1. Ella.
Aquel viejo bar era todo lo que necesitaba, el ambiente del lugar, la música le gusta. Ese chico en el escenario que cantaba tenía una voz que la llevaba lejos, donde los pensamientos no existían, era eso, justo lo que buscaba. Las personas ajenas a su mundo, lleno de falsedad podía pasar desapercibida, era lo que pensaba pero todo lo contrario muy cerca unos amables ojos verdes la miraban.
Se la comía con la mirada, literalmente.
Ella sólo quería olvidar las amarguras de su detestable vida. Sentirse libre por una sola noche. El alcohol estaba ayudando en un cierto punto pero por otro lado sólo la hacía recordar lo patética e infeliz que era y se odiaba por eso. Por ser tan débil por no poder hacerle frente a su padre y decirle que no se iba a casar con el hombre que había elegido para el resto de su vida.
Simplemente quería olvidar que tenía que casarse con un hombre que sólo lo había visto un vez en toda su vida. Las lágrimas la quemaban por querer salir pero se hizo la fuerte, jamás lloraría en ese lugar. Levantó su mirada un momento para pedir otra cerveza, entonces, sintió el peso de nuevo de unos ojos sobre ella, no quería mirar pero la curiosidad la mataba. Esa curiosidad que llevaba dentro estaba loca por salir a flote, estaba llena de vida por dentro pero su padre nunca la dejó ser quién es en realidad.
Su hermano mayor era el único que la quería tal como era en realidad una chica de 25 años risueña y alegre, que disfrutaba de la vida, que le encantaba bailar, cantar, apasionada del aire libre, leer libros de misterios, en toda su vida lo que más le adoraba era viajar por todo el mundo pero nunca la dejaron salir más allá de su ciudad natal. Le encantaba conocer culturas nuevas. Pero su padre había matado su espíritu.
Miró por el rabillo del ojo a quién quiera que estuviera a su lado. Unos enormes ojos verdes la miraban, penetrante. Los nervios se apoderaron de su cuerpo, trago saliva. Jamás nadie la habían mirado de esa forma. Aquel hombre debería de estar prohibido, pensó. Tenía que ser un sueño, alguna alucinación del alcohol, se dijo por dentro mientras lo observaba detenidamente. Era demasiado guapo para que la mirará de esa forma, se preguntó ¿Cuánto había bebido ya? No tenía ni idea, ¿cinco cervezas o 6? Tal vez, no recordaba.
Ningún hombre la había mirado de esa manera antes. El corazón le latía tan rápido, pensó en que le daría un infarto en cualquier momento. Se enderezó en su lugar, haciéndose ver más alta. Su cabellera negra azabache llena de rebeldes rizos le tapaba la mitad de la cara y lo agradeció. Sus mejillas estaban en un cierto tono rojo. Mejor dicho todo su cuerpo estaba rojo y temblando. Ese hombre tenía algo que la afectaba hasta ese punto y no lo conocía aun pero esa forma de mirarla la ponía impaciente. No dijo nada, era muy cobarde en ese tipo de acciones. Sé quedo en su lugar y trato de ignorar la mirada pero no resistió mucho, saco algunos billetes, revoloteando todo en su bolso. Le paso los billetes al camarero con nerviosismo. Se puso de pie alisando su vestido color café. Salió de allí a duras penas, el alcohol le había afectado más de lo que pensaba. No estaba en condiciones de manejar pero no podía dejar su coche aparcado en ese lugar. Mañana no recordaría donde lo había dejado y su padre le echaría una buena bronca.
—¿Perdona?— dice una voz muy varonil que la hizo detenerse de golpe.
Maldijo en silencio. No quería darse la vuelta pero, ¿y si era algún maleante y quería aprovecharse de ella? Pero aquella voz no podía ser de algún maleante, siguió su camino.
—Por favor, espera — esa misma voz sonó esta vez más cerca. Camino tan rápido como pudo hasta llegar a su auto. Los tacones le mataban pero no se iba a detener y jamás se lo quitaría en un aparcamiento. Su madre la mataría si se enterara de que su pequeña y dulce hija, se haya quitado los tacones en un aparcamiento y peor aún que estaba ebria. Tenía miedo. Era demasiado ingenua e inocente, frágil y dulce. Cualquiera se aprovecharía y se maldijo por ser tan buena persona.
No encontraba las llaves de su coche, su bolso era como buscar una aguja en un pajar.—Joder—susurro.
—Te has olvidado esto adentro — se dio media vuelta lentamente. Esos maravillosos ojos verdes la miraban directamente a la cara.
Recorrió todo su rostro: nariz perfilada, labios pequeños y rojos, mandíbula cuadrada, unos pómulos altos. Su pelo castaño estaba totalmente arreglado. Siguió bajando la mirada; hombros anchos, brazos tonificados y fuertes, nada exagerados, abdomen plano y muy dentro de ella se imaginó pasando la mano por ese cuerpo. Tenía unas piernas largas y esos vaqueros se ajustaban tan bien. Llevaba traje azul marino y camisa blanca por dentro de los vaqueros. Se encontró, ella misma, mirando el bulto de su entre pierna y se ruborizó hasta más no poder, levanto la mirada rápidamente. El hombre debería de estar entre los treinta y algo. Sus ojos siguieron estudiándolo, en lo último que se fijo fue en lo que tenía en sus manos... Sus llaves. ¿Cómo había dejado sus llaves? era tan organizada pero esa noche era todo lo contrario. Se quedó paralizada por unos segundos hasta que volvió en sí y camino cuidadosamente hasta el desconocido.
—Gracias—susurro. La voz le salía atropellada por ingerir tanto alcohol.
De seguro mañana tendría una fuerte resaca.
—No ha sido nada —le respondió, tenía que ser un hombre de una muy buena clase social, esos zapatos que llevaba eran muy caros, además de que su voz tenía un acento muy distinguido de alta sociedad, al igual que el de ella. En cuánto sus manos tocaron esos delgados y fríos dedos una corriente eléctrica le recorrió todo su delgado cuerpo. Los músculos de su vientre se contrajeron. Se mordió el labio delicadamente y el desconocido a su frente gruño sintiendo peligrosamente como el deseo se apoderaba de su cuerpo.
Algo en ella le hacía familiar pero no la recordaba de ningún lado en especial.
Llevaba horas mirándola en el bar, tratando de recordar de donde la conocía pero no logro recordarlo, entonces, la miró de arriba abajo y cómo ese vestido se le subió hasta los muslos cuando estaba hace unos minutos sentada a su lado en la barra del bar. Se imaginó pasando sus manos por sus piernas, por sus caderas y subiéndolas por su cintura. Gruñó y sintió como el m*****o se le endurecía. Volvió a la realidad. No era más que una simple chica que necesitaba ayuda y no dudo en ir a socorrerla.
Esa mujer se le metió en la piel desde el momento en que la vió.