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2237 Words
15 Michelle no podía creerlo: estaba siendo obligada a vestirse ante la mirada de los dos policías. A pesar de haber desfilado una hora antes, vistiendo tan solo un pequeño bikini y ante un auditorio repleto de estudiantes y profesores, era muy diferente el estar desnuda y consciente de las sonrisas de los dos hombres vestidos de azul. Habiendo estado ad-portas de lo que hubiese podido calificar como su más atrevida, pero al mismo tiempo complaciente experiencia s****l, ahora se veía enfrentada a un problema que podría dejarla pasando la noche encerrada en una celda de la estación de policía. –Oficial, no entiendo, se supone que estamos en una playa nudista –dijo Dave mientras terminaba de ponerse los pantalones. Uno de los policías, de escasos pelos en su cabeza, puso las manos sobre su grueso cinturón de cuero antes de responder: –Una cosa es andar desnudos y otra muy diferente es la realización de actos íntimos en lugar público. –¿Nos van a arrestar? –preguntó Michelle una vez se vio cubierta por su vestido. –No tenemos otra opción, se trata de indecencia pública –dijo el otro policía, de cabellos rubios. Michelle sintió cómo todo su interior se aceleraba: lo que había empezado como una espléndida velada estaba próxima a convertirse en algo parecido a un infierno. Jamás había sido arrestada y, además, se perdería de la fiesta de celebración en la que iba a ser la gran homenajeada. –Por favor, señores oficiales, no lo hagan, miren que acabo de ganar el concurso de belleza de la universidad… –las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Michelle– y en unos minutos tengo que asistir a la fiesta de celebración que hacen en mi honor, no les puedo quedar mal. –Sí, oficiales, solo queríamos tener nuestra pequeña celebración, les prometemos que esto no volverá a pasar –dijo Dave. Las palabras de la pareja no fueron suficientes para convencer a los policías. Mientras el oficial de cabello rubio forzó a Dave a colocar sus brazos atrás de la espalda y le puso las esposas, el de escasos cabellos hizo lo mismo con Michelle, quien sintió cómo las lágrimas continuaban inundando sus mejillas. Pocos minutos después, habiendo superado los escalones de madera que llevan a la carretera, Michelle fue introducida en la banca trasera del auto de policía. A su lado quedó sentado Dave, quien no paraba de rogarle a los policías para que no los arrestaran. –Ya, cállate, por tus ocurrencias es que estamos aquí, ahora se me va a dañar todo, incluido el viaje en velero por el Caribe que le dan a la ganadora del concurso –le gritó Michelle a Dave entre sollozos. –También es culpa tuya, te hubieras podido negar –el tono de Dave estaba muy lejos de ser amistoso. Fue cuando el policía que no estaba conduciendo giró la cabeza y a través de la rejilla que separa la banca posterior con los asientos del frente dijo: –Guarden silencio si no quieren que les vaya peor. –¿Peor que esto? –dijo Michelle mirando a su alrededor–, no lo puedo creer. –Oh, sí, cariño, créeme que podría ser peor. Lo último en la lista de deseos de Michelle sería probar qué tan ciertas eran las palabras del policía, por lo que decidió cerrar la boca y limitarse a emitir sollozos. No tardaron más de diez minutos en llegar a la estación. Los pies descalzos de Michelle pisaron las frías lozas de la recepción del lugar, la que a esa hora se encontraba semivacía, pues solo un par de policías se encontraban en su interior. –¿Otro par de borrachos? –preguntó una mujer policía desde el escritorio de la recepción, con una pequeña sonrisa en su rostro. –Indecencia pública –contestó el hombre que conducía a Dave del brazo –los tortolitos estaban teniendo intimidad en la playa nudista. –Vamos, Joe, no puedes traerlos por eso, es la playa nudista –la oficial de policía blanqueó los ojos. –Una cosa es quitarse la ropa en ese lugar, otra muy diferente es tener actos sexuales en frente de todo el mundo –respondió Joe. –No había nadie en esa playa, Michelle y yo éramos los únicos –dijo Dave, su mirada puesta en la mujer