Una persona normal lo haría —mi voz se rompió.
—Lo siento... Sé que no es fácil, pero debes darle una respuesta a esto... Tú madre me pidió que siempre confiara y creyera en ti—me miro con dulzura—lo estoy haciendo.
No supe que responder y solo me acerque y deposite un beso en su frente y subí a mi habitación con miedo, pero estaba agotada... Simplemente ignore todo y caí muerta en mi cama.