Nacho aceptó su abrazo. Llevaba esperándolo desde hacía días, pero al ver cómo los observaba la gente, se apartó de ella y murmuró: —Monito..., estás en el trabajo, hay mucha gente pendiente de nosotros y podrían llamarte la atención. —Ella asintió y él volvió a su reloj—. He de marcharme al aeropuerto. Papá está esperándome en la calle Arenal con el coche. —Te escribiré. Te lo prometo. —Vale. Espero esas cartas. —Nacho sonrió y, antes de marcharse, añadió—: Debajo del árbol de Navidad he dejado un regalo para ti. Pero ya he dado orden de que no se abra hasta que vengan los Reyes Magos, ¿de acuerdo? Al oír eso, Alba se sintió fatal. Sabía que le estaba fallando. En lo último que había pensado había sido en comprarle un regalo a Nacho. —Te quiero —murmuró. Dicho esto, él le guiñó un oj

