por causa de la distancia a que se encontraba de Lindelos, el árbol del sol, había allí una luz como la del atardecer del verano, salvo sólo cuando se encendían en la colina al crepúsculo las lámparas de plata, y entonces unas lucecillas blancas bailaban y se estremecían en los senderos persiguiendo motas oscuras bajo los árboles.
Éste era un momento de alegría para los niños, porque sobre todo a esta hora un nuevo camarada descendía por la senda llamada Miraculos o la Senda de los Sueños. Se me dijo, aunque la verdad no la conozco, que la senda llegaba por rutas desviadas hasta las moradas de los Hombres, pero nunca nos aventurábamos por esas rutas cuando nosotros íbamos allí, es ahí donde llegaban los niños cuando la aldea estaba y mi papá y Aitana cuidaban de ella.
Era una senda de márgenes profundos y setos colgantes, más allá de los cuales se erguían muchos árboles altos, donde parecía habitar un susurro perpetuo; pero no rara vez enormes luciérnagas revoloteaban por los bordes herbosos.
Ahora bien, en este lugar de jardines un alto portón enrejado que brillaba dorado en el crepúsculo daba a la senda de los sueños, y desde allí partían muchos caminos serpenteantes formados por altos setos de bosque hasta el más bello de todos los jardines, y en medio de ese jardín se levantaba una cabaña blanca. De qué estaba hecha o cuándo se habría construido nadie lo sabía ni lo sabe ahora, pero se me dijo que brillaba con una luz pálida, como de perlas, y que el techo era de paja, pero que esas pajas eran de oro.
Ahora bien, a un costado de la cabaña había un matorral de lilas blancas, y en el otro extremo un poderoso tejo con cuyos vástagos los niños construían arcos o por cuyas ramas trepaban al techo. Pero todo pájaro que alguna vez cantó, acudía a las lilas y cantaba dulcemente. Ahora bien, las paredes de la cabaña se inclinaban por la edad, y los múltiples ventanucos eran de un enrejado retorcido en las formas más extrañas. Nadie, se decía, vivía en la cabaña, que estaba sin embargo guardada en secreto y con celo por los Elfos, para que ningún daño le ocurriera, y los niños que jugaban allí libremente no sabían que hubiera alguna guardia.
Ésta era la Cabaña de los Niños o del Juego del Sueño, y no del Juego Perdido, como se cantó erróneamente entre los Hombres... porque ningún juego se había perdido entonces, y aquí y ahora ¡ay! está la Cabaña del Juego Perdido.
Éstos también eran los primeros niños: los niños de los padres de los padres de los Hombres que aquí vinieron; y por lástima los Elfos intentaron guiar a todos los que venían por esa senda hasta la cabaña y el jardín, temiendo que los extraviados llegaran a Kira y se enamoraran de la gloria de Tacus; porque entonces se quedarían allí para siempre y los padres se hundirían en un profundo dolor o errarían siempre en vano convirtiéndose en desarraigados y salvajes entre los hijos de los Hombres. Más aún, a algunos que llegaban al borde de los acantilados de Eldamar y allí se demoraban deslumbrados por las bellas caracolas y los peces de múltiples colores, los estanques azules y la espuma de plata, los conducían a la cabaña seduciéndolos gentilmente con el perfume de las flores.