A la metafórica hora del alba, bajo la sombra de un robusto árbol cubierto de un espeso verdor, Cora se sentaba con su flauta en mano, entonando una dulce melodía cuyo sonido se extendía hacia todo el campamento y sus alrededores. La melodía alcanzaba los oídos de los mestizos y místicos por igual, tocando sus corazones desde lo más profundo y causando un sentimiento de paz y armonía inexplicable. Casi como si se tratara de un hechizo. Las luciérnagas místicas iluminaban el campamento aquella hora, con brillos de colores en diferentes tonalidades, haciendo juego con la dulce tonada que la muchacha tocaba con su flauta. La que al cabo de un minuto siguió sonando por si sola y entonces la joven dejó salir una suave melodía de sus labios que recorrió todo el lugar, embriagando de ternura y s