policía. –Por favor, no nos hagan esto, Dave es mi novio y solo estábamos celebrando que gané el concurso de belleza de la universidad –dijo Michelle mientras las lágrimas continuaban inundando sus ojos. –Entonces eres toda una reina de belleza –dijo la mujer policía mientras se ponía de pie. –Solo gané el concurso –dijo Michelle antes de bajar la cabeza. –¿En verdad quieres encerrarlos por eso, Joe? –preguntó la mujer. –¿No te parece que es suficiente para presentar cargos? –A mí, no. Hay verdaderos criminales allá afuera haciendo toda clase de cosas malas en contra de gente inocente, y ustedes insisten en perder el tiempo con un par de muchachos que solo estaban expresándose su amor –la mujer meneó la cabeza. –¿Entonces qué sugieres? –preguntó el policía que estaba sujetando a Michelle por el brazo. –Yo solo les daría un pequeño escarmiento. Podríamos dejar que pasen la noche en una celda y mañana temprano los dejamos ir –dijo la mujer. –Por favor, la fiesta de celebración del concurso de belleza empieza en media hora, todos, incluido el rector de la universidad me están esperando. –¡Ah! Parece que ese concurso te está convirtiendo en una chica muy importante –dijo con sorna la mujer policía. –Cállate, Michelle, solo estás empeorando las cosas –dijo Dave. –No me vengas a callar, tú y tus estúpidas ideas son las culpables de que estemos en estas… –¿Mis ideas? Tú eras la que quería hacerlo en la playa desde hace mucho tiempo. –Cállense los dos o de lo contrario los encerraremos hasta el lunes y después los mandaremos ante un juez que bien podría alargar su estadía en este sitio –dijo la mujer policía. Michelle se encontró sentada frente al escritorio de uno de los oficiales suministrando sus datos de identidad y domicilio, sus ojos aun llenos de lágrimas; Dave hacía lo mismo frente al escritorio del otro uniformado. La muchacha no podía creer lo que le estaba sucediendo y ahora solo estaba segura de que su presencia en la fiesta de celebración era algo casi que imposible de lograr. Aun con las esposas puestas, el agente la ayudó a levantarse de la silla y la condujo hacia la parte trasera del lugar, luego abrió una pesada puerta de tono gris tras la cual se encontraba un corredor de no más de diez metros de largo con tres celdas a cada uno de sus costados, las cuales se encontraban desocupadas. Las lágrimas la atacaron nuevamente al ver cómo el policía abría las rejas de unas de las celdas y la obligaba a entrar en esta. Sintió cómo el hombre le retiraba las esposas y no tardó en salir de la celda antes de cerrar y asegurar la reja. –Le caíste bien a la teniente, de lo contrario ya te habríamos reseñado. Trata de dormir y mañana temprano te dejaremos ir. Las palabras del policía fueron interrumpidas por el ingreso al corredor de Dave, acompañado por el agente de escasos pelos. Quien la había tenido al borde del éxtasis media hora antes, ahora no se dignó a mirarla y pasó frente a ella como si no existiera. Luego fue encerrado en la celda más apartada, lo que hizo imposible para Michelle observarlo desde su lugar de reclusión. Se dio la vuelta y observó el camastro cubierto por una delgada colchoneta y encima de esta lo que parecía ser una cobija de color verde. Sabía que sería asqueroso tratar de pasar la noche sobre un artefacto en el que verdaderos delincuentes o borrachos escandalosos habrían estado, pero diez veces peor sería hacerlo sobre las frías lozas del piso. Decidió sentarse y apenas lo hizo arrugó la boca y supo que sería una larga noche. Los resortes del camastro se clavaron en su humanidad y el olor despedido podría compararse con el del baño de una estación de gasolina. Recordó que su habitación era cinco veces más grande que aquella celda y que su cama podría ser cuatro veces más ancha, con un colchón que sería la envidia de los más exigentes. No podía creer cómo una muchacha como ella, que no le había hecho mal a nadie, estuviera pasando de un encierro en la que había sido la habitación de huéspedes de su casa, al encierro en una inmunda celda de una estación de policía. –Si te hubieras callado la bocota nos