Poco a poco, Nacho se fue reponiendo y, durante los días que estuvo en Madrid, en cuanto podía entraba en la habitación de su abuela. Estar en aquel lugar, donde los muebles no habían variado ni nada estaba fuera de lugar, era como regresar a su hogar. Allí olía a la colonia de su yaya, su olor seguía viviendo allí, y parecía que en cualquier momento ella abriría la puerta y aparecería sonriendo. En esos días, Lena y Nacho hablaron mucho y, entre lágrimas, ella le contó lo culpable que se sentía por los disgustos que le había dado a la yaya. Nacho intentó quitarle el sentimiento de culpabilidad. Lo ocurrido no había sido responsabilidad suya. La muerte de la yaya había sido por una enfermedad, no por problemas del pasado, como la estúpida mujer de Luis dejó caer en el tanatorio. Con org