hubieran dejado ir –fueron las palabras que escuchó, provenientes de la celda de Dave. –Dave, ¿no te cansas de decir estupideces? –La oficial está maravillada conmigo, te lo puedo asegurar, pero todo lo dañaste cuando empezaste a hablar de la maldita fiesta de celebración. Cuando arrestan a alguien, los policías solo quieren escuchar que si lo liberan se va a ir juicioso a dormir a su casa y no va a seguir en la farra. –No es ninguna farra de alcohólicos, era solo un baile y la entrega de los premios, y ahora todo se va a arruinar –dijo Michelle mirando hacia el techo. –No te hace falta ganar ningún estúpido concurso para tener lo que quieres, con la fortuna de tu papá te puedes comprar lo que te venga en gana. –No digas estupideces, después de haber escapado de casa, ese tipo que se hace llamar mi papó no me va a volver a dar ni un solo centavo. Además, no es mi dinero, es el de él, por no hablar de las inmensas ganas que tengo de ir a ese viaje en velero. Van a estar los ganadores de muchos concursos y creo que ya es hora de conocer gente nueva. –¿A qué te refieres? –A que me estoy cansando de todo esto, no merezco estar aquí. –Ya deja de jugar a la inocente e ingenua princesa que no rompe un plato, en esa playa más parecías una vampiresa sedienta de sangre. –No sé a qué maldita hora decidí meterme contigo –dijo Michelle cuando decidió recostar su cuerpo sobre la colchoneta, pues su humanidad empezaba a sentir los rigores de la jornada. –Creo que fue cuando te diste cuenta de que yo sería el único capaz de brindarte todo el placer que necesitas. Michelle se sorprendió a sí misma al escuchar su propia carcajada: jamás pensó que podría reír de esa manera al encontrarse en semejante situación. –Deja de decir estupideces. Creo que eres el único en toda la universidad capaz de meterme en esta situación. –No me des tanto crédito, y de una vez te digo que, si te vas para ese crucero, no me verás cuando regreses. –¿Te vas a volver el hombre invisible o qué? –Muy graciosa, pero no voy a seguir saliendo con alguien que va a aprovechar un paseo en velero para meterse hasta con el cocinero del barco. Michelle volvió a reír. Sabía que no podría seguir saliendo con alguien que tenía esa opinión de ella. Dave daba muestras de ser un chico bastante estúpido, incapaz de entender los sentimientos de alguien como ella. Era seguro que le iría mejor con una de esas chicas que solo pensaban en la diversión. Solo le quedaba tratar de descansar y esperar a que la luz del día se colara por debajo de la puerta que daba a las oficinas para saber que la hora de quedar en libertad había llegado. –Cierra la boca, Dave, ahora solo quiero tratar de dormir. –No lo puedo creer, ahora la reina de belleza está lo suficientemente confortable como para dormirse en esta pocilga. –Cualquier cosa es mejor que escuchar a un idiota como tú… Las palabras de Michelle fueron interrumpidas por la presencia en el pasillo de la mujer policía. Su rostro era indescifrable, podría estar contenta, triste, enfadada, conforme o sufriendo en lo más profundo, pero a la chica privada de la libertad le pareció imposible descubrir el motivo de la entrada de la agente del orden. Pensó que lo mejor sería cerrar los ojos y pretender estar dormida, pues no se sentía capaz de tener un nuevo round en el que podría resultar perjudicada. Sus oídos bastaron para indicarle los pasos de la mujer, quien pareció seguir hasta el fondo del pasillo, justo donde se encontraba la celda de Dave. Ahora los murmullos ininteligibles, al parecer entre el idiota de su novio y la mujer eran lo único que se escuchaba. Pasaron unos instantes antes de que escuchara el sonido de la reja abriéndose. ¿Habría cambiado de parecer la mujer policía y estaría dejando libre a Dave para después liberarla a ella? Pero sus ilusiones fueron desmentidas pocos minutos después, cuando se escucharon los ruidos propios del ajetreo de un camastro, sumados a los gemidos de una mujer. Todo parecía indicar que Dave y la mujer policía estaban viviendo un momento de pasión.
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